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Manuel Vilas

Manuel Vilas durante la entrevista con El DebateThorun Piñeiro

Manuel Vilas: «Que los políticos intenten dirigir la cultura me parece aberrante»

El escritor Manuel Vilas conversa con El Debate sobre su última novela, 'Islandia' (Destino)

En un momento en el que parece que hay un intento de intromisión del poder político en el mundo de la cultura es un gusto hablar con alguien como Manuel Vilas, un escritor cuya independencia radical funciona como baluarte inexpugnable frente a dichas pretensiones.

Manuel Vilas es un hombre tranquilo, un escritor al que le gusta hablar del amor, ese gran tema de la literatura universal precisamente porque encierra uno de los mayores misterios de la humanidad.

Pero, cuando se le menta el asunto, Manuel Vilas salta, y salta porque lo tiene muy claro: «Los políticos lo que tienen que hacer es crear estructuras para que haya teatros, óperas, bibliotecas, librerías... Lo demás es intromisión nauseabunda».

Manuel Vilas recibe a El Debate para hablar de su última novela, Islandia (Destino), una historia tan personal como adictiva.

—Estamos ante una novela triste, o al menos, amarga…

—Yo creo que no del todo. Digamos que hay partes de la novela donde hay tristeza pero otras partes donde no. Es una novela que sí parte de una noticia triste, donde el narrador recibe un mensaje de su mujer donde le dice «ya no estoy enamorada de ti», y lógicamente ese mensaje abre las puertas de la tristeza.

Pero a lo largo de la novela hay un viaje, de hecho, por eso se titula Islandia, de ese amor de pareja que se ha roto hacia otro amor desconocido para los dos protagonistas, un país desconocido, que va a ser el territorio de la amistad.

Cubierta de 'Islandia', de Manuel Vilas

Cubierta de 'Islandia', de Manuel VilasDestino

Por lo tanto, la novela acaba siendo luminosa. Parte de una tristeza inicial muy dolorosa, y desemboca en un nuevo orden sentimental entre los dos protagonistas. Ya no son marido y mujer, pero sí son dos grandes amigos.

—La novela es autobiográfica, ¿por qué exponer algo tan personal, tan íntimo, como es una ruptura matrimonial en una novela?

—Era una historia que yo conocía muy bien. Yo, para escribir una novela, me la tengo que creer primero, tengo que saber que eso es verdad, y como sabía que era verdad me resultó más fácil escribirla. Yo no podía, por el hecho de que tuviese una inspiración autobiográfica, que la novela arrancase de unos sucesos autobiográficos, no podía dejar de escribirla.

Ese pudo no era un obstáculo, Yo lo vi, claro: ¿Por qué contar cosas íntimas si la intimidad pertenece a lo personal y no puede ser expuesta? Pero la profundidad y la fuerza de la historia derrotaron a ese pudor, porque la alternativa era no escribir la novela. Si no escribo la novela, toda esa historia de amor se pierde. No se puede perder las historias de amor. Creo que es más inmoral perder una historia de amor, que no contarla porque presuntamente pueda parecer impudorosa.

—¿Es más complicado escribir una novela de amor o, su contrario, de desamor y ruptura?

—Es que yo creo que esta novela es una novela de amor. Lo que pasa es que es una novela de amor contada desde el momento en que termina el amor. Pero es una novela de amor.

—«Ya no estoy enamorada de ti» es una frase implacable. Muchas cosas se rompen en ese momento…

—Sí, se rompe todo. Es una frase que abre el tiempo, abre el corazón acorazado del tiempo. Hay un antes de la frase y un después de la frase. Nadie es el mismo cuando le dicen esa frase, no vas a ser el mismo. Por otro lado, tienes el pasado donde sí te amaron. De hecho, el protagonista dice que, si ahora no me ama, eso significa que hubo un pasado donde sí me amó. Entonces, va a rescatar ese pasado donde sí le amó, para que no se pierda.

Es decir, si ahora no me estás amando, ¿qué me estás diciendo?: que sí hubo un tiempo en que sí me amaste. ¿Cómo fue ese tiempo que ya no es? Se va a perder. No puedo perder ese tiempo en el que sí me amaste. Voy a ir a buscarlo, voy a bajar a los infiernos, voy a escribir una novela para ir a buscar ese tiempo, para que ese tiempo no sea irreal, porque lo único real y suficiente que tenemos es el tiempo presente. La novela Islandia es una novela a veces de amor y a veces sobre el tiempo del amor. Sobre este misterio, este gran misterio de los seres humanos, que es el amor.

—Plantea la amistad después de la ruptura de un matrimonio. ¿No es un poco ingenuo? Al menos utópico.

—Es utópico. De hecho, la novela a veces la veo como la creación de una gran utopía, pero en el caso de los dos protagonistas es real. Que sea utópico no quiere decir que no se dé. De hecho, en mi experiencia real., se ha dado.

Creo que es viable, creo que si hay inteligencia emocional por parte de dos personas que han terminado un amor, si hay bondad, si hay cariño, si hay el deseo de que no se pierda lo maravilloso que tuvieron, absolutamente se puede dar ese paso. A veces ese paso no se da por un tema de subdesarrollo emocional, y de heredar una tradición sociológica que dice que los que se divorcian tienen que tirarse los trastos a la cabeza.

Eso lo vinculo un poco al subdesarrollo, me parece que lo utópico es ir hacia rupturas como la que cuenta esta novela.

—Lo cierto es que son muchos los matrimonios que se rompen en España, en general en los países occidentales. ¿A qué cree que se debe?

—También debemos recordar que hay matrimonios milagrosos donde se producen relaciones larguísimas. Pero lo que estamos viendo es que los matrimonios duran 10, 15, 20 años y se rompen.

Hay una cosa inevitable, que es el desgaste: la convivencia, la rutina…, pueden acabar con un matrimonio, y generalmente eso es así. Naturalmente, la ruptura está motivada por la esperanza de reinvención de los dos cónyuges que se divorcian, que esperan ir hacia un lugar de carácter sentimental mejor.

Hay que recordar que la ley del divorcio en España, si no me equivoco es del año 81. Tampoco es tan vieja, así que es normal. Luego, la aceptación social del divorcio es ya generalizada, ya no plantea ningún problema. Aunque la gente sigue dando el pésame al que se divorcia, le siguen mirando con pena.

—Cambiando de tema, últimamente hay mucho ruido político en el ámbito de la cultura, parece que la polarización ha entrado de lleno en un sector que debería ser transversal. ¿Cómo lo ve usted?

—Yo me debo a la literatura y a la historia de la literatura. Mis padres son Cervantes, Shakespeare, Dante, Dostoievski, Proust y Kafka, y Virginia Woolf, Emily Brontë y Carmen Laforet. Esos son mis padres fundadores, esos son ante quienes debo rendir cuentas y no ante la política.

Que la política entre en la literatura… La literatura sí debe entrar en el compromiso, pero el compromiso no es la política. La política diaria es una lucha de poder que no debe afectar al discurso literario. Si haces una literatura complaciente con cada momento sociológico y de poder, estás escribiendo literatura de época, estás escribiendo la literatura de la época, pero no la literatura. Que bueno, que cada uno haga lo que pueda. Yo no voy a hacer literatura de época, me niego. Otra cosa es que al final lo acabes haciendo sin darte cuenta.

—También se suele denunciar que la izquierda ha monopolizado la cultura… ¿Qué opina usted?

—La política no debe entrar en la cultura. Sí debe generar estructuras para que la cultura se desarrolle, pero no debe, en modo alguno, dirigirla. Ahí sí soy taxativo, y me pone de mal humor: que los políticos intenten dirigir la cultura me parece aberrante. Me parece la cosa más triste que puedo oír.

Los políticos lo que tienen que hacer es crear estructuras para que haya teatros, óperas, bibliotecas, librerías, etcétera. Pero nada más que eso. Lo demás es intromisión nauseabunda en un terreno que no es el de ellos. Es el de Kafka, el de Proust, el de Dostoievski… Ahí no pintan nada. ¡Fuera! Que se larguen, ahí no pueden estar. Qué van a hacer ellos, ¿escribir una novela de Dostoievski? ¿Decirle a Dostoievski cuáles son los valores de los que va a escribir en su novela? Me da asco, mucho asco. Hasta ahí podíamos llegar.

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