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The Boys of Dungeon Lane de Paul McCartney

Lo primero en lo que uno se fija es en la voz, que parece más grave. Por la edad, piensa uno. Así es en As You Lie There, la primera canción de The Boys of Dungeon Lane, un tema moderno de pop-rock clásico con las cosas delicadas de Los Beatles y del bajista mítico, hasta que este se pone a gritar con todo el poder con el que lo hacía en Helter Skelter.

Se calma Sir Paul en Lost Horizon, una canción «cualquiera» que supera casi toda la creación actual, hasta que Days We Left Behind da paso a la nostalgia hermosa de un piano melancólico y un fraseo a trompicones suaves, la voz sujeta y medida y la vida que va pasando, de nuevo, en otra canción de Paul McCartney.

Ripples on a Pond resuena como agua fresca incluso para Paul McCartney, que juega con la música que le sigue saliendo a chorros por los poros. Paul McCartney no puede contener la música en su interior y así sale Mountain Pop, aquí como si estuvieran los cuatro juntos de nuevo, como si sonara esa suerte de clavicordio de Strawberry Fields Forever.

Sintetizadores por ahí y McCartney como punteando las frases en la melodía bonita, agradable, los giros de calidad, unos coros de repente. Todo de repente. Sorprendiendo a los casi 84 como si tuviera 20. Down South suena como un heroísmo en la conocida afinación rockera de McCartney, esa suerte de gravedad que le sale del fondo de la garganta, como lo contrario al aullido, y los «Oh, Yeah» que son marca registrada.

We Two no se queda atrás, sino que va por delante y quiere seguir adelante antes de Come Inside, un poco en los setenta, rockera, con aires de hit y aullidos inverosímiles de furia octogenaria invencible que se atenúa en Never Know hasta que llega Ringo Starr en Home to Us, una canción feliz, con las voces de ambos. Una celebración de la vida y de la grandeza de dos músicos enormes en plena forma.

McCartney se vuelve a elevar el tono para ponerse íntimo y precioso y McCartneyesco en Life Can Be Hard y en First Star of The Night, esta última surge como un rumor de agua, ligera, sin esfuerzos, y así fluye casi mojando al final al padre y la madre del héroe en Salesman Saint, con la voz transformada y una trompeta emocionada en el ritmo Sir Paulesco inacabable que aquí termina con el piano y la voz alta temblorosa tan característica, tan emocionante que hasta cuesta creerlo.