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César Wonenburger
Bocados de realidadCésar Wonenburger

Homosexuales Cervantes, Shakespeare y hasta el hijo del gallego Ramón Estévez

Una dura pugna cultural parece librarse por ver qué autor o artista se descubre como desconocido homosexual estos días, mientras Mar Flores y María Pombo acaparan la actualidad literaria y a un modisto se le vela en un teatro

Shakespeare y Cervantes

Shakespeare y CervantesIA

En Uganda, hace un par de años, hubo un gran debate acerca de la condena que debía aplicársele a aquellas personas que incurrieran en prácticas homosexuales.

Quizá se inspirasen en los célebres hechos de los cubanos hermanos Castro, sempiternos ídolos de la izquierda, que solían encerrar en las cárceles a esas mismas personas; aunque en el caso africano el ejemplo seguramente se hallaría más próximo a los partidarios de Hamás: pena de muerte o, en el mejor de los casos, cadena perpetua para el reo, era lo que se dilucidaba allí.

Lo curioso son las razones esgrimidas por los líderes políticos que reclamaban la adopción del castigo más severo: la ejecución. Para algunos, en ese país africano, eliminar a los homosexuales supondría dar un paso al frente, alejarse de la perniciosa influencia de las antiguas potencias coloniales, un modo de exhibir su radical resistencia ante las agendas que han convertido los derechos del colectivo LGTBQI en uno de los asuntos que más parecen preocupar a los políticos europeos, por encima incluso de la economía.

Y ciertamente, en Europa (también en EE. UU., que suele marcar la pauta en estos asuntos), en unos años, se ha pasado del sigilo, rodeado de justos temores, con el que algunos asomaban la patita fuera del armario a la situación actual, el otro extremo del péndulo.

Hoy para hacer carrera (antes ya era casi imprescindible en el mundo de la cultura, ahora se está extiendo rápidamente a otros ámbitos, desde la administración pública a las empresas más punteras) si no eres homosexual, ya casi puedes ir preparándote aquel hatillo con el que el personaje de Charlot solía partir, al final de sus aventuras cinematográficas, hacia insospechados parajes…. (quizá marchaba a Uganda).

Para constatar el creciente prestigio que va adquiriendo una determinada preferencia sexual sobre la más común, véase la peculiar competición que se ha establecido, estos mismos días, entre dos colosos universales de la literatura, ambos europeos, Cervantes y Shakespeare.

Casi al mismo tiempo en el que aquí se agitan los detalles más morbosos de la nueva película de Alejandro Amenábar, El cautivo, donde se muestra un supuesto episodio homoerótico en la vida el autor de El Qujote, los académicos de las islas británicas han salido rápidamente al paso para que Shakespeare no se quede rezagado.

Hasta ahora, se rumoreaba que en los encendidos sonetos amorosos del bardo podría refugiarse la relación sentimental entre éste y el conde de Southampton, un hombre de apariencia andrógina, apasionado de la poesía y la belleza.

De acuerdo con la prensa inglesa, el nuevo hallazgo apuntalaría aún más la tesis sentimental, pues acaba de aparecer una miniatura del célebre artista Nicholas Hilliard con un corazón rojo desfigurado por una flecha o lanza («spear», en inglés), en su reverso. Un regalo del protector a su amigo, que Shakespeare le devolvió cuando contrajo matrimonio.

La evidente circunstancia del corazón lacerado en la parte trasera del retrato revelaría, para los expertos, la inapelable naturaleza de un amor despechado entre el escritor y su mecenas, al que Shakespeare le dedicó sus poemas eróticos Venus y Adonis y El rapto de Lucrecia con unas líneas que siempre han valido para dar pábulo al chisme: «El amor que dedico a su señoría no tiene fin».

De modo que su gloria ya es definitiva: Cervantes y Shakespeare no sólo fueron genios, también yacieron, cada uno, cómo no, con varón: una información que nada sumaría a su celebridad literaria pero sí «contribuye a reducirlos a nuestro propio, insignificante tamaño», como afirmaba Steiner.

Súmese a la anécdota que, por estas fechas, también un presunto adalid de la masculinidad, el actor Charlie Sheen, acaba de realizar una impactante revelación en sus recientes, impagables memorias de adelantado de la escena internacional: si contrajo el VIH fue porque, durante una época, prefirió la compañía de otros machos, en lugar de aparearse con alguna o varias entre la jugosa nómina de conquistas femeninas que se le atribuyen.

Quizá en su madurez, el hijo de Ramón Antonio Gerardo Estévez, descendiente de gallego, Martin Sheen para los anales (inolvidable su interpretación en Apolcalypse now, ahora que Trump ha vuelto a poner de moda la película de Coppola), ha entendido el genuino beneficio de alinearse con el espíritu de los tiempos presentes.

Todo pecado, delito u omisión le será exonerado a aquel que se halle «en el lado correcto de la historia»: si es hombre, mejor siempre por la puerta de atrás.

Mar Flores ya tenía hijos y árboles, faltaba el libro…

En ese afán memorialista que suele amenizar cada otoño, también ha incurrido una indubitada beldad patria de la que se desconocían, por ahora, sus afinidades literarias, la popular exmodelo Mar Flores.

Su auténtica vocación resulta un enigma, pues las únicas obras que se le conocían, hasta hoy, eran las sucesivas mejoras que ha debido introducir en cada uno de los hogares donde ha vivido.

Su breve, insignificante paso por el cine seguramente no le habrá dado para jugosos comentarios sobre este oficio, como por el contrario se le supone a la biografía de su colega Charlie Sheen quien, al menos, trabajó a las órdenes de Oliver Stone (Wall Street ha quedado como uno de los retablos fundamentales de los 80).

Aunque, espérate, porque aquella única película en la que apareció la hoy tertuliana e «influencer» Flores, presuntamente gracias a la generosa aportación de un novio, la dirigió nada menos que Juan Antonio Bardem, autor de las grandes Muerte de un ciclista y Calle mayor, compañero de fatigas de Berlanga y, como casi todos, algo apurado de efectivo durante sus últimos años hasta tener que alquilar su talento en bodrios como ese.

De las memorias florecidas habría que ver si, dado que la autora frecuentó, al menos, a un par de hombres con pedigrí, saldrán interesantes retratos como los que en otro orden proponía el fotógrafo Richard Avedon, aquel que comenzó su carrera inmortalizando nada menos que a Rachmaninov.

Sostenía Avedon que el secreto de su arte, cuando lo alcanzaba, consistía en «ayudar a visualizar lo que permanece invisible, a sacar a la superficie lo que se oculta en el interior». Tampoco parece que los compañeros de esta deseada dama, durante sus incursiones en la trastienda de la gran sociedad y los negocios, den para escribir La montaña mágica, pero quién sabe…

El interés siempre podría elevarse, según los tiempos, mediante el descubrimiento de que la protagonista, madre de familia numerosa, también se prodigó en algún lésbico escarceo.

Todo suma y, en estos casos, eleva: aunque la homosexualidad cotiza más cuando el desenmascarado es del género masculino; a lo mejor porque nadie se sorprende cuando ve pasar a dos adolescentes que caminan juntas de la mano.

María Pombo que no lea, pero tampoco escriba

La «influencer» madura, Mar Flores, se distinguiría de la más joven, María Pombo, en que la primera, seguramente por haber nacido en otro siglo en el que lo literario aún despertaba interés (cuando en Francia había filósofos, como Sartre, tan populares como hoy pueda serlo Mbappé), aún se figura que la idea de publicar un libro hace bueno aquel aserto sobre lo imprescindible para alcanzar la plenitud absoluta de una existencia: lo de plantar un árbol y por ahí…

Pombo, en cambio, pertenece a otra época, que ya ha dejado atrás ciertos prejuicios, como el de la pedantería. Y por eso puede permitirse desdeñar sospechosos placeres solitarios, tal que la lectura, y a quienes clandestinamente se entregan a ellos.

No son mejores por practicarlos, ha dicho. Ni siquiera peores, habría que apostillar, porque como ya sostuvo otra gran pensadora de nuestros días, Melody (la de Eurovisión y aquel cántico a los gorilas), e hizo de ello el tema de una canción que mereció, además, el interés de Sánchez por su progresista mensaje: «Nadie es más que nadie».

En su reseña del gran Eugenio Montale, premio Nobel de literatura casi a la fuerza, porque este poeta lo que siempre deseó realmente para su vida fue cantar ópera (la voz no le daba: en otra época hasta resultaba imprescindible para hacer carrera), su colega, el bardo atlántico César Antonio Molina, escribió:

«La poesía, el poeta están en crisis. Quizá toda la cultura lo esté. Quizás jamás han dejado de estarlo a lo largo de la historia. Pero ningún mundo como el nuestro, tan agresivo, tan en guardia contra lo espiritual». Y lo bello espiritual.

Mucho más pernicioso, y hasta funesto, para la tan mentada salud mental, en este caso, de sus millones de seguidores (montones de niños y hasta quizá algún niñe), habría resultado no que María Pombo despreciara la lectura, si no que, como a otros de su ramo, a ella misma le diese por escribir. Porque entonces le lloverían Planetas, series de televisión… Y eso sí que causaría un trágico estropicio.

Amancio Ortega, el auténtico progresismo

En una cita que podría hallarse perfectamente en la autobiografía de Mar Flores, o de Carmen Lomana, Truman Capote sostenía lo siguiente: «Los auténticos cisnes no son casi nunca mujeres a las que la naturaleza y el mundo han sometido a privaciones. Dios les concedió un buen físico; y algún personaje menor, un padre o un marido, las bendijo con el mejor de los tratamientos de belleza: una bien provista cuenta corriente. Ser una gran belleza, y mantenerse como tal, al nivel del que hablamos aquí, es caro».

Por eso, si Amancio Ortega hubiera nacido en Italia y falleciese (Dios no lo quiera), en lugar de velarlo en un teatro, como le ha ocurrido a Giorgio Armani («un Mainbocher o un Balenciaga son hombres cuya trascendencia como creadores es mucho más auténtica que la de las varias capillas de poetas y compositores que me vienen a la mente», también de Capote), expondrían sus restos en el mismo Panteón romano para el postrero, público homenaje.

Así la gente a la que supo hacer feliz mediante la ilusión del sueño cumplido, el de un lujo antaño inalcanzable para las clases pasivas, podría rendirle el homenaje propio de un héroe.

Ortega es casi el único empresario reciente ejemplo del progresismo verdadero, aquel que logró hacer realidad lo que afirmaba Pisarev, aunque la cita pueda parecer de María Pombo: «La humanidad necesita zapatos, no a Pushkin».

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