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El fútbol, la vida

¿Cómo hicimos aquellos inquietos bípedos para mitigar, en el entorno de la escuela, el desafuero hormonal que trajo consigo la adolescencia?

Por algún misterioso designio de la dirección de la escuela o de alguna otra instancia de la administración educativa, durante los ocho años que permanecí cursando la EGB en un colegio de titularidad pública no me fue impartida una sola hora de Educación Física. Ocho años de absoluta reclusión entre las cuatro paredes de un aula, de lunes a viernes, cinco horas al día, en horario de mañana y tarde. Cabe imaginar el calibre de los epítetos descalificatorios que para los paladines de las corrientes pedagógicas actuales podría merecer semejante régimen de internamiento. Sin embargo, ni mis compañeros ni yo salimos de aquella primera etapa escolar afectados por secuela psicológica alguna. No quiero que se me malinterprete. No defiendo la supresión de la Educación Física de los programas educativos vigentes. Lo que busco, tan sólo, es una explicación al hecho de que, pese a no disfrutar de una experiencia que hoy se tiende a considerar indispensable para la formación integral de la persona, mi generación apenas acusara su falta.

¿Cómo hicimos aquellos inquietos bípedos para mitigar, en el entorno de la escuela, el desafuero hormonal que trajo consigo la adolescencia? ¿A qué ardid recurrimos con vistas a aliviar la presión que a todas luces ejercía sobre nuestras tiernas mentes enfebrecidas aquella cruda disciplina de interiores? Me he hecho estas y parecidas preguntas en más de una ocasión y al fin creo haber encontrado una respuesta. Lo que hicimos fue convertir el patio en una selva.

Los patios, aquella media hora de recreo a mitad de cada mañana, fueron el contrapeso idóneo con el que suavizar la carga lectiva bajo la que nuestros cuerpos se inclinaban y nuestras inteligencias languidecían. Convertimos el patio en una selva, es cierto, pero ésta es una aseveración que necesita desarrollarse. Para empezar, nuestra autonomía era plena. Que yo recuerde, no había ningún tipo de autoridad vigilante a nuestro alrededor. Y si la había, era tan difusa y permanecía tan ajena a lo que acontecía en su entorno, que para ninguno de nosotros representaba una presencia disuasoria. Esto hoy día, cuando los niños viven en el interior de una tibia burbuja algodonosa que trata de preservarlos del roce de hasta la más pequeña espina con que la realidad pudiera lacerarles, sería algo descabellado, judicialmente imputable incluso. Pero cabe puntualizar, a renglón seguido, que aquel modo de relacionarnos gozaba de un orden propio. Lo que significa que la selva no era tan selva.

En primer lugar, todo el mundo era susceptible de mezclarse con todo el mundo, pero sin excesos. Las diferencias de edad, por ejemplo, trazaban un límite casi infranqueable. Lo habitual era que el destino de uno quedara fatalmente entrelazado con el del resto de los componentes de su quinta. Extralimitarse con un miembro de la casta veterana provocaba que la maquinaria sacrificial se pusiera a funcionar de inmediato en todo el esplendor de su eficacia. Su función era más ejemplarizante que vengativa. Los mayores enviaban un mensaje a la totalidad del colectivo escolar bajo la forma de un castigo, nunca demasiado severo, que se infligía a alguno de sus desventurados integrantes.

Por lo demás, el patio constituía un universo aparte. Nada de lo que sucedía allí trascendía más allá de su ámbito. Existía una rígida delimitación entre aquello que quedaba dentro del mundo académico y lo que existía fuera de él. Por eso mismo, el patio funcionaba de manera ejemplar a modo de válvula de escape. Era como si allí la vida, en sus vertientes menos formales, ya hubiera empezado a repartir sus cartas. Las había mejores o peores, y con las que te tocaban debías lidiar. Había, por ejemplo, quienes tan sólo aspiraban a pasar desapercibidos en medio del tumulto circundante, sombras discretas que se agazapaban en algún rincón del recinto perimetrado y se quedaban allí todo el tiempo, apacibles, charlando entre ellos, atareados en dar cuenta de su almuerzo.

El comportamiento más generalizado, sin embargo, consistía en dejarse contagiar por la fiebre del juego. El juego físico, el entusiasta despilfarro de energía que implicaba sumergirse en una actividad frenética nos transportaba a un éxtasis de júbilo que quizá sea lo más cercano que yo haya conocido nunca a un estado de absoluta y despreocupada libertad. El elenco de juegos era diverso, y al decantarnos por alguna de las opciones en liza resultaba indispensable agilizar los procedimientos electivos. Prevalecían entonces los temperamentos enérgicos, los talantes decisionistas, a los que bastaba un solo golpe de voz para imponer sus preferencias y sofocar, de paso, cualquier conato de disensión.

El juego era la fuente primigenia de las jerarquías que regían en el patio. Podías ser un alumno modelo en el aula, pero en el patio tus destrezas académicas no valían nada. Si aspirabas a militar en las filas de los elegidos, era imprescindible exhibir aptitudes que te revistieran de un aura carismática. ¿Y cuál era, de entre todas las habilidades lúdicas, aquella que te catapultaba hasta el estatus más elevado? Sin duda alguna, saber jugar al fútbol.

Ahora bien, saber jugar al fútbol, dentro de aquel hábitat semianárquico, consistía básicamente en acaparar el balón. Quien conseguía mantener el esférico entre sus pies la mayor cantidad de tiempo posible no necesitaba acreditar ningún otro talento para convertirse en el líder del equipo. La desenvoltura en el regate lo era todo, más incluso que la precisión en los pases, el instinto para anticiparse al rival o el olfato homicida de gol. De ahí que el privilegio de configurar los equipos, escogiendo a los jugadores en orden descendente según palidecían los indicios de sus cualidades futbolística, recayera siempre en los dos mejores dribladores.

Ahora debo confesar que fue en la destartalada pista de futbito de un colegio de EGB donde yo aprendí una de esas lecciones definitivas que la vida te imparte sin importar que estés o no preparado para recibirla. Porque la verdad es que yo nunca aprendí a jugar bien al fútbol. Me encantaba jugar, pero no sabía. Corría afanosamente tras la pelota, interceptaba algún que otro pase y enseguida, conminado por las voces que atronaban a mi alrededor, cedía el balón a alguna de las figuras de mi equipo.

El fútbol me enseñó a enfrentarme a una carencia y a hacerlo con naturalidad, sin dejar de disfrutar del juego ni perder la estima hacia mí mismo. Me enseñó que no siempre podemos destacar en lo que hacemos. Lo más o menos aplicado que yo pudiera resultar en el desempeño de mis obligaciones escolares no compensaba la mediocridad de mis dotes futbolísticas. En el patio, a la hora del partido, yo era uno más; un poco menos que uno más, a decir verdad. Y esto es algo para lo que uno debe prepararse.

Creo que si me sigue gustando el fútbol, si continúo viendo los partidos con las mismas expectativas de deslumbramiento de mi primera época de espectador, se debe en parte a lo que el juego representó para mí en aquellos años iniciales de mi educación sentimental: un manantial de gozo y una escuela de humildad. Jugaba al fútbol sabiendo que nunca tendría el don que sí veía atesorar a otros. Pero seguía jugando, alegre, libre, cautivado. Imbuido siempre de un punto de inocencia salvaje.

Más tarde, con cierta frecuencia, la vida me ha puesto frente a tareas para cuyo ejercicio era consciente de que carecía de una particular aptitud. Y entonces me he visto de nuevo como aquel muchacho que en el patio de su colegio resollaba detrás de una pelota. Y de aquella mezcla de inseguridad y pundonor es de donde deduzco ahora que he extraído la determinación necesaria para sobrellevar mis limitaciones y, a la vez, no dejarme doblegar por ellas. Miro atrás y, en cierto sentido, es como si nunca hubiera salido de aquella vieja pista de futbito. Sigo corriendo tras el balón, sigo desfondádome, sudoroso, jadeante, luchando por arrebatarle la pelota a ése que sabe jugar mejor que yo. Y, aunque cueste entenderlo, hay veces que creo que casi he sido feliz.