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César Wonenburger
Crítica musicalCésar Wonenburger

Si a 'El gato montés' le quitas su esencia, te queda otro Christof Loy

El publicitado nuevo montaje de la ópera de Manuel Penella para el Teatro de la Zarzuela pretende eliminar tópicos, pero a fuerza de ofrecer un retrato estilizado y poco creíble de una obra racial y excesiva, resulta despojado de su peculiar encanto, sin genuina emoción ni rastro de duende

Saludo

Saludos de los tres protagonistas

El provincianismo también se aprecia en ocasiones en la capital, no resulta exclusivo de la periferia. Ocurre estos días que, en Madrid, un director alemán de cierta fama, Christof Loy, se ha fijado en el repertorio lírico español, y entonces ya parece que Manuel Penella, aquel valenciano que pudo ver representado El gato montés hasta en Nueva York, se nos aparezca de pronto como una revelación de último minuto, un genio inadvertido, justo acreedor, ahora ya sí, por fin, de las mayores alabanzas.

Como si esta estupenda obra aún con sus desequilibrios, que después de la muerte de su creador alcanzaría también a programarse en Alemania, Japón, de nuevo EE.UU. (Los Ángeles, gracias, cómo no, a Plácido Domingo, el auténtico artífice de que volviera a reponerse modernamente este título, y alcanzara una cierta difusión internacional), precisara de un supuesto nuevo genio internacional de la puesta en escena para que los pobrecitos españoles sean capaces de apreciar finalmente sus incuestionables méritos.

Eso sí, pare ello habrá que despojarla primero de su rancio españolismo, lavarle la cara y ofrecérnosla de nuevo como hace siempre Loy, fiel a sus coordenadas artísticas y obsesiones personales, enfundada en el corsé de esas asépticas paredes blancas, con grandes puertas y ventanales inmaculados; de las mansiones burguesas llenas de criados con cofia y librea, que suelen poblar sus estilizadas producciones.

Un gato con las garras recortadas

¿Qué diferencia hay entre la Arabella que este mismo director propuso hacer un par de temporadas en el Real y este «Gato montés» con las garras recortadas para poder ofrecernos un drama burgués en lugar de otro rural, más extremo y honesto en sus excesos? La música. Penella, como él mismo se encargó de escribir, no es ni el Strauss de las grandes óperas ni el otro de la genial opereta. Poseía un estilo propio que unía a un profundo conocimiento de la orquesta, refinamiento y clase, la inspiración y el garbo, el reflejo popular de la música española que él dominaba en toda su extensión por su esmerado bagaje académico.

Lo que hemos visto en el estreno del Teatro de la Zarzuela tiene más que ver con Loy que con Andalucía, más con el mundo reconocible (ya algo reiterativo: ha perdido el pulso del hallazgo del auténtico artista devenido, en su caso, en mero artesano de sí mismo) de un director que ha convertido su sello, idéntico siempre, esa pretendida calidad, con ramalazos a ratos pseudointelectuales, empaquetados a precio de oro en una marca prestigiosa, en un perfume de Chanel.

A fuerza de evitar el tópico andaluz, de no recrearse en otra suerte de Carmen con su reconocible imaginario folclórico, Loy se presenta una Sevilla onírica, falsamente estilizada

De ese modo, en lugar de sumergirse hasta el tuétano en el fondo de una pieza en la que Penella realiza un retrato de ciertos perfiles humanos, estrecha y hasta fatalmente vinculados a la tierra que los vio nacer, con sus exageraciones y acusadas particularidades, el director sugiere una suerte de elevado drama social que podría ocurrir perfectamente en Davos, si se elimina el pasadoble y la escena de la plaza (sonrojantes resultan los pases que Rafaelillo le da con el chaleco da a su amada, en el célebre dúo). Y aquí parece celebrarse en el Palacio de Dueñas.

A fuerza de evitar el tópico andaluz, de no recrearse en otra suerte de Carmen con su reconocible imaginario folclórico, Loy se presenta una Sevilla onírica, falsamente estilizada, en la que no se percibe olor a toro (en una ópera eminentemente taurina) y lo gitano tiene una presencia marginal, como de pasada, todo calculado, gélido y equivocado, para darle ese marchamo internacional, desde la aparición del matador ataviado con gabán blanco, como si fuese Don Fanucci en El Padrino II, hasta la escena de la adivinadora, que más parece la de Ulrica en el acto primero de Un ballo in maschera.

La omnipresente portadora de la muerte

Desafortunado, por ya cansino, el recurso omnipresente (que los malos directores, como Michieletto, reiteran en sus «novedosas» visiones de Carmen), de sacar a la muerte a pasear, otra vez más, en forma de enlutada dama lorquiana, algo verdaderamente nunca presenciado por estos pagos.

¿De verdad cree Loy, con su agotada imaginación, que el público apreciará como un hallazgo la presencia de esa constante figura ominosa, que hoy ya se ha eliminado hasta de los montajes escolares para evitar que la gente exclame el consabido «¡otra vez!», cada vez que aparece esta fatal señora, la misma siempre?

¿Es este nuevo montaje un bodrio? Ni mucho menos, porque el alemán es un buen profesional, conoce de sobra cómo montar un espectáculo capaz de dar el pego, resulta además más que aceptable director de actores y logra plasmar, al menos, uno de los aspectos fundamentales: el de esa masculinidad trastornada que convierte a las mujeres en meros objetos de los que se puede disponer, sin voz, voluntad ni criterio.

Soleá parece más la señorita Rottenmeyer de 'Heidi' que una gitana con el «corazón partío»

En algunos casos, como suele ocurrir ahora con estos directores, la elección de los intérpretes obedece más a criterios estéticos, de una pretendida verosimilitud dramática, que a las esenciales cuestiones vocales. Cantar ya no es lo relevante. Por esa parte, podría decirse que los tres protagonistas esenciales ofrecen retratos ajustados a las intenciones de Loy, aunque a veces parezcan fuera de estilo. En cualquier caso, cumplen y su entrega es generosa, absoluta.

Soleá, que en la versión de este director ha sido adoptada por la madre de Rafaelillo, para el caso una distinguida dama sevillana, parece más la señorita Rottenmeyer de Heidi que una gitana con el «corazón partío».

A su intérprete, Mané Galoyan, le sobran maneras e intenciones veristas, a veces asemeja que estuviera abordando incluso una Elektra, y en esas ocasiones el agudo aparece destemplado, como por lo general un canto monótono, que no abunda en refinamientos. Su dicción se encuentra muy alejada de la auténtica «habla andaluza» (algo común a casi todos los personajes).

Apreciable fue el trabajo del coro, con una muy bien recibida contribución de los fantásticos Pequeños cantores de la ORCAM

Rafael es aquí el tenor mexicano Rodrigo Garull, que desde su aparición nos hace recordar al Turiddu de Cavalleria rusticana. Cantante aguerrido, de voz potente, ancho caudal y brillantes agudos (no siempre), a su matador habría que pedirle que se muestre menos estentóreo y vulgar y profundice más en la expresión: supo plegarse a los matices en el primer dúo con Soleá, donde ambos intérpretes ofrecieron el fraseo más pulido, pero en general tendió sobre todo a la poderosa exhibición del instrumento más que a recrearse en detalles y sutilezas (algo que tampoco encaja con la visión de Loy, que hace del Macareno un matador de orígenes patricios, como de la casa de Alba).

Menos convincente resulta la elección de David Oller para Juanillo, quizá más acorde con las pretensiones de Loy al convertir al bandolero en una suerte de Werther, un hombre devorado por la imposibilidad de lograr la ansiada felicidad con su chica, víctima del destino.

Esta suerte de héroe atormentado carece del arrojo del personaje original, que demanda a un barítono más recio, de instrumento poderoso y viril, algo en lo que Oller (casi más un tenor) no resulta convincente. Su torturada encarnación obtiene reflejo en un canto mesurado, a ratos introspectivo, que también conviene al personaje, pero sin olvidar su otra faceta, la del tipo colérico en sus reclamos, violento, que aquí apenas asoma.

Buenos comprimarios por la parte esencial de María Rodríguez, Carol García, Gerardo Bullón y, sobre todo, Manuel Esteve, que compone un cura de manual, en todos los sentidos, y resulta casi el más idiomático de todo el reparto. Como apreciable fue el trabajo del coro, con una muy bien recibida contribución de los fantásticos Pequeños cantores de la ORCAM.

Lo mejor de la noche vino del foso

Lo mejor de este «Gato montés» surge del foso con una Orquesta de la Comunidad transfigurada, en su mejor trabajo de este curso. Seguramente concernidos por la rica plasticidad de una partitura pródiga en momentos inspirados, con una rica orquestación para transmitir las intenciones del autor, los distintos estados de ánimo: descriptiva, realista y a la vez dotada de un exquisito refinamiento, los profesores rindieron a un gran nivel.

En ello habrá tenido que ver la implicación personal de Pérez Sierra, que modeló una lectura muy cuidada para resaltar las audacias (para su tiempo) de un Penella que se muestra conocedor absoluto de la música más avanzada de su época como del rico patrimonio musical español, que incorpora flexiblemente a su discurso, desde el garrotín hasta el pasodoble.

En las excesivas pausas del montaje (fruto de sus necesidades técnicas), los distintos interludios resultaron un bálsamo embriagador que Pérez Sierra dosificó con esmero de hábil perfumista prestando atención a cada detalle para que nada resultara desapercibido. En una noche sin auténtico duende, las únicas emociones verdaderas emanaron del foso.

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