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Solzhenitsyn

Solzhenitsyn

El barbero del rey de Suecia

Solzhenitsyn: vivir sin mentiras

No deberíamos enredarnos en las distinciones, pues él, hombre de una pieza, vivió ambas manifestaciones como caras de una misma moneda

Acierta la colección CEU CEFAS al publicar los textos de las conferencias más célebres del premio Nobel ruso Alekesandr Solzhenitsyn (1918-2008). El prólogo de Ricardo Ruiz de la Serna está a la altura del empeño. La trascendencia de estos Escritos imprescindibles (CEU Ediciones, 2026) estriba en que, cada vez más, hablamos del fin de las ideologías, pero apenas aparecen voces capaces de proponer una alternativa hacedera. Solzhenitsyn propone una resistencia personal contra la mentira.

El título de Escritos imprescindibles tiene una doble lectura. La primera, que estos textos son lo esencial de la obra del novelista ruso, y la segunda, que son imprescindibles según criterios objetivos. Lo segundo, que parece más difícil, es, en realidad, más incontestable. La dimensión como escritor literario de Solzhenitsyn a veces se presenta opacada por su compromiso político y su testimonio moral, pero sus relatos y novelas son tan imprescindibles como sus discursos.

No deberíamos enredarnos en las distinciones, pues él, hombre de una pieza, vivió ambas manifestaciones como caras de una misma moneda. Brodsky, que mantuvo una relación compleja con Solzhenitsyn, reconoció en él «una dimensión épica singular». Llegó a llamarlo «el Homero de la Unión Soviética». Como en Homero, su literatura es la médula espinal de la identidad de una comunidad.

Por otro lado, no inventa nada. Y ahí reside su insólito valor. Edward E. Ericson describió en The Moral Vision que el novelista ruso había reintroducido en la literatura contemporánea una visión judeocristiana del hombre, resistente tanto al colectivismo totalitario como al individualismo humanista. Forma parte de una tradición que se negó a elegir entre los dos materialismos modernos, y que va de Chesterton a Jiménez Lozano, pasando por Camus y Jünger.

Su camino fue la integridad individual. Sostuvo que la verdadera libertad pasa por la ascesis, la penitencia y la memoria del martirio. Escribió: «Bendita seas, prisión, por todo lo que trajiste a mi vida». Esto recuerda al Diario de la felicidad de Nicolae Steinhardt. Donald P. Roy explicó que las novelas de Solzhenitsyn escenifican el combate entre la «rebelión» prometeica, que pretende rehacer el mundo sin Dios, y la aceptación libre de la cruz, entendida como camino hacia una libertad interior que ningún poder puede arrebatar. El periodista inglés Malcolm Muggeridge llegó a llamarlo «el ser humano más noble con vida».

La selección de discursos es acertadísima: está el imprescindible entre los imprescindibles de la recepción del Premio Nobel y su hermano, el discurso a la Universidad de Harvard, donde lanza advertencias a la sociedad occidental que hoy parecen tocadas por el don de profecía: «Existen advertencias sintomáticas, que manda la historia a una sociedad amenazada o en perdición: por ejemplo, la decadencia de las artes o la ausencia de grandes estadistas». Se añade el texto que dejó como legado al pueblo ruso cuando fue expulsado en 1974: «Vivir sin mentiras». Y dos textos que nos atañen personalmente: el recuerdo de su visita a España. Y su discurso en la inauguración de un monumento a los héroes de La Vendée, tan de actualidad también en nuestros días.

La traducción de Marta Sánchez-Nieves está muy atenta al mérito literario del que hablábamos al principio, sin miedo a tensar el castellano. Por ejemplo: «Hubo una época en que no nos atrevíamos ni a murmurar susurrando». Se oye el bisbiseo del mido. Otras veces regreso a la traducción con que leí estos textos por primera vez: tan honda fue aquella impresión. Son textos, en efecto, de los que no podemos prescindir.

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El arte inflama incluso a un alma congelada y oscura haciéndole vivir una alta experiencia espiritual. A través del arte somos visitados –sutil y brevemente– por revelaciones que no pueden producirse mediante el pensamiento racional.
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Quizá la antigua trinidad de Verdad, Bondad y Belleza no es simplemente una fórmula vacía y desteñida como supusimos en los días de nuestra confiada y materialista juventud. Si las copas de estos tres árboles convergen como lo afirmaban los escolásticos, si los sistemas demasiado obvios, demasiado directos de Verdad y Bondad resultan aplastados, podados, impedidos de abrirse paso, entonces, quizás, los fantásticos, los impredecibles, los inesperados retoños de la belleza emergerán y ascenderán exactamente al mismo lugar. Haciéndolo, ¿llegarán a hacer el trabajo de los tres?
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Arte y literatura pueden hacer el milagro: pueden superar esa perniciosa peculiaridad del hombre de aprender solamente a través de experiencias personales de tal forma que la experiencia de otras personas pasa a su lado en vano.
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La literatura junto con la lengua conserva el alma de una nación.
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La desaparición de las naciones nos empobrecería no menos que si todos los seres humanos fueran semejantes con un único carácter, con un único rostro.
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Ante el ímpetu de una barbarie que ha retornado repentinamente enseñando los dientes, el temeroso mundo civilizado no ha encontrado otra manera de oponerle resistencia que la concesión.
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El precio de la cobardía será siempre la maldad; cosecharemos coraje y victoria únicamente cuando nos atrevamos a hacer sacrificios.
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Se nos dirá: ¿qué puede hacer la literatura contra el desalmado asalto de la violencia bruta? Pero no olvidemos que la violencia no vive en soledad y no es capaz de vivir sola: necesita estar entremezclada con la mentira. […] La violencia halla su único resguardo en la mentira y el único soporte de la mentira es la violencia.
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A cambio del modesto comedero de hoy, entregaremos todos los principios, nuestra alma, todos los esfuerzos de nuestros antepasados, todas las posibilidades de nuestros descendientes, con tal de no estropear nuestra frágil existencia. No nos queda ni orgullo ni ardor en el corazón.
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La llave más simple, la más accesible […] hacia nuestra liberación: ¡la no participación individual en la mentira! […] ¿Qué va a ser un camino difícil? Sí, pero es el más fácil de los posibles.
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Neguémonos a decir lo que no pensamos.
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[Viaje a España] Yo no venía a mirar, sino a ayudar en lo que pudiera, como si fuera mi patria.
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Qué terrible suerte esquivaron en 1939. […] Por mucha sangre española que se derramara en la guerra, habrían entregado veinte veces más de haber vencido los rojos.
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Los banderilleros se arriesgan con sus pequeñas picas, eso sí impresiona. Pero son horribles los picadores, torpes y macizos.
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[El Valle de los Caídos] Justo esta igualdad de los bandos, esta igualdad de los caídos ante Dios, fue algo que me dejó pasmado: ¡eso significaba que el bando cristiano había ganado la guerra! Mientras que en nuestro país era como si hubiera ganado el satánico, y así todos estos sesenta años han estado vejando y pisoteando al otro, ¿quién se refiere a la igualdad aunque sea de los caídos?
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[El Rey Juan Carlos I quería verle. Solzhenitsyn rechaza la invitación.] ¿Y qué consejo puedo darle, aparte de lo dicho anoche [en TVE]? Retrasar y retrasar la descomposición de España. Algo que puede adivinar él solo. […] Le deseo coraje […]. ¡Dios guarde a España!
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La verdad se escurre rápidamente en cuanto se debilita la tensión de nuestra mirada.
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Ahora, las relaciones con lo que fue el mundo colonial se han convertido en su antítesis, y el mundo occidental llega en no pocas ocasiones a extremos de obsequiosidad.
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Quizá la decadencia del coraje sea lo más chocante de Occidente para una mirada ajena. […] Este deterioro del coraje en algunos lugares pareciera llegar a una total ausencia del principio masculino. […] ¿Hay que recordar que, desde tiempos inmemoriales, la decadencia del coraje está considerada como la primera señal del fin?
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Incluso la biología sabe que el acostumbrarse a una vida extremadamente próspera no es una ventaja para el ser vivo. En la vida de la sociedad occidental la prosperidad ha empezado a entreabrir su máscara aniquilante.
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Cuando toda la vida está saturada de relaciones jurídicas, se crea una atmósfera de mediocridad espiritual que mata los mejores impulsos del hombre.
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En Occidente ha llegado el momento de salvaguardar no tanto los derechos del hombre como sus obligaciones.
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Para defenderse también se ha de estar dispuesto a morir, y esto abunda poco en una sociedad educada en el culto a la prosperidad terrena. Y entonces sólo quedan las concesiones, las dilaciones y las traiciones.
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¿Cómo es posible, con tantos valores históricos a la espalda, con tal nivel de libertad alcanzada y por fidelidad a ella, haber perdido hasta ese punto la voluntad de defenderse?
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Nos han arrebatado lo más precioso que teníamos: nuestra vida interior.
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Si, como proclamaba el humanismo, el ser humano hubiera nacido sólo para ser feliz, entonces no habría nacido para morir. Pero puesto que está corporalmente condenado a morir, su tarea en la tierra es espiritual.
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