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Una familia, en una imagen de archivoGetty Images

El Debate de las Ideas

Familia y civilización

Si existe un porvenir para nuestra civilización, una de las tareas a la que se tendrán que enfrentar las generaciones que en el futuro examinen la época actual consistirá en esclarecer cómo fue posible que, durante decenios, floreciera un sistema cultural, político y mediático entre cuyas funciones primordiales figuraba la de presentar el hecho de la paternidad como un fenómeno indeseable.

Para comprender el cariz insólito de la cuestión resulta indispensable salir de nuestra realidad inmediata. En su impresionante ensayo La ciudad antigua, aparecido en 1864, el historiador francés Fustel de Coulanges explica el surgimiento de nuestra civilización a partir de la consolidación de la familia como una institución de naturaleza primigeniamente religiosa. La familia era el espacio en el que se rendía culto a los antepasados. Elevados al rango de divinidades, los antepasados se convertían en los espíritus protectores de la casa, en una de cuyas dependencias se habilitaba un altar para que allí permaneciera encendido un fuego perpetuo –el hogar- donde los miembros de la familia realizaban sus ofrendas. «Así pues –escribe de Coulanges-, la religión no residía en los templos, sino en la casa; cada una tenía sus dioses, y cada dios sólo protegía a una familia y sólo era dios de una casa. No puede, razonablemente, suponerse que una religión de este carácter haya sido revelada a los hombres por la imaginación más poderosa de cualquiera de ellos, o se les haya enseñado por una casta sacerdotal. Nació espontáneamente en el espíritu humano; su cuna fue la familia; cada familia forjó sus dioses».

Decaer en la ofrendas, permitir que el fuego del hogar se extinguiese abocaría a la familia a una tesitura terminal. De ahí que la procreación resultara determinante. Si no hay hijos, no hay nadie que se encargue de mantener encendido el fuego sagrado del hogar. Puede que para nuestra mentalidad se trate de un hecho de difícil encaje, pero según el orden de valores por el que se rige la ciudad antigua los vínculos que se establecen entre los miembros de una misma estirpe resultan de una solidez incomparablemente mayor que aquellos que se gestan en cualquier otra modalidad de agrupamiento humano, y ello por una razón sencilla, y es porque antes que de índole utilitaria o sanguínea son, según explica de Coulanges, de tenor religioso.

Así, la civilización se funda en la familia, y la vida familiar se ordena alrededor de creencias y prácticas que tienen como eje el culto a los antepasados. Venerar a los ancestros -esto es, vivir el presente con la mirada dirigida hacia el pasado- constituye la vía para introducir en la mentalidad del hombre antiguo tanto una garantía de futuro como –dado que el hogar se identifica con la parcela de suelo que una familia puede considerar legítimamente suya- la noción misma de propiedad.

Con el paso del tiempo, la religión sale del ámbito doméstico. A partir de la familia -núcleo comunitario básico- cristalizan agrupaciones humanas cada vez más amplias y complejas. Aparece la gens, y más tarde la polis, que a través de sucesivos procesos de expansión propiciará el surgimiento de los primeros reinos e imperios, hasta desembocar en el moderno concepto de nación.

Ahora bien, en la base de todas estas formas de organización social está siempre la familia. Ello significa que es la existencia de la célula familiar el elemento que asegura la viabilidad de un régimen de vida en común. Consciente del peso de esta circunstancia, todo poder sanamente constituido tenderá en lo sucesivo a la protección de la institución familiar o, cuando menos, no incurrirá en el empeño de socavarla, pues de dicho empeño se derivaría el desencadenamiento de su propio declive.

¿Qué está ocurriendo entonces en nuestros días? ¿Cómo explicar la anomalía histórica que representa la crisis en que se halla sumida la familia? La respuesta a estas preguntas implica la consideración de un abanico de factores de los que aquí me limitaré a esbozar sólo uno. A mi entender, la caída en desgracia de la familia obedece a que su naturaleza difiere, de un modo antagónico, de la índole que define el espíritu de nuestro tiempo. La familia es, por definición, una institución tradicional. Su razón de ser no consiste tanto en asegurar la continuidad biológica de la especie como en facilitar la transmisión de un legado de saberes, costumbres, principios y creencias, a partir del cual la opción por una vida buena quede inscrita en el ser de la persona.

No obstante, y al contrario de lo que le suelen objetar sus críticos, no se trata de una realidad inamovible. La familia se adapta a los vaivenes de la historia, sabe hacerlo, pero -sorteando en este punto la trampa de su idealización- se muestra capaz de preservar un anclaje contra los peligros de disolución a los que queda expuesto todo sujeto sometido a las tensiones del tiempo en el que vive. Desde ese prisma, su función consiste en brindar un marco de estabilidad material y psicológica que actúe como contrapeso frente al sesgo cambiante de la época.

Frente a lo anterior, nuestro tiempo se declara profunda y radicalmente antitradicional. Abraza la ruptura. Hace volar por los aires los puentes que le unían al pasado y pretende transformar la historia del hombre moderno en la crónica de una emancipación. Como escribe Julio Llorente en su reciente y estupendo El sentido del campo: «La modernidad se subleva contra todo lo que condiciona al individuo sin haberlo él elegido: la religión, la moral, la comunidad política, la familia».

Pero ¿qué queda entonces? Un vacío. Un vacío inmenso. Y donde hay un vacío siempre hay algo que acude a llenarlo. Aunque no nace como un poder opuesto a la familia, a partir de cierto momento el Estado entra en confrontación con ella. A medida que se intensifica su cariz revolucionario, el Estado moderno encuentra en la familia un obstáculo a sus ansias expansivas. Sus recursos para atacarla resultan casi ilimitados: lo hace fiscalmente; o minando, por medio de la legislación, la autoridad de los padres; o prestando soporte a una gigantesca maquinaria cultural que promociona modelos de vida incompatibles con los compromisos necesarios para crear y sostener una familia. Dichos modelos, por lo demás, encuentran su refrendo en el mercado, que fomenta patrones de conducta en cuyo centro se sitúa el individuo desvinculado, hedonista y autosuficiente de nuestra época, quien ya no busca su identidad en el establecimiento de lazos afectivos de carácter duradero, sino mediante la práctica de un consumo intensivo.

El resultado de la acción conjunta de ambas potencias, Estado y mercado, es la generación de una atmósfera social en el seno de la cual las dificultades para que las familias se formen y se consoliden se vuelven cada vez mayores. Pero sucede que la familia es el espacio natural donde se constituye la persona. Y si no hay personas, entonces lo que hay es una masa de individuos aislados, manipulables y carentes de un proyecto de futuro. Seres precarios y líquidos, limitados a la contemplación extasiada de su propio yo hipertrofiado.

El modo de vida tradicional existe porque, de una manera u otra, con sus luces y sus sombras, responde a una pregunta tan simple como crucial: ¿qué debemos hacer para llevar una vida buena? La respuesta a esta cuestión, a lo largo de la historia de nuestra cultura, ha tomado una forma concreta en la opción por el cuidado del otro y, en primer lugar, de aquellos a quienes tenemos más cerca. Esa disposición es la que define las relaciones de parentesco. Son relaciones de respeto hacia la pareja, de crianza de los hijos, de cuidado del hogar, de generosidad y abnegación. Supone, entre otros compromisos, vivir para el otro tanto o más que para uno mismo, creer en el valor de lo oculto y hacernos responsables de unas vidas respecto de las cuales asumimos el deber amoroso de su formación y su custodia.

Los artífices de nuestra época, envenenados por una especie de nihilismo jocoso, apologistas de una fantasía irresistible que proclama la libertad absoluta del individuo, tratan de convencernos de que todo lo anterior equivale a aceptar el sacrificio de una carga insoportable. No es cierto, desde luego, pero, en cualquier caso, seguimos a la espera de que nos expliquen en qué consiste la alternativa que proponen.

Este texto toma como base la intervención del autor en el coloquio El trabajo invisible que construye el mundo. Paternidad y maternidad, durante la celebración del encuentro organizado por Punt Barcelona el pasado mes de junio.