Dalmacio Negro
Dalmacio Negro, develador del impolítico Hombre Nuevo
Bien sabía Dalmacio Negro que la esencia del mito del hombre nuevo es «la idea de alterar la naturaleza humana» y «conseguir el ciudadano perfecto»
Al transcurrir el primer aniversario del fallecimiento del profesor Dalmacio Negro, pocos meses atrás, el Centro de Estudios, Formación y Análisis Social (CEU-CEFAS), junto a la revista The European Conservative, celebraban un acto en su homenaje en la Universidad San Pablo CEU, la que fue su casa. Un acto académico cuya formalidad se vio rápidamente envuelta por el afecto y el agradecimiento que afloran al instante entre quienes han participado de su magisterio. La ocasión, además, nos permitía conocer que ha sido voluntad del profesor Negro el donar a nuestra universidad su extraordinaria biblioteca y archivo personal, haciendo del CEU el punto de encuentro espacial e intelectual de aquellos que deseen profundizar en el pensamiento político dalmaciano. El agradecimiento a la familia Negro Konrad se da por supuesto; expresarlo de otro modo, a estas alturas, carece de sentido.
Tal vez el lector pueda pensar que el maestro bien merecía tributo, y es así; pero la realidad del encuentro no fue la de sencillamente conmemorar —traer al corazón— al que fue catedrático de Historia de las Ideas y Formas Políticas, sino la de dar a conocer y cultivar sus categorías, pues éstas son lúcidas y penetrantes hasta aquel extremo en el que, podemos decir, lo metapolítico baña los conceptos y formas que va decantando su pensar lo político. Angostada la filosofía política por los truchimanes de la ultramodernidad, asidos de la mano los revolucionarios bien pensantes —André Piettre— cuya doctrina es un de-formar los elementos de la política y un des-vestir toda sustancia civilizacional, y los pedisecuos intelectuales del estado de cosas para los que lo político se reduce a un interminable proceso legal de enmiendas camerales que disfrazan de institucionalismo cuando no es más que el travestismo de lo político en mero derecho procesal, lo político ha devenido en juego cuantitativo del poder de los partidos que construyen leyes a desdoro de la esencia de lo político, del bien común y de las verdades que conforman cualquier comunidad de hombres. Ante esta premisa, tornar y retornar a la obra de Dalmacio Negro resulta necesario para desbrozar el camino del entendimiento político y ninguna otra pretensión posee este breve texto sino la de suscitar su lectura. Ofrecer aquí alguna luz sobre su pensamiento concentrándonos en un punto, a riesgo de que, más bien, otros aspectos puedan permanecer opacados y sólo seamos capaces de andar entre claroscuros.
La dialéctica política en su crudo sentido de relación conflictual se encuentra transida, sugiere Dalmacio Negro, de una significación metafísica más plena, aquella que afirmaba Goethe, «el tema propio, único y más profundo del mundo y de la historia humana, al que se subordinan todos los demás, sigue siendo el conflicto entre la increencia (unglauben) y la fe (glauben)». Y es que para el Prof. Negro, verdadero staret de la realidad de lo político, develador del moderno Leviathan y benévolo escudriñador de las ultimidades del hombre, la clave de nuestra época, la que nace con la divisoria de la Revolución Francesa, es la obsesión por la creación del hombre nuevo, el «mito del Hombre Nuevo». La Gran Revolución es para Dalmacio Negro, en realidad, «una contrarrevolución para comenzar la historia del hombre emancipado —el utópico hombre del modo de pensamiento ideológico— desde el Año Cero de 1789».
Escisión entre cielo y tierra, creencia revelada sostenida por lo sobrenatural o religión secular segregada por el racionalismo moderno; el hombre, ser antropológicamente religioso, se encuentra envuelto en la lucha por su alma y psique entre la religión cristiana y la nueva religión, «que se presenta como la religión de una humanidad evolucionada, completamente emancipada y feliz, hasta el punto que pretende explícitamente en muchos casos la inmortalidad». El Prof. Negro percibe la trampa maniquea que ha dado a las sociedades occidentales su tono y recuerda la teología de la historia de Donoso Cortés explicitada en las Cartas al conde Montalembert. Donoso Cortés, tras la Revolución de 1848 —esa paradójica revolución de los intelectuales que es la primera revolución de las masas—, conocía bien las pútridas aguas que corrían bajo los subterráneos europeos y tras el retorno de su embajada en Berlín, donde le había desagradado el «nebuloso racionalismo» que engullía su atmósfera intelectual, escribe a Montalembert (1849), quien luego sería el jefe de filas del liberalismo católico francés: «El destino de la humanidad es un misterio profundo, que ha recibido dos explicaciones contrarias: la del catolicismo y la de la filosofía; el conjunto de cada una de esas explicaciones constituye una civilización completa; entre esas dos civilizaciones hay un abismo insondable, un antagonismo absoluto; […] Yo creo que la civilización católica contiene el bien sin mezcla de mal y que la filosófica contiene el mal sin mezcla de bien alguno». Desde los tiempos del enérgico pensador extremeño, nos dice Dalmacio Negro, se abren los tiempos de las «negaciones radicales y las afirmaciones soberanas».
Religiones seculares que provienen del «giro ateiológico moderno» al romper con el orden natural por creación divina e imponer el artificio político contractualista y en último término, «consecuencia de la decadencia de la sensibilidad para lo sobrenatural y lo divino». Del hombre caído que enseña el catolicismo, al irremediablemente corrompido por el pecado de Hobbes y al naturalmente bueno de Rousseau. Del Estado, constructo connatural al mito del hombre nuevo, neutral y soberano de aquel «maestro en demoliciones» —en definición de Comte— que fue el de Malmesbury, transformado en aparato proveedor de derechos individuales a voluntad por obra del liberalismo de Locke y su soberanía de la opinión, a la iglesia salvífica intramundana del Estado-Nación del sentimental ginebrino; todo ello misturado y metabolizado por el vaciante y nihilista moralismo kantiano y su «dictadura de la razón» (Diktatur der Vernunft), en expresión de Walter Schubart. Un proceso de secularización que más o menos refleja las sucesivas neutralizaciones schmittianas y cuyo autor concreto es en buena medida el humanismo, escribe Dalmacio Negro, recordándonos al proceso abierto al humanismo por Nikolay Berdiaev antes de la Segunda Guerra Civil Europea (1939-1945), quien reclamaba Una nueva edad media en la que floreciera el perfume de la santidad libre. Humanismo que para el pensador ruso, al cercenar al hombre de sus límites y ligaduras, liberando sus explosivas fuerzas creadoras, conducía a la escisión del hombre con la gracia; «la negación de la imagen y semejanza de Dios con el hombre, conducen a la negación y autodestrucción del hombre». Así, el humanismo como autoafirmación del hombre, como fe en el hombre y pérdida de su centro espiritual, sólo podía producir un hombre desdoblado. Un humanismo que en último término llevaría al extremo individualismo —Nietzsche— o al extremo colectivismo —Marx—, obligando a Europa «a pasar por una nueva barbarie civilizada». El profético Berdiaev, ante la «concupiscencia destructiva» del capitalismo y el materialismo de la «satanocracia» comunista, veía sólo una salida: la superación de ese humanista hombre nuevo a través de «una vuelta a un tipo religioso más elevado». Un regreso a tiempos religiosos, a la nostalgia del cielo, a la cultura de lo interior, a la locura por lo sagrado, a la tensión del espíritu bajo la orientación de la escolástica y la mística.
Bien sabía Dalmacio Negro que la esencia del mito del hombre nuevo es «la idea de alterar la naturaleza humana» y «conseguir el ciudadano perfecto», pues toda teología política descansa en una concepción de Dios y del hombre. Un mito que, añade nuestro profesor, experimenta sobre la naturaleza humana, en un primer momento, para lograr el hombre moral irreprochable, altruista y pacifista, que traería la solidaridad a toda la Humanidad cerrada en sí misma como encargo del poder público. ¿No decía Donoso Cortés que en toda gran cuestión política va envuelta siempre una cuestión teológica?
Ante Dalmacio Negro desfilan el citoyen, el trabajador, el superhombre, una raza de hombres puros; del entusiasmo de la revolución de los santos a la revolución de los idéologues, peregrinos ambos hacia una colina celestial en el aquende. Y es que el mito del hombre nuevo no es mera ensoñación, juego de ideas en la cabeza del escritor al estilo de un Tomás Moro o un Campanella. El mito «es verdadero sin más» y siguiendo a uno de sus maestros, Díez del Corral, agrega, el mito es captador, se impone por su sola presencia y pasa de objeto a agente. La mentalidad utópica del hombre nuevo, de una extremosidad religiosa como la de los primeros puritanos, desea vencer el caos, el desorden, extirpar el mal sobre la tierra recuperando una pretendida naturaleza inmaculada del hombre, «se propone como objetivo el conseguir un nuevo ser humano inmune al mal y en este sentido feliz». La Ciudad Perfecta en imitación inmanentista del «sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto», que decía Jesús invitando a la imitación de la perfección de Dios. No sorprende que, las ideologías modernas —liberalismo, socialismo, anarquismos, comunismo y toda las variantes de las bioideologías— imposibilitadas para responder a la pregunta del mal y del origen, fueran para los mencionados Donoso Cortés y Schubart, con una centuria de diferencia en la acción revolucionaria, una «herejía política» o una «pseudomorfosis de la religión».
Dalmacio Negro, realista político —no en el sentido bismarckiano de la realpolitik, ni del anglosajón politics of power— sabedor de que lo político es posibilidad histórica por la que a través de la razón se puede ordenar la vida colectiva y la acción común, en el equilibrio de libertad y seguridad, que tiene como fin último la vida buena, la comunidad buena, pretende en última instancia salvar la realidad: «si no es posible pensar la realidad, se deprecia la verdad, que es la forma de pensarla». El realismo de Dalmacio Negro se entiende también como farmacología de los modos del pensamiento político, a saber, la aceptación de un orden previamente dado y el ejercicio prudente del mando con la intensidad decisiva y necesaria para mantener la salud del cuerpo político, tal y como el médico aplica su remedio al enfermo cuerpo humano, «el veneno está en la dosis» decía Paracelso. La política no es reglamentar una ciudad y forjar hombres nuevos, no es una ciencia, sino un arte, la techkné politiké, en el mantenimiento de la bonus salus populi de la comunidad política.
Frente a los valores, medida cuantitativa, el nomos, medida cualitativa; la distinción entre el bien y el mal que es el único modo de superar el indiferentismo y la anomia. Destruir la realidad para la creación del hombre nuevo es lo que anhela el revolucionario, pues sólo es capaz de ver ante sí un orden inicuo, injusto, lleno de maldad en todos los hombres concretos («Él hace que salga el sol sobre malos y buenos, y que llueva sobre justos e injustos», Mt 5.45). Ardoroso perseguidor del bien, creyente en el poder del conocimiento humano, su pulsión e impaciencia desvinculadas de un fin ultramundano le incapacitan para contemplar un ápice de amor y bondad en este mundo que debe regenerar. De ahí que, según el teósofo moscovita Vladimir Soloviev, ante la pregunta «¿qué hacer? y ¿quién lo hace?», acerca de cualquier empresa física o espiritual, el objeto de la empresa y la calidad de quien la emprende deben ir inextricablemente unidos. El revolucionario construye una estructura social ideal sin asumir cambio interior alguno. Sólo ve un presente lleno de odiosos límites que apartar pues le impiden alcanzar el ideal, que se manifiesta como futuro. Adopta así, el «ideal externo» que implica mecánicamente suprimir todos los obstáculos del presente que contradicen el ideal. No pudo ser más certero Soloviev al mostrar la respuesta que, velis nolis, ofrece el hombre que porta el ideal externo ante ese, ¿qué hacer?: «asesinar a todos los enemigo del ideal orden futuro, esto es, a todos los defensores del presente». En su lugar, propone el sacrificado «ideal interno», reconocer la impotencia del hombre, pero no como una actitud pasiva ante las fuerzas exteriores, sino como paso previo a la aceptación de la manifestación del Bien divino en este mundo, a su definitiva redención abierta con la encarnación del Hijo; imponerse afinar la propia condición moral fundamentada en ese Superior a nosotros, lo que exige conversión y amar la verdad, pues la verdad es la realidad de las cosas; incluso amar aquello que a veces, con no poca razón, más nos duele, la aceptación de uno mismo.
El Prof. Negro, lúcido hermeneuta de los tiempos, reconocía hasta dónde alcanza la filantropía humanitaria, «lo nuevo del hombre nuevo es ser un hombre sin arraigo»; el Hombre Desligado. El paso de la Revolución del 68 —la revolución de los niñatos— aplicada por la «paciencia administrativa» del Estado y la concienciación culturalista de la intelligentsia persigue «romper tanto con los sentimientos básicos de amor, fidelidad, lealtad y respeto como con la cadena de las generaciones». Desprecia las formas (hermosura y forma provienen de formositas). Pero un hombre así, anulado su instinto de mirar al Cielo, desprestigiado el voluntarismo de los dioses fuertes y volcado en la promesa emancipatoria de sus deseos en la sociedad de la abundancia guiada por los nuevos pedagogos, no es más que la Pornocracia que repugnaba al viejo revolucionario Proudhon, quien reclamaba la fe conyugal en el matrimonio como base social.
Dejó escrito Josef Pieper, que «el bien es aquello que es conforme a lo real». No responde a nuestros sentimientos, valores ni ideales, es por tanto objetivo, nos es dado. La «alienación del mundo» de los irreligiosos filósofos metidos a revolucionarios en búsqueda del inalcanzable mito de la edad de oro, triunfó del siglo XX, pues el hombre, escribía Dalmacio Negro, «es el ser utópico por excelencia» y no ceja en su voluntad, armada o desarmada. Ante la descomposición atomista del hombre, el maestro que nunca se dio importancia, llama a la restauración del sentido común, a la renovación de la concordantia oppositorum entre fe y razón en la comunidad política, a la restauración decidida del logos cristiano, pues «si el cristianismo emigrase de Europa no desaparecería únicamente la tradición de la libertad: desaparecería Europa como cultura y como civilización».