Fundado en 1910
César Wonenburger
Bocados de realidadCésar Wonenburger

El exotismo del Mundial no engancha

La variedad de la oferta mundialista no parece suscitar demasiado interés, mientras Spielberg apela a los marcianos para recuperar el esplendor y Rosa Regás reservaba el coche oficial para sus gatos

Inauguración del Mundial de la FIFA 2026 en México

Inauguración del Mundial de la FIFA 2026 en MéxicoEFE

El nuevo mundial de fútbol parece un bazar como los de Marrakech, donde el ojo del visitante se obnubila ante el colorista despliegue de toda suerte de vasijas, lámparas, cofres, alfombras y otros atractivos elementos ornamentales. Si uno da con la persona adecuada, y lo llevan a penetrar en alguna de esas tiendas ocultas al turista más convencional, entre la maraña de pasadizos, fácilmente acabará tan fascinado como si descubriese la auténtica cueva de Alibabá.

Lo mismo o parecido puede ocurrir estos días al ver anunciados los imprescindibles partidos que propone el calendario diario de la televisión: Nueva Zelanda se la juega contra Irán, Bélgica disputa el primer partido contra Egipto, mientras los bravos muchachos de Cabo Verde, inspirados por la voz sensual de Cesaria Evora, le plantan cara a una desvencijada selección española, con sus integrantes exhaustos antes de tiempo por el sinfín de ligas y liguillas que disponen los campeonatos de clubes, más otros torneos de índole erótico propios de esas edades y carteras.

Si al desinterés habitual que la gente demuestra hacia el exotismo en contextos tan vulgares como el de un campo de fútbol, se le suman los horarios (que solo benefician a Rufián, capaz de entretener el tiempo con un partido de Curazao a las cuatro de la mañana mientras se acicala con las cremas para asistir a un after), resulta fácil comprender la razón por la cual este torneo está resultando la filfa que ya anunció la soporífera ceremonia inaugural que perpetraron los mexicanos, con una Shakira ya geriátrica.

Luis de la Fuente con los jugadores en el partido frente a Cabo Verde

Luis de la Fuente con los jugadores en el partido frente a Cabo VerdeAFP7 vía Europa Press

Aunque quién sabe, quizá merezca la pena, como aquí mismo ha apuntado Mariano Rajoy, aguardar pacientemente (como él supo hacer en aquel famoso restaurante de la calle Alcalá) al desarrollo de los acontecimientos.

Ciertamente, quizá ya para los cuartos los flojos futbolistas de Brasil, Francia, Argentina (Alemania es otra cosa, esos nunca se cansan), y hasta los nacionales, se encuentren entonces disfrutando de su merecido asueto millonario en Ibiza. En cambio, el resto, la plebe, todavía logre deleitarse con la garra, entereza y fantasía de varias de esas selecciones casi sin estado propio, como Haití, igual que en otros tiempos hacíamos con los combinados de Nigeria o Camerún (sin olvidar los camellos que llegaron a viajar a España en el 82, a los que se les permitía ver los partidos en la banda).

En cualquier caso, siempre gana Sánchez: si el auténtico entretenimiento lo sirve esta vez el pujante multiculturalismo victorioso frente al caduco viejo orden colonial europeo, en lugar de lamentarse por el fracaso hispano, saldrá orgulloso a proclamar que sus acomodaticias convicciones se han visto refrendadas en la cancha.

Spielberg, el último asalto extraterrestre

Lo que hoy se nos vende como una novedad de estos tiempos turbulentos, en realidad, es más viejo que el hilo negro. El enfrentamiento generacional entre boomers y zetas, yayos y nietos, que Freud resumió en la frase «matar al padre» (también al abuelo, que antes no llegaba a estorbarles porque se moría más pronto, y ahora, con los progresos de la química y el aquagym parece que duran más), viene de lejos.

Los que están a punto de embarcar hacia su último destino se resisten, aún quieren hacerse notar. Es lógico, conceder que todo lo vivido no ha sido más que un fracaso, y que no queda nada por añadir, aunque sea como comentario residual o prescripción postrera sobre el arduo trayecto que pudiera servir a los que vienen detrás como algo parecido a una hoja de ruta, a modo de útil advertencia, puede resultar muy duro.

Steven Spielberg, en la gala de los Oscar 2026

Steven Spielberg, en la gala de los Oscar 2026GTRES

Y los otros, los que vienen, investidos con la soberbia de quien aspira a todo desde el principio, porque, aunque el tiempo se ofrezca inagotable conviene apurar los goces que promete cuanto antes, con esa impaciencia que no admite incómodas demoras, empujan todo lo que pueden y más. Si están aquí no es para sentarse a esperar a ver como cae la fruta madura, desean esbozar cuanto antes los principales capítulos de su propia biografía, sin interferencias, consejos ni pamplinas.

Entre los primeros se encuentran de modo excepcional hombres de gran talento y valía, visionarios como Steven Spielberg, a los 79 años todavía reacio a dejarse aparcar en el apeadero de los dinosaurios, que tanto beneficio le procuraron, mientras los nuevos proyectos de directores imberbes intentan imitarlo sin reparos, apropiándose de su estilo (como él con sus maestros).

Desvinculado de los siderales éxitos de taquilla durante algunos años, antes de colgar las botas, el padre de ET ha querido darse un penúltimo baño de masas. En parte lo ha conseguido.

El trampantojo de los extraterrestres ha vuelto a funcionarle: el pasado fin de semana su nuevo filme, El día de la revelación, recaudó 35 millones de dólares solo en EE UU, situándose como el más visto, aunque se estrellase en parte con la audiencia juvenil: el 60 % de los espectadores han sido mayores de 34 años. La promoción que el propio realizador ha hecho en TikTok no le ha servido tanto para conectar con los más recientes espectadores.

El día de la revelación

El día de la revelación

Pero ha logrado mantener el tipo, para lo cual esta vez ha tenido que redoblar su apuesta. Ya no le ha bastado solo con imaginar historias de extraterrestres. Aliado con el conocido conspiranoico Dan Farah, primero nos dio un documental, La era de la divulgación, estrenado meses antes también en cines, donde se flirteaba abiertamente con la evidencia científica.

Funcionarios del Pentágono, pilotos del ejército y hasta un secretario de Estado, Marco Rubio, venían a decirnos con tono serio y mesurado que existen suficientes evidencias como para hacer pensar que desconocidas naves espaciales, y sus tripulantes, nos han visitado en más de una ocasión.

El resultado pretendido debía haber sido como el de La guerra de los mundos en la histórica retransmisión radiofónica de Orson Welles, pero esta vez no cundió el pánico: o la gente se ha vuelto más escéptica o incluso la idea de que no estemos solos, en lugar de remover acendradas creencias, puede suponer un alivio: quizá entre los alienígenas hallemos gobernantes más propicios, y hasta otros amores que nos reconcilien con los sentimientos más puros y bellos.

Orson Welles explicando a la prensa lo sucedido durante la transmisión

Orson Welles explicando a la prensa lo sucedido durante la transmisión

Y luego ya ha venido la película, para la que Spielberg toma elementos prestados del documental, sin disimulo (como cuando se afirma que la auténtica información sobre estos hechos no se le comunica ni a los presidentes de EE.UU., que no resultan fiables porque simplemente están de paso), y se permite ir más allá para imaginar que los simpáticos forasteros de otras galaxias ya se encuentran cómodamente instalados entre nosotros.

Es lo mismo que ha afirmado el propio cineasta en todas sus entrevistas promocionales, a modo de convicción personal (como el propio Obama), aunque sin aportar ninguna prueba. Mientras la taquilla siga funcionando, el filón de los nietos de ET aún puede durar unos años más, al menos con los boomers.

El trato vip de los gatos de Rosa Regás

Lo que se va conociendo de las memorias políticas de César Antonio Molina, ex ministro de Cultura y diputado en tiempos zapateriles, no tiene desperdicio. Pero más allá del retrato implacable que el escritor traza del expresidente, un memo solemne cuyo único interés residía en el mantenimiento a toda costa del poder sin importarle la suerte de los gobernados, algunos detalles del amplio decorado aportan sin duda el mayor interés.

A propósito del desagradable lance entre Molina y la entonces directora de la Biblioteca Nacional, la novelista, pero sobre todo agitadora Rosa Regás, con motivo de la voluntaria desaparición de los mapas de Ptolomeo, el autor de En honor de Hermes descubre un episodio ciertamente enternecedor.

Rosa Regàs en su casa de Llofriu (Gerona)

Rosa Regàs en su casa de Llofriu (Gerona)EFE

Resulta que cuando viajaba a su querida patria catalana, Regás se desplazaba en avión, como suele ser habitual en estos casos. Pero sin dejar de hacer uso además del coche oficial. El vehículo se empleaba entonces para que los gatos de la señora pudieran trasladarse hasta su masía evitándoles el innecesario estrés de la aeronave.

Los maliciosos hallarán esta práctica deleznable, un dispendio inoportuno. Pero más allá de los incorregibles fascistas, que nada respetan ni son capaces de albergar el más mínimo sentimiento humano, ¿Quién en este país, donde las mascotas ocupan ya en tantos hogares el lugar de esos insoportables niños con sus habituales berrinches, sería capaz de no reconocerle a la difunta Regás la nobleza de sus intenciones?

Aliviar el posible sufrimiento de los mininos resulta en todos los casos mucho más relevante que averiguar el paradero de unos papeluchos del tal Claudio Ptolomeo, lejano responsable de la cosmología geocéntrica, que además contó con el reconocimiento y hasta la admiración de la iglesia católica. Bien desaparecidos esos legajos.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas