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Multitud de gente por la calle Hernani de San Sebastián en 1918

La «cuestión cultural» por la que los españoles no reaccionan como antes a la corrupción

La indignación va por debajo de la superficie, mientras por encima todo, a pesar de todo, parece seguir igual sin solución. Nunca la sociedad democrática española estuvo tan polarizada, el bloque que hace imposible la unión y el acuerdo

Los pícaros del XVI son ahora los políticos del XXI. Y lo que es más llamativo, también lo es la sociedad del XXI. El progresivo empobrecimiento de la sociedad en el XVI trajo a los pícaros, personajes con perfiles tan definidos que fueron inspiración para los escritores.

Entre pillos anda el juego

Se caracterizaban por ser personas marginales, mayormente hombres, dispuestas a todo para sobrevivir y que solo miraban por su supervivencia y beneficio. Buena parte de los políticos que ahora están siendo imputados y enjuiciados tienen la singularidad del pícaro y, como el político siempre ha sido el espejo del ciudadano, la sociedad también tiene, en buena medida, la impronta picaresca.

La conocida película de los 80 Entre pillos anda el juego podría ser un buen título para un ensayo sobre la sociedad española actual, de la que una buena parte ve pasar la corrupción y los escándalos ante sus ojos como las vacas ven pasar los coches por la carretera: sin reaccionar nada más que para levantar la cabeza antes de seguir pastando.

En ese filme, dos hermanos multimillonarios se apostaban un dólar para demostrar que cualquier persona podría alcanzar el éxito y ser respetable si se le daban las oportunidades adecuadas, por lo que decidieron destruir la vida de su mejor y más honrado empleado para poner en su lugar a un vagabundo escogido al azar.

La buena sociedad acaba siendo la del hombre despreciado, la de la prostituta que le acoge al encontrarle en la calle, desesperado y alcoholizado, y la del vagabundo elegido por los multimillonarios, quienes se unen para darle la vuelta a la balanza de la apuesta.

Da la impresión de que precisamente la balanza se ha dado la vuelta en cuanto a la percepción cultural de la corrupción. Es creciente la idea de que cómo es posible que con tantos escándalos y tan graves del Gobierno de Pedro Sánchez no se produzca una reacción masiva y la democracia funcione con la normalidad requerida de la alternancia.

La indignación va por debajo de la superficie, mientras por encima todo, a pesar de todo, parece seguir igual sin solución. Nunca la sociedad democrática española estuvo tan polarizada. Esto significa que las vergüenzas se minimizan o se pasan por alto con tal de no votar al otro, aunque la razón o el sentido común le asistan o la inmoralidad del propio le desasista. La polarización es la desunión y la desunión impide que el clamor social sea uno solo y suficiente en cualquier caso.

Una auténtica tragedia democrática porque en la desunión social sobrevive el escándalo, que es lo que está sucediendo. Y es una cuestión cultural: el político todopoderoso ha conseguido polarizar al pueblo sin armas culturales para decidir por sí mismo, incapaz de distinguir el bien del mal. Es un nuevo paradigma aterrador donde en España Pedro Sánchez es el sujeto protagonista.

Véase que ante lo que está sucediendo con el expresidente Zapatero y la presunta trama de comisiones, tráfico de influencias, apropiación indebida o falsedad documental (y todo lo anterior: Ábalos, Koldo... y lo anterior, y lo anterior...) no se aprecia ninguna movilización colectiva (de verdad) como se hubiera visto no hace demasiados años, sino precisamente la representación de la polarización en asombrosas defensas inverosímiles de políticos y de la sociedad, o de la sociedad que cree a esos políticos de parte.

La polarización también es una barrera de incomunicación social que impide el diálogo y el debate. Sin diálogo triunfan los bloques y con los bloques se tergiversa la democracia para hacerla fracasar en el trampantojo, la técnica pictórica que pretende engañar al ojo humano haciéndole creer que ve algo distinto a la realidad y que se aplica ahora a la política y a la sociedad: el cambio cultural, la nueva y extraña picaresca o sus consecuencias, por el que los españoles no reaccionan como antes a la corrupción en un nuevo mundo que trae una nueva cultura desconocida y aterradora.