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El príncipe Prigio

El príncipe Prigio

Barbero del Rey de Suecia

Un príncipe de primera

Andrew Lang (Selkirk, 1844 – Banchory, 1912) tocó todos los palos: poeta menor, novelista discreto, periodista incansable, traductor de Homero y, ya para siempre en la memoria de los lectores, el señor de los doce colores, el hombre que reunió el folclore del mundo entero en sus célebres Fairy Books —azul, rojo, verde, amarillo…— con la seriedad de un antropólogo y la sonrisa de un niño. De esa doble condición —sabio en las hadas ajenas, aprendiz gozoso de las propias— nace en 1889 El príncipe Prigio, en el que Lang deja de coleccionar mitos para inventarse el suyo: un príncipe tan inteligente que su brillantez —irónico don de un hada despechada— es maldición, defecto de carácter y dificultad para el trato.

Para mayor felicidad, nos lo trae ahora a España Ysabel Ediciones —una nueva editorial, grandísima noticia—, que se estrena con este cuento en traducción de su editor, Manuel de Meer. La actual efervescencia cultural española, pródiga en pequeñas e intrépidas aventuras, no debería pasársenos por alto.

Ysabel Ediciones no puede empezar mejor. El cuento de Andrew Lang es una virguería narrativa. El autor hace gala de un conocimiento extraordinario de los cuentos populares. Juega de lujo con la tradición del género. La familia protagonista tiene raíces clásicas, lógicamente: «Los reyes de Pantuflia descienden de una antigua familia griega, los Hipnótidas. […] El blasón de la casa es un lirón dormido, al natural, sobre campo de sinople, y el lema, traducido del griego original, significa: «Cualquier cosa por una vida tranquila»». El repaso de los antepasados reales incluye a los mejores personajes de los cuentos, como prueba de su sangre (de tinta) azul. Cenicienta es la abuela del monarca reinante y la Bella Durmiente es también antepasada de la familia real. Hay contadas referencias a Las mil y una noches y una reverencia a un caballero francés, don Cyrano de Bergerac. Hay ecos más lejanos de las Metamorfosis de Ovidio. Quizá incluso del Evangelio, donde resucitar siempre da hambre. Aquí también: «¡Jamás tuve tanta hambre en mi vida!». Bajo ese juego de influencias e intertextualidades late una comprensión muy fina de la arquitectura del cuento tradicional, con viejos esquemas, como el de los tres hermanos, al que Andrew Lang saca petróleo.

No estamos sólo ante una obra arqueológica o metanarrativa. Gracias a su poderoso nervio moral, no es un divertimento para eruditos ni para especialistas en folclore. Es una historia que interpela a los lectores. Y uso el plural a conciencia porque permite varios niveles de lectura. Gustará a los niños y gusta a los mayores.

El humor constante impide que el relato caiga en la moralina. Hay bastante violencia en la lucha de los dos monstruos, el Dragón y la Rémora. Eso trae a la memoria la reflexión de Chesterton sobre el valor de los cuentos enteros, sin rebajas ni melindres, sin recortes ni censuras: no enseñan que el mal exista, como ya saben los niños, sino que el mal puede ser vencido. El cuento nos habla a la vez de los dragones de fuera y de los de dentro, ¡que también pueden ser vencidos!

Y está la maestría literaria, que sabe aprovechar las digresiones, las interpolaciones del autor y hasta los errores gramaticales: «—Soy mí —respondió el príncipe. Era la primera vez que olvidaba su gramática, pero estaba terriblemente excitado».

Su guasa con la Europa de su tiempo vale para la nuestra. La reina, racionalista y moderna, no cree en las hadas ni en el misterio inherente a la corona. Eso desencadena problemas (y risas en sordina). El rey también está más preocupado por la legalidad del sistema político que por los prodigios que protagoniza su primogénito. La reflexión de Lang sobre el amor y la inteligencia es, en cambio, intemporal, delicada y brillante. Ysabel Ediciones debuta, pues, con un príncipe de primera.

—¡Besadme! —gritó el dragón, que ya había devorado a muchos valientes caballeros por negarse a besarlo.
—¿Darte un beso? —murmuró el príncipe—. Oh, ciertamente, si no es más que eso… ¡Cualquier cosa por una vida tranquila!
Y, diciendo esto, besó al dragón, que al instante se convirtió en una princesa hermosísima. […] Aunque inclinado a la vida de soltero, el príncipe era demasiado bien educado para poner reparo alguno [a su proposición de matrimonio].
*
Hasta la misma reina observó que, aunque nunca podía creer todo lo que le decían los cortesanos, ciertamente era un hermoso niño; un niño hermosísimo.
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El príncipe, como nunca había estado enamorado, nunca pensaba en los demás.
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A estas alturas, tú o yo, o cualquiera que no fuese tan extraordinariamente inteligente como el príncipe Prigio, habría comprendido qué ocurría.
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Nada había más grosero que llevar siempre la razón. La inteligencia podía llevarse demasiado lejos.
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Hasta una persona inteligente puede ser encantadora cuando quiere, sobre todo cuando no está pensando en sí misma.
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La primera idea de Prigio [con el anteojo mágico] fue mirar a su dama. «Pero ella no espera que la miren —pensó—. ¡Y no lo haré!».
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De modo que ya veis que la inteligencia y prestar atención a vuestros libros tienen, después de todo, algunas ventajas.
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Nunca vayáis a pelear, si podéis evitarlo, sin llevar abundante comida, que os sostenga y os mantenga animosos.
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Pero cobró ánimo, porque no había tiempo que perder.
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La puntualidad es la cortesía de los príncipes; ¡y un príncipe es cortés cuando está enamorado!
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Una posición de lo más incómoda para un embajador… aunque, por otra parte, están acostumbrados a ellas.
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La reina se indignó aún más, si ello era posible, y exclamó: «¡Disparates! Una historia de Las mil y una noches no conviene a un público moderno y no consigue despertar credibilidad estética».
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En cuanto al rey, sólo ansiaba regresar a su casa y que todo el asunto se resolviese de manera constitucional.
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Entonces el rey extendió y firmó el siguiente satisfactorio documento [un talón bancario]. —¡Ah, hijos míos, cuánto desearía yo que el señor Arrowsmith (mi editor) hiciera otro tanto por mí!—.
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—No compremos la vida al precio de la dicha y el honor —continuó Prigio.
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[La posibilidad de recuperar el cheque de un millón de libras hace dudar al monarca.] Pero el rey se dijo a sí mismo: «No importa, no es más que un penique de más sobre el impuesto de la renta». Entonces gritó: «¡Quedaos con vuestro vil metal!» —refiriéndose al millón—.
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Antes de enamorarse de ella, no creía en hadas, ni en Dragones de Fuego, ni en gorros de la invisibilidad, ni en ninguna cosa agradable e imposible.
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Sí les habló, sin embargo, de la alfombra voladora, lo cual, naturalmente, no les sorprendió mucho, porque lo habían leído todo acerca de ella en Las mil y una noches.
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Jamás, en toda su vida, pudo conseguirse que la reina creyera que hubiera ocurrido nada extraordinario.
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[Su prometida le pide que sea menos inteligente para así ser más amado por todos.] Entonces subió corriendo, por última vez, al desván de las hadas y se puso el gorro de los deseos. «No —pensó para sí—, no voy a desear eso. Todo hombre tiene algún secreto, y éste será el mío». Entonces dijo en voz alta: «Deseo PARECER no más inteligente que los demás». [Se convirtió entonces en el príncipe más popular y, por último, en el rey más amado que jamás se sentó en el trono de Pantuflia.]
*
De vez en cuando Rosalinda decía: «Creo de veras, querido mío, que eres en realidad tan inteligente como siempre».
¡Y lo era!
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