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Varios libros apiladosPixabay

Mudar la biblioteca

Mientras tomaba los libros de los estantes, rememoré lecturas iniciáticas: Garcilaso, Chesterton, Pla…

Mudar la biblioteca es un poco como morirse. El otro día, en el proceso de empaquetar los libros, lo que hasta ahora llevo vivido pasó ante mis ojos, no en orden cronológico, sino a saltos desordenados, de cubierta en cubierta. Y me refiero a la vida que importa, la libresca. La otra, compuesta de azares, afanes, recados y deambulaciones, pertenece al rimero de cosas que uno recuerda u olvida sin una razón de peso: sucesos sin demasiada trascendencia que acontecen cuando uno no está leyendo.

Mientras tomaba los libros de los estantes, rememoré lecturas iniciáticas: Garcilaso, Chesterton, Pla… También recaí, aunque solo fuera durante unas líneas, en el vicio unamuniano, del que nunca he logrado librarme del todo a pesar de lo mucho que me sugestiona y me aborrasca. En un par de ocasiones aparté la mirada con brusquedad, esperando que el libro en cuestión no me hubiera reconocido. Hubo uno, profusamente subrayado, que ni siquiera recordaba. Iba a hojearlo, pero ante el temor de que él sí me recordara, y no exactamente a mí, sino a un yo del pasado del que no me fío un pelo, lo dejé caer en la caja como se suelta algo que ha estado a punto de quemarte.

Me detuve en Bécquer… Aún no he logrado encontrar el camino de regreso a Bécquer. En su día fue mi Hada Azul: con un puñado de estrofas rimadas, me despertó a la vida, me enseñó que tenía un alma y los usos que más o menos podía darle. Entonces era tonto y apasionado: tenía catorce años. Ahora he perdido la pasión y, al parecer, con la tontería no basta. Amigos en cuyo criterio confío aseguran que es cuestión de tiempo, que Bécquer siempre vuelve. Pero, a diferencia de la flor de la madreselva, no vuelve todos los años, sino según un ciclo caprichoso, imposible de prever. Puede que su nueva primavera tarde lustros, décadas. Puede incluso, si se demora demasiado, que cuando regrese y con el ala toque a mis cristales, yo ya no esté para abrirle; o lo que es todavía peor, puede que para entonces haya olvidado lo que era el alma y para qué servía.

Algunas de las vidas que reaparecieron con la mudanza no eran mías, no del todo. Por ejemplo, he visto a mi madre antes de que yo naciera, a mi madre antes de mi madre, pues le he ido robando, o heredando en vida y sin permiso, parte sustancial de su biblioteca. Mucho Freud. Sentencias de los Padres del Desierto. Grises, azules y verdes de la Colección Austral. Y mi lote preferido: una veintena de títulos publicados por Losada, la emblemática editorial bonaerense. Libros amarillentos, con el lomo ajado, de una fragancia tan particular que, si hay algo parecido a un sumiller de libros, reconocerá un ejemplar de Losada con los ojos cerrados. Salinas, Guillén, Neruda, Lorca. Me sorprendió la sobreabundancia de Tagore: estaría entonces en boga. Imaginé a mi madre, en sus diecimuchos o veintipocos, confusamente emocionada, sintiendo que el bengalí le decía algo, aunque ni él supiera muy bien el qué. Serían las postrimerías de los años setenta. Al comentárselo, ella me asegura que eran más bien los primeros ochenta, pero prefiero la primera opción.

También, a través de un libro aquí y otro allá, rememoré a una vieja amiga; aunque quizá lo de amiga sea exagerado porque ella nada supo de mí. María Dolores, Dolores, a veces Dolo. Era la inquilina de un amigo hasta que un día murió. Sus objetos, sin embargo, pertinaces e inútiles, le sobrevivieron. Nadie quiso heredar su biblioteca, de manera que ahora todos sus libros me pertenecen. El grueso lo componen dos grandes colecciones novelísticas, de suscripción o de regalo con el periódico dominical. Son ediciones desganadas y ninguno de los volúmenes muestra señales de lectura. A Dolo, eso sí, le pirraban los Álvarez Quintero: poseía una veintena de libretos de a dos y de a cinco pesetas, salidos de la imprenta de Regino Velasco. Un puñado de páginas marchitas que contagian al texto una melancolía que en su origen estaba lejos de tener. Las comadres de los Quintero siguen diciendo lo mismo, pero con una voz más apagada, con el regusto triste de los recuerdos alegres. Creo que Dolo era soltera, por las postales que utilizaba de marcapáginas, que siempre están dirigidas a una tía, y por la cantidad de títulos sobre vida conyugal y familiar ―semejante pasión teórica solo es posible en alguien falto de práctica―. El conjunto está lleno de pequeñas joyas heteropatriarcales, diagramas del método Ogino y casuísticas tan detalladas sobre los pecados carnales que pueden leerse como un relato erótico. También paladas de sentido común. En Guía de educación familiar, hay un epígrafe titulado ′No se casa uno para ser feliz′ que deberían aprender de memoria, como los niños de Primera Comunión se aprenden el Credo, en los cursillos prematrimoniales.

Finalmente, me ocupé de lo que Roncagliolo llamó la egoteca. Mi obra. Lo fui postergando hasta que ya no quedó más remedio. En la balda más baja de la última estantería, como un remordimiento insidioso, estaba todo lo que hasta la fecha he publicado en papel. Dos poemarios que hice bien en escribir, no tanto en publicar. Algo de literatura académica para cubrir expediente, un libro de crónicas, dos cuadernos de padre y un tratado sobre los porteros de fútbol cuyos lectores caben con holgura en un microbús. De cualquier modo, a estas alturas ni siquiera pienso en los lectores ―esa hipótesis―, sino en mis hijos, los únicos que me leerán en esa otra hipótesis que es la posteridad. Los introduje en la caja con tanto miedo que me vino a la mente la primera vez que mandé un ejemplar a una vaca sagrada, en este caso un poeta cascarrabias que, como tal, me despedazó. Ojalá mis hijos no sean poetas. Pero si lo son, que me lean con piedad y que, por favor, no respondan a todas estas páginas que les mando desde un presente remotísimo.