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Portada de 'Una casa portuguesa'

Portada de 'Una casa portuguesa'Editorial Lumen

El Barbero del rey de Suecia

Campicos y buena vida

La ilustradora Ximena Maier, sofisticada urbanita madrileña que soñaba con vivir en Nueva York, se encuentra haciendo vida de ceramista en medio del campo. Está en Évora con su marido, sus dos hijos, sus tres perros, sus gatos y sus cacatúas, «embarcada sin remedio en lo que Goya llamaba «campicos y buena vida»». Nosotros estamos de suerte.

Porque la situación le ha permitido escribir un libro, que son tres libros y que es una delicia: Una casa portuguesa (Lumen, 2026). Está generosamente editado y preciosamente ilustrado, por lo que es un libro de arte, como quien no quiere la cosa. También es una biografía familiar y la crónica de la compra y la restauración de una casa de campo. Pongo ambas cosas juntas, porque la familia, el matrimonio y el cuidado del patrimonio aparecen aquí tan intrincados como lo están en la realidad. Por último, con mucha sprezzatura, también es una entrega literaria, escrita con mucha gracia y dotes de observación.

Ilustración de Évora de 'Una casa portuguesa' de Ximena Maier

Ilustración de Évora de 'Una casa portuguesa' de Ximena MaierEditorial Lumen

Ilustración de la obra de 'Una casa portuguesa' de Ximena Maier

Ilustración de la obra de 'Una casa portuguesa' de Ximena MaierEditorial Lumen

Por debajo queda algo estupendo que no querría que ustedes se perdiesen: el retrato del marido. Aparece poco pero está siempre. Se habla de él con una emoción contenida (concretamente contenida entre líneas) y apenas insinuada en dos detalles y alguna intertextualidad, como, cuando para definirlo, se evoca disimuladamente a Corintios, 12. «José es paciente, afable, no tiene envidia, no se jacta, es lento al enfado, disculpa siempre, confía siempre, pero acaba siendo la mano de hierro en el guante de seda…».

Naturalmente, Maier habla mucho de los hijos y, de fondo, del arraigo. De los animales, en tono Durrell. De lo que es, en verdad, una casa. La dedicatoria da el tono: «A mis padres, que me han enseñado que «casa» significa: mucha gente, muchos libros, luces bajas, perros en el sofá, la guitarra en la cocina y que nunca se acabe el hielo».

Ilustración de Floris y Humboldt de 'Una casa portuguesa' de Ximena Maier

Ilustración de Floris y Humboldt de 'Una casa portuguesa' de Ximena MaierEditorial Lumen

Ilustración de una alberca de 'Una casa portuguesa' de Ximena Maier

Ilustración de una alberca de 'Una casa portuguesa' de Ximena MaierEditorial Lumen

Es un libro enamorado. Con el máximo pudor, del marido paulino y, con mucho descaro, de la cerámica. Con esa, sí nos cuenta con pelos y señales toda la historia de amor. Dedica algunas páginas delicadas a la dialéctica entre Portugal y España, que no olvida: «La remataba una azotea, no un tejado, cosa rara en Portugal. Se asemejaba casi más a una casa de viña andaluza». Cuando Maier habla de pintura y, en particular, de cerámica, parece Ramón Gaya, de tan vivo como siente el animal oscuro del arte.

Todo viene contado con mucha gracia y gusto por el lenguaje, incluyendo los juegos: a la gata («a gata», en portugués) le han puesto Christie, naturalmente. El oído verbal, irónico a menudo, también sabe ser lírico. Y ambas cosas. Los portugueses llaman a una mariposa muy bonita, a listas blancas y negras, «borboleta zebra», un poco soso, pero exacto, comenta. Los españoles la llamamos «sacaleches». No tenemos remedio los españoles, concluye.

Pero su libro dice todo lo contrario. Todo puede salvarse con sensibilidad, humor y ánimo. Normalmente, el barbero saca las tijeras y recorta las frases que él piensa más significativas del libro para que ustedes se hagan de él una idea cabal. Además de las tijeras, esta vez he sacado las pinzas, para dejarles también algunas ilustraciones. Son igual de imprescindibles:

Ilustración de unos olivos de 'Una casa portuguesa' de Ximena Maier

Ilustración de unos olivos de 'Una casa portuguesa' de Ximena MaierEditorial Lumen

Estaba tan cerca de la ciudad que se oían las campanas de la catedral, pero daba la sensación de estar en plena naturaleza.
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[La obra] «Un lavadito de cara», decíamos. Si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes. […] Se pronunció el temido, «ya que estamos». […] Todos los trabajos los han hecho profesionales, y los hemos pagado con el tradicional método de endeudarnos hasta las cejas. […] Pocos antagonismos tiene la naturaleza como el albañil y la planta.
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No me gustan los cambios. Cuando cierran un bar o renuevan un logotipo me amargan una semana.
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España y Portugal se parecen tanto que la mitad del rato se me olvida que vivo en el extranjero. […] Se parecen mucho, sí, pero, como decía mi profesora de música acerca de Vivaldi y Albinioni, «es lo mismo, pero no es igual».
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Para mí la tradición es trampolín, no corsé.
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Alguien que no haya vivido tan al norte como yo durante tantos años no puede entender lo feliz que hace tender la ropa. Tengo las cuerdas en el porche, en todo el medio. […] ¿Afean? ¿Cómo que afean? ¿Sábanas blancas al sol, hinchadas por el viento, el cielo azul, naranjos oscuros al fondo? Es un Sorolla viviente, lo quiero bien cerca.
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Entretanto ilustraba un libro para niños sobre el futuro, supuestamente optimista, que yo encontraba de lo más distópico: IA, comida impresa en 3D, huertos hidropónicos en rascacielos, ciudades submarinas, amigos robots. Contraste absoluto con mi plan de pisar charcos y sembrar flores.
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En este tiempo [6 años de vida en la quintinha] he pasado por casi todas las emociones del catálogo, pero la más recurrente, casi constante es la sorpresa. No salgo de mi asombro, incluso de mi assombro, que en portugués significa «admiración, pasmo y susto».
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Resulta que eso que dice el filósofo de que «cuando miras dentro del abismo, el abismo mira dentro de ti» se traduce en que crees que estás haciendo una casa, pero es la casa la que te acaba haciendo a ti.
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La paz del campo es un mito. Sosegado, quizá, pero silencioso, no es. Cuando no están los vecinos con el tractor o la motosierra, son los ladridos de los perros, o las ovejas y sus cencerros, o los relinchos de los caballos. La leyenda de los gallos al amanecer, pero también búhos, lechuzas, pavos, gansos y burros amenizan las madrugadas. […] Hay más silencio en una ciudad de cinco millones de habitantes al lado de un hospital.
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La dicotomía susto/muerte. Los despistes aquí tienen consecuencias letales: pierdes comba un par de días y se seca un árbol.
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En el campo, los vecinos son tan importantes como los cimientos para una casa.
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José se pone de los nervios cada vez que alguien dice «aquí de toda la vida de Dios» porque es la bestia negra de cualquier técnico que trabaja en el campo, pero a mí me encanta.
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Hablan [los portugueses] del modo más respetuoso posible, en tercera persona, porque el «usted» se considera casi un insulto. […] Mi ceremonioso favorito es el mensajero, que en vez de «¿Me echas una firmita?», dice: «Minha señora, a sua rubrica», que es tan bonito que da pena firmar con boli.
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Pero de todos los títulos y tratamientos el que más me gusta es «vezinha», que es un grado que hay que ganarse.
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Leer en un jardín es tan agradable como leer en un tren, pero sin el estrés de pasarse de estación. Lo malo es que el sol se va moviendo, la temperatura cambia, sopla el viento, vienen las nubes. […] La silla plegable es la salvación del lector asilvestrado. […] acarreando mi silla de lona roja hasta el sitio perfecto cada vez.
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Aire libre, sí, pero comodidad absoluta. No me interesan nada los grandes espacios abiertos. Visto un alpe, vistos todos.
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La historia del azulejo resulta ser otro punto de fricción en el eterno contencioso de españoles y portugueses. […] Los portugueses no quieren hablar del origen de la técnica; para ellos, sea cual sea el origen, la máxima expresión se ha alcanzado en Portugal.
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A ambos lados de la Raya parece que sólo vemos la viga en el ojo propio.
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[Monasterio del Espinheiro] También hay una ventanita desde la que se ve mi casa a lo lejos, como un terrón de azúcar en medio del monte.
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Las especies [animales de la quinta] no son exóticas, pero las escenas de sexo y violencia son las mismas que las de un documental de National Geographic, y no hacen falta prismáticos.
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Para mí un día perfecto consiste en arrancar alguna hierba, hojear libros de cocina, releer, mirar los titulares, dormir la siesta, ver una película antigua o dos. Activo ma non troppo, pero ahora que las actividades se llaman «experiencias», no estoy segura de proporcionar la intensidad necesaria a los visitantes.
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Esta casa es como el Hotel California: nunca te puedes ir. Salir un par de días conlleva un nivel de planificación digno del desembarco en Normandía: hay que buscar alojamiento para los perros, organizar la comida de las gatas y las cacatúas, comprobar el riego, las luces, recolocar los tiestos. Acaba pareciendo más cómodo quedarse.
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Si algo te hace escapar de las garras del algoritmo es la cerámica. Agua, aire, tierra y fuego, no puede ser más elemental. Es algo tan antiguo y tan básico que parece que esté vivo, casi.
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No siempre obedezco a la realidad, pero se estiliza mejor si se conoce el punto de partida.
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Toda la vida veía las plantas como manchas de color, pero ahora me ha cambiado la mirada: tengo los ojos verdes.
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Con los animales pasa igual: no los cuidas porque los quieres, los quieres porque los cuidas.
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Siempre me acuerdo de la frase del general Eisenhower: «Planificar es esencial, pero los planes no sirven para nada».
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Como Derek Jarman: «Me he encadenado a este paisaje».

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