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César Wonenburger
Bocados de realidadCésar Wonenburger

Julia Roberts se enfrenta al fanatismo con la belleza de la inteligencia

La actriz norteamericana cuestionada por su último trabajo, «una afrenta contra el feminismo», mientras un español revive la insólita amistad de dos jueces rivales de la corte suprema y Pedro se exhibe como adalid de la pluralidad informativa

La actriz Julia Roberts

La actriz Julia Roberts

Entre los dos únicos hechos fundamentales de su existencia, su nacimiento y la última despedida, al hombre le correspondería una única responsabilidad: vivir, pero, sobre todo, dejar vivir. Intentar no inmiscuirse en las vidas de los demás, no alterarles ni procurar que de sus acciones se pudiera derivar en el otro mal alguno, ya debería constituir un plan suficiente para un viaje al que no había sido formalmente invitado.

Pero hete aquí que rara vez este sencillo programa se cumple. Casi desde el inicio, «los hombres son los mismos, vivimos acechándonos, garrote en mano, los unos a los otros», como sostenía Gache. En el momento supuestamente más elevado, en su desarrollo, de la reciente civilización, por todas partes surge el deseo de someter al otro bajo el imperio del dogma, de las creencias particulares impuestas mediante la fuerza, o su mero anuncio.

Ocurre estos días en Rusia, donde se vuelve a los tiempos, no tan lejanos (la nostalgia suele ser un error), en los que el Estado, por el bien de sus súbditos, se arrogaba la potestad de prescribirles lo que podían leer y lo que no.

Ahora no arderán los libros ni sus autores serán encarcelados, los procedimientos se refinan. Sencillamente, las librerías de ese país que despachen las obras que no cuentan con el respaldo de las autoridades (regresan las listas), dejarán de percibir los subsidios estatales que sirven para sostenerlas en unos tiempos en los que las ventas de productos literarios parecen experimentar un paulatino declive.

¿Cuál es, entonces, el paradigma? ¿Acaso en la patria de Voltaire, Rousseau y Camus, cuna del pensamiento ilustrado, no se aplica la censura? Michel Houllebecq, el único que supo calibrar las intenciones del islamismo en Europa (Pérez-Reverte suele mojarse, también, sobre este asunto), seguramente podrá seguir escribiendo lo que le plazca, al menos mientras ningún fanático se decida a eliminarlo, como en España casi le ocurre al bueno de Alejo Vidal-Quadras.

Pero hace unos días, en una noticia empujada al olvido por los fuegos, el alcalde comunista de Noisy-Le-See decidió ceder a las pretensiones de unos jóvenes vecinos, islamistas por más señas, que amenazaron a los funcionarios encargados de velar por la proyección de Barbie, durante una sesión de cine al aire libre, si no la suspendían.

El edil galo se mostró más comprensivo con quienes boicotearon el acto por sus propias creencias (sostenían que el filme «denigra a la mujer» (¡vaya!) y «promueve la homosexualidad»), que con aquellos, mayoría, que simplemente aspiraban a distraerse con una película: si luego fomentaba el ejercicio crítico de pensar, ya se vería.

Al menos, que nadie pudiese decidir de antemano, mediante la previa intimidación, lo que se debe o no ver en la plaza del pueblo. Desde luego, la complicidad del responsable político, comunista, para nada resulta ajena a que se impusiera el criterio de los fundamentalistas: siempre se colocan del lado de quien conculca las libertades.

¿Y qué ocurre, mientras, en EE. UU., donde Jefferson y demás padres fundadores defendieron siempre el valor esencial de la libertad como vehículo para expresarse, aun cuando las propias ideas sirviesen para cuestionar los principios básicos sobre los que se sustenta su gran nación?

Afortunadamente, los recientes tiempos en los que selectos grupos extremistas (de excéntricos académicos, feministas radicales, afroamericanos obsesionados con cobrarse la revancha por los tiempos del esclavismo) parecían confabulados para imponerle al resto los postulados del ideario woke, si no pertenecen definitivamente al pasado, al menos, no cuentan ya con hooligans que, desde el mismo poder supremo, asimilen, promuevan, jaleen y ejecuten sus absurdas consignas.

Aunque, por el camino, quedan aún algunos vestigios, cenizas que aguardan la posible resurrección de las brasas, y que precisamente se aprovechan de las ventajas de vivir en una sociedad libre para continuar con lo suyo. Véase lo que le ha ocurrido a Julia Roberts en la rueda de prensa de la más reciente película que ha protagonizado.

Julia Roberts y Andrew Garfield en una escena de 'Caza de Brujas'

Julia Roberts y Andrew Garfield en una escena de 'Caza de Brujas'Sony Pictures

En Caza de brujas, de Luca Guadagnino (un director gay, conviene decirlo porque de ese modo queda eliminado del posible argumentario en su contra la tentación de situarlo entre los integrantes de la «manosfera»), la actriz encarna a una profesora de una gran universidad norteamericana.

Cuando su alumna predilecta le comunica que un colega (buen amigo de la docente) ha intentado violarla, en lugar de cogerla de la mano y llevarla rápidamente al decanato para denunciar a su acosador, la mujer decide pararse e indagar, informarse mejor sobre el hecho para ver qué decisión adoptar (en realidad, estaría ganando tiempo para resolver a quién apoyar de acuerdo con sus propios intereses profesionales, algo no muy feminista).

Pues bien, una periodista de su país, durante la promoción, le vino no a preguntar, sino directamente a afearle a Roberts los motivos por los que decidió aceptar una película que, supuestamente, en nada beneficiaría al colectivo feminista. Sin más, le echó la broca por hacer (muy bien) su trabajo.

La intérprete, sin perder las formas, le indicó a su crítica reportera que aquello que a ella le enojaba es precisamente la esencia del arte, y de la propia libertad: poder suscitar debates sosegados acerca de asuntos incómodos, mostrar sin tapujos las contradicciones humanas. ¿Pero quién quiere realizar ese ejercicio cuando lo que se lleva es imponer, a toda costa, al otro los propios argumentos sin el más mínimo respeto por las ideas ajenas?

Un español promueve el entendimiento en Miami

Durante sus aún recientes vidas, Antonin Scalia y Ruth Bader Ginsburg ejercieron como los más enconados rivales. Ambos, jueces de la Suprema Corte de EE. UU., mantuvieron durante años posturas diametralmente opuestas sobre algunos de los asuntos sociales más polémicos.

En su día, por ejemplo, Ginsburg defendió que la exclusión de mujeres de una universidad estatal (Virginia, era el caso) constituía una violación de la constitución, mientras Scalia, por el contrario, sostenía que el derecho de admisión debía prevalecer como un precepto emanado de la libertad.

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Izq. Ruth Bader Ginsburg. Dch. Antonin ScaliaTribunal Supremo de EE.UU

Basados en sus sólidos conocimientos del derecho constitucional (y de otras ramas, como la propia filosofía del derecho), los dos juristas sostuvieron intensas batallas dialécticas que hicieron de ambos adalides del progresismo (ella) y de las posturas conservadoras (él).

Pero fuera de la contienda ideológica, establecida bajo el marco inalterable del mutuo respeto intelectual que se profesaban, Scalia y Ginsburg lograron forjar una extraña (en estos tiempos) amistad cuyo fundamento se sustentaba sobre dos aficiones comunes: la buena mesa y la ópera.

Los dos matrimonios llegaron a estrechar sus lazos hasta realizar viajes en común, para degustar delicias de la gastronomía de otros lugares y, de paso, asistir a alguna representación de Mozart o Verdi. Seguramente las mayores discusiones entre los miembros más populares de cada pareja tuvieron más que ver con los ingredientes de alguna receta y, por su supuesto, la preferencia de este u otro cantante como el mejor sobre la tierra.

La singular naturaleza de la íntima relación entre las dos bestias negras, por separado, de republicanos y demócratas, inspiró al compositor Derrick Wang la creación de una ópera en clave cómica, Scalia/Ginsburg, que incide precisamente en las aficiones particulares de ambos personajes, pero sobre todo muestra la posibilidad del entendimiento cordial entre los contrarios basado en la tolerancia, el respeto y, por qué no, la admiración.

En febrero, esta farsa lírica se podrá disfrutar como parte del Opera Naples Festival, la actividad musical que el director español Ramón Tebar dirige en esa localidad de Florida (EE. UU.), conocida por la bonanza templada de su clima y la proliferación de jubilados millonarios capaces de rascarse los bolsillos para disfrutar de un par de conocidos artistas, si se tercia.

Resulta curioso que sea un valenciano, Tebar, que además se encargará de la dirección musical de esta ópera, el artífice de proponer ahora, en suelo norteamericano, una obra que representa todo lo contrario al clima extremadamente polarizado de la política actual. ¿Tendrá éxito?

Lagunas de credibilidad frente a un mar plácido

En su interesante ensayo sobre la televisión («E unibus pluram»), el escritor David Foster Wallace comenta cómo en 1974, «cuando una serie de cámaras sin tapujos sacaron a la luz la fértil ‘laguna de credibilidad’ entre la imagen de las explicaciones oficiales y la realidad de los chanchullos en las altas esferas», contribuyó a abrirle los ojos a la audiencia norteamericana, de suerte casi traumática, sobre las mentiras de Richard Nixon.

«Un país entero quedó cambiado como público. Si incluso un presidente te miente, ¿en quién has de confiar para que te diga la verdad?», se preguntaba el malogrado novelista.

Lo cual, años más tarde, se convertiría en recurso retórico para un par de audaces políticos europeos. «Los españoles no se merecen un gobierno que les mienta», pronunció Rubulcaba, antes de que el aspirante Pedro Sánchez se lo apropiase.

De todas las falsedades oídas en la entrevista del otro día, quizá la primera, en la que quizá menos se ha reparado, debió haber obtenido ya una adecuada respuesta de Pepa, la periodista de cámara. Fue cuando, nada más arrancar, Sánchez dijo aquello de que él siempre estaba dispuesto a conceder cuantas entrevistas se le solicitaran.

Caído en desgracia, Ferreras, como chambelán de la corte, el presidente solo ha tenido a bien someterse a una entrevista, después de un año entero, ante su renovado séquito de aduladores en nómina. Será que nunca se lo han pedido: quizá tendría que ser por carta, su recurso favorito. Bien lo sabrá Pepa, que durante sus años al frente de un periódico tampoco lo necesitó, para qué si ya tenía hilo directo a través de sus confidencias, recados e imposiciones.

Pero luego el enemigo de las libertades es Donald Trump, que obviamente prefiere a la Fox, su cadena más próxima (no siempre fiel), para que le pregunten sobre las cosas de su competencia, pero sin desdeñar a otros medios: en su día acudió al programa de la incisiva Kristen Welker («Meet the press») en la NBC.

Trump, que incluso ha recibido en la Casa Blanca de forma privada (aunque con toda la intención de que el hecho se difundiera) a uno de sus más connotados críticos, el polémico presentador demócrata Bill Maher (encantado con el encuentro y su anfitrión), podrá salirse por los cerros de Úbeda, como suelen hacer todos; pero al menos exhibe una gallardía que al último inquilino de la Moncloa le falta, no ya para situarse frente a periodistas capaces de situarle, de un modo más descarnado, antes sus propias contradicciones, sino para reconocerle a la prensa su condición de Pepito Grillo en una democracia consolidada.

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