La soprano británica Felicity Lott
Felicity Lott, una auténtica dama se despide
La familia de la soprano Felicity Lott comunicó ayer que una de las últimas grandes damas del canto, la Mariscala de referencia bajo la batuta del gran Carlos Kleiber, falleció el pasado viernes, en su hogar británico
La familia de la soprano Felicity Lott comunicó ayer que una de las últimas grandes damas del canto, la Mariscala de referencia bajo la batuta del gran Carlos Kleiber, falleció el pasado viernes, en su hogar británico
A algunos nos sorprendió el anuncio que ella misma había realizado hace solo unos días, revelándole al mundo que padecía un cáncer terminal. Una de las cosas admirables de los británicos es su particular sentido del pudor, que les previene de andar mortificando a sus semejantes con los comentarios detallados de sus enfermedades, padecimientos y desdichas personales, algo común entre nosotros.
La programada vulneración de su propia intimidad adquiere ahora el preciso matiz: Dame Felicity Lott, o Lotty para sus amistades, sabía que con 79 años su despedida se encontraba más próxima de lo que quizá podíamos haber intuido, y deseaba despedirse formalmente de todos aquellos a los que había hecho felices con su arte, durante varias décadas de extraordinario compromiso con la más genuina excelencia.
Lotty pertenecía por derecho propio a la última generación de una época dorada de la ópera y el canto. La del cultivo de un cierto glamur, enigma y rigor asociados a otros tiempos más afortunados para quienes se acercan siempre al teatro en procura del chispazo de la auténtica emoción, el asombro y la conmoción que provoca el contacto sincero con las obras maestras servidas por la devoción, no como el lamentable resultado de un compromiso entre personalidades que solo atienden a sus propios egos e intereses particulares.
Lotty prefería el fuego lento
No hace tanto, se dio a conocer una conversación entre esta artista y uno de sus más distinguidos colegas, el egregio barítono sir Thomas Allen, en la que ambos se lamentaban de las prisas con las que ahora se cuece la ópera estos días. Ellos preferían sin duda el fuego lento.
Hablaban, con británico sentido del humor, de la rapidez de los «tempi» elegidos por los nuevos directores de orquesta en sus interpretaciones. Para ambos, este interés por las prisas, una suerte de aplicación de los modos plebeyos del «fast-food» a la música, resultaba una descorazonadora metáfora de otros apresuramientos, que poco tendrían ya que ver con su manera artesanal de entender el oficio.
Felicity Lott se inclinaba más por un credo artístico en el que cada palabra cuenta, donde el fraseo cincelado con hondura encuentra su ideal acomodo en la correcta respiración, más relajada, para conferirle al canto la posibilidad de dejar ese poso en el oyente que conforta, alerta y propone, permitiéndole extasiarse en la belleza del sonido, pero a la vez indagar en la profundidad del más recóndito de los significados que este conlleva.
Había nacido en Cheltenham, estudió francés (su pasión eran los grandes autores de ese país), además de piano, canto y violín, y tuvo la ocasión de experimentar desde niña el excitante veneno del teatro a través de sus padres, empeñados en poner en pie los musicales con los que todos juntos recorrían Inglaterra.
En el Real cantó su rol-fetiche, la Mariscala
Dio sus primeros pasos en la English National Opera, un entrenamiento eficaz para los compromisos más relevantes de Glyndebourne y Covent Garden. Había debutado con la Pamina mozartiana y muy pronto actuó ya en los principales teatros y festivales internacionales con los mejores intérpretes y directores de su época.
Durante su larga, fructífera y muy completa carrera, de Händel a Tippet, con etapas esenciales consagradas a Mozart y Strauss, sus favoritos, en España alcanzamos a disfrutar con el testimonio privilegiado de su infinita clase, elegancia y hondura.
Su rol-fetiche, la mariscala de El caballero de la rosa, de la que legó una versión para la historia, rival de aquella otra que Elisabeth Schwartzkopf (posiblemente mejor cantante, pero actriz quizá menos dotada) grabó con Karajan, nos lo ofreció en aquellos primeros tiempos del renovado Teatro Real, donde la rutina a veces se alternaba con genuinos fogonazos de genio. Impagables recuerdos de aquel magnífico montaje del doctor Jonathan Miller con una joven y espléndida Isabel Rey como Sophie.
Más tarde, en el mismo escenario, aún ofreció un par de conciertos dedicados a un compositor que ella adoraba, como no puede ser de otra manera, ese Offenbach que reivindica como pocos la alegría de vivir, en páginas escogidas como las de La bella Helena, que ella bordaba por su vena histriónica y reconocida ironía.
Por fortuna, su consuetudinaria dedicación al territorio más introspectivo del Lied también tuvo su particular reflejo en varias de sus actuaciones españolas, donde pudo dejar constancia de su proverbial ligazón con los principales cultivadores del género, sobre todo alemanes y franceses.
Una mujer sabia, comprensiva e ingeniosa
En esta renovada versión estúpida del mundo actual, la aguda inteligencia de Lotty, su ingenio y entendimiento, seguramente causarían estupor a las feministas de última generación. Ella que se conocía todos los secretos de Mozart era capaz de conferirle a la traicionada Rosina de «Las bodas de Figaro» una aún más elevada dignidad sin menoscabar, por ello, al veleta de su marido: lo absolvía sin demasiados reproches, fruto de su elevado conocimiento del ser humano, flaquezas y miserias.
Y lo mismo confesaba que para ofrecer su inmarcesible retrato de la Mariscala, a través del cual Strauss y Hoffmansthal nos regalan el más lúcido retrato de los efectos devastadores del paso del tiempo, con las dosis precisas de melancolía, le resultó de inestimable ayuda el haber interpretado aun antes, en algunas tempranas representaciones, al joven Octavian, fácil reo de sus naturales impulsos eróticos.
De eso modo había logrado absolverlo del todo, dotando a su madura amante de un perfil más profundo, reflexivo y sabio.
En la hora de la imprevista despedida, que aún se prolongará todo el tiempo que nos sea dado seguir disfrutando de los reveladores resultados de su escogida discografía, lo más natural quizá hubiese sido elegir para este rito el trío final de El caballero de la rosa, por supuesto con Kleiber de oficiante.
Pero tratándose de dama tan distinguida, perspicaz y cultivada, concentrémonos en la versión que Lotty legó de la escena final de Capriccio, compendio de sus mayores virtudes.