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Historias de la músicaCésar Wonenburger

Mahler, genio y demonio

Nunca la presencia de Gustav Mahler se había mostrado tan absoluta como estos días, indispensable en todas las programaciones: ¿será acaso el profeta artístico de unos tiempos necesitados de una auténtica revelación espiritual?

Gustav Mahler en 1892

Gustav Mahler habló como un profeta: «Mi tiempo llegará». Y aquí estamos. Si los organillos volvieran a sonar en cada esquina de Madrid, estos días, junto a las delicadezas de Bad Bunny seguramente habría también algún discreto hueco reservado para el autor de La canción de la tierra. Sería el reflejo popular, el mayor tributo al que puede aspirar un creador, de su constante presencia en programaciones y auditorios.

En la capital ya no hay semana sin Mahler. Acaba de pasar por aquí la Orquesta Güzernich de Colonia con su director titular, Orozco-Estrada, para clausurar el exquisito festín que nos ha ofrecido a lo largo de su curso La Filarmónica. Y el fogoso colombiano ha vuelto a proponer la Primera sinfonía de este autor, a la que no hace mucho también había recurrido otra animosa batuta hispanoamericana, Alondra de la Parra, para inaugurar su ciclo del Escorial.

Nagano inaugura su etapa con la «Resurrección»

Y sin salir de ahí, la ONE presentó el pasado lunes la nueva temporada, 26/27, con su flamante nuevo responsable musical, Kent Nagano, para la que ya se anuncian varios plantos fuertes mahlerianos: el propio maestro norteamericano ha elegido la Resurrección para su bautismo en el cargo, en septiembre, a la que más tarde se le añadirán, entre otras, La canción del lamento, obra tempranera, a medio camino entre la ópera y el oratorio, que se programa mucho menos (aquí la dirigirá el amigo Vasily Petrenko).

Pero antes, este mes próximo, el anterior jefe de la espléndida Nacional, David Afkham, se despedirá de sus mayores responsabilidades (seguirá viniendo como invitado) con la crepuscular Novena, esa que en su día también le sirvió a Claudio Abbado para impregnar su adiós madrileño de una doble nostalgia, la que exhibe sin falsos pudores esta obra y la que se desprendía de la intuición de la propia muerte, impresa ya en el rostro del italiano con esa extrema palidez de otro mundo, preludio funesto del último viaje que no tardaría ya mucho para él.

El director Kent Nagano

Como para remachar apropiadamente esta semana plena de realidades y suculentos anticipos mahlerianos, el sabio Andrés Amorós me hace llegar por email el anuncio de que se propone emitir por fascículos la integral sinfónica de este compositor en su instructivo programa de radio. Una excelente iniciativa para una emisora privada atenta también a los otros intereses de la gente, más allá de las habituales noticias de sobrevenidos comisionistas.

Ese es el auténtico triunfo de Mahler, la constatación de su popularidad actual, que salga del nicho exclusivo de lo público (aunque hoy en Radio Clásica casi hay más cháchara que música), para empeñarse en la caza de otros oyentes menos cautivos sin atender urgentemente a la tiranía de las máximas audiencias: existe una creciente gran minoría que demanda contenidos de otra pasta, menos sobada, quizá para sobrellevar mejor los disgustos que proporcionan los otros.

El compositor habita entre nosotros

Mahler no vuelve, habita ya entre nosotros desde hace algún tiempo, lo que no ha pasado inadvertido para comentaristas perspicaces, divertidos y con un oído siempre en la calle, como Norman Lebrecht, que le dedicó todo un libro a la cuestión, ¿Por qué Mahler?. Ahí el polémico crítico británico apunta ya algunas de las causas que han propiciado esta suerte de triunfal retorno contemporáneo del autor, sin el que las orquestas sinfónicas modernas podrían ya vivir a pesar de Toscanini o Celibidache, y en otro plano Wittgenstein, que lo encontraban vulgar, prolijo y hasta aburrido.

El compositor Gustav Mahler

Señala Lebrecht que Mahler se ha convertido para algunos en una suerte de «revelación espiritual» que a la vez resume y combate el zeigeist, ese malestar crónico que Lipovetsky, analizando otras cosas, identifica como propio de nuestra «civilización seductora», centrada únicamente en la satisfacción inmediata de los deseos de una individualidad narcisista «cada vez más desarmada interiormente».

Para Lebrecht, el compositor se nos revela tan próximo porque él mismo se enfrentó en su momento con problemas como el «racismo, el caos laboral, los conflictos sociales, rupturas de relaciones, alienación, depresión y las limitaciones de la ciencia médica». Los nazis llegarían a prohibirlo, aunque no del todo: su innegable fuerza, reflejo y antídoto para épocas turbulentas, se impuso entre algunos audaces.

Un testamento anticipado y revelador

Como tantos adolescentes de hoy, Mahler cedió en algún momento temprano al impulso extremo de sus propias ansiedades y sopesó la idea de abandonar este mundo por sus propias manos. De un modo algo similar al que Beethoven empleó en su Testamento de Heiligenstadt, pero más esperanzador hacia el final, nos legó a propósito unas prematuras líneas desgarradoras, en las que podemos encontrar perfectamente resumido la esencia de lo que sería su arte.

«Lucho como un salvaje para romper los lazos que me encadenan al repugnante e insípido pantano de esta vida, y con toda la fuerza de la desesperación me aferro a la tristeza, mi único consuelo. Entonces, de repente, el sol vuelve a sonreírme y desaparece el hielo que me aprisionaba el corazón: vuelvo a ver el cielo azul y las flores columpiándose en el viento, y mi risa burlona se deshace en lágrimas de amor. Por eso ‘tengo’ que amar este mundo con todo su engaño y frivolidad y su eterna risa».

Pareciéramos estar escuchando ahora a través del reflejo escrito de su pensamiento el inicio de su Quinta sinfonía, quizá la más popular por la faena que le hizo Visconti al incorporar su declaración de amor en aquel célebre filme, Muerte en Venecia, de modo que a partir de entonces ya resulta casi imposible desligar la música de las imágenes de Esenbach en el Lido (una innecesaria apropiación).

Retrato de Beethoven, por Wilhelm Fassbender (1928)Wikimedia

Suenan ahora en el disco de sir John Barbirolli las trompetas de cortejo fúnebre, seguidas de trágicas explosiones de otros metales sumados que no auguran nada propicio ni alentador. La atmósfera es lúgubre, dramática y pesada como el grave caminar luctuoso de quienes escoltan el lento peregrinar de un féretro, solo iluminado por los breves fogonazos de una existencia seguramente triste, plena de episodios dolorosos.

Luego, al inicio del segundo movimiento, la ambigua atmósfera se tiñe del suspense que Bernard Hermann emplearía más tarde en la banda sonora de Psicosis (ningún otro compositor, con su amplia paleta descriptiva, salvo Wagner quizá, ha tenido pareja influencia en el cine hasta nuestros mismos días).

Y en el cuarto, después de las episódicas bromas del Scherzo, con sus muecas irónicas, recodos melancólicos y los ecos de alguna desenfadada danza lejana, asoma ya la experiencia de un amor puro capaz de justificar cualquier viaje, por abrumador que sea, hasta el punto de colarse en el último y definitivo tramo del trayecto para dejar un resquicio a la esperanza afirmada en la triunfal, algo ambigua, coda.

Eso es Mahler, dolor y gloria. Ambas caras de una misma moneda trágica y cómica a parte casi iguales. Todo ello envuelto en una música seductora, sin demasiadas complicaciones ni exigencias que, con la misma contundencia, golpea, mece y estremece, consuela, provoca y hace aflorar la mueca de una sonrisa cómplice, todo por el mismo precio.

Bastante más de lo que otros de sus coetáneos, y de los que vendrían luego, llegarían a servir en sus trabajos, absortos, distraídos sin tregua en sus sesudas cavilaciones, pero sin demasiados deseos de compartirlas de un modo que resultara mínimamente entretenido para sus interlocutores.

Mahler, con su conocimiento profundo de la orquesta (no hubo mejor director, dicen) sabía hábilmente cómo mostrarse cautivador sin dejar de apelar por ello a sus severos traumas, hondos y cotidianos. Aunque a veces se entretuviera más de lo aconsejable por el camino, siempre encontraba el sendero de regreso. Y como la viuda de Wagner aconsejó una vez a los jóvenes compositores que peregrinaban hasta Bayreuth en busca del santo grial de la inspiración, jamás se olvidaba de los finales, que son los que suelen determinar cómo se vuelve uno a casa tras la experiencia.

«Un genio y un demonio», afirmó de él uno de los hombres que mejor lo conocieron en todas sus íntimas y públicas facetas, su alumno Bruno Walter, quizá el más cualificado entre sus primeros apóstoles, el otro fue Otto Klemperer.

Por eso seguramente aún continúa atrayéndonos con el mismo intacto magnetismo. A cada paso se nos revela casi familiar al mostrar los dos rostros de su imperfecta humanidad, hecha de puras contradicciones, como ocurre con todos. Y luego está la superficie de esa música que lo vertebra, claro. De una belleza abrumadora por momentos.