Morante duda si toreará en 2027 tras otra temporada que parece agotado: ¿debe reducir sus apariciones?
El año pasado se quitó la coleta en Madrid y entre lágrimas en señal de impotencia, pero regresó en 2026 repitiendo el número de festejos. A las puertas de volver a Las Ventas siembra la duda sobre el año que viene con nuevos signos de debilidad
Morante de la Puebla en la última goyesca de Ronda el 5 de septiembre
Morante es distinto, pero no para el refrán «la cara es el espejo del alma». Si acaso, el ejemplo del genio de La Puebla es que en nadie nunca fue más espejo. Su enfermedad mental es una compañera de vida, otro toro que lidiar. Cuando ella está cerca, a Morante se le hunden los ojos y hasta de algún modo se le deforma el rostro como en un retrato de Francis Bacon.
Morante no engaña, no puede. Y las sombras del otoño, la caída de la hojas, regresan igual que el año pasado, con el mismo rictus baconiano: la angustia y la fragilidad de la existencia humana cuyos rostros parecen emborronarse o incluso derretirse como si fueran de cera.
Así era la expresión de Morante en Sevilla el lunes, a punto del paseíllo en la Feria de San Miguel, cuando el periodista de Canal Sur le preguntó si podía asegurar su presencia en los ruedos en 2027 y él dijo, en una pausa eterna, profunda como las fosas diminutas de su ojos y una media sonrisa resignada por sus debilidades: «No lo sé».
Fue un no saber también profundo. Un no saber por no saber si toreará el año que viene, y un no saber cómo puede hacer para poder hacerlo el año que viene y todos los demás. Uno tampoco sabe lo que pasa en la mente del maestro. Tan solo observa.
Morante de la Puebla en la goyesca de Ronda el 5 de septiembre ******EXCLUSIVE**********
2025 y 2026 han sido casi dos temporadas calcadas. Unos cincuenta festejos en ambas, la mitad que en 2022, cuando rompió la barrera de las cien y también otras barreras, pero muy por encima de lo que toreaba hace una década. Son medio centenar de festejos en siete meses que parecen intensísimos. Cualquiera diría, por lo que arrastra, que torea todos los días sin falta.
Es la sensación y casi la realidad en un mundo tan metafórico como el toreo. Morante no descansa como si no quisiera hacerlo y como si no pudiera. Y lo que parece es que le pasa factura. Se repite el agotamiento de hace un año cuando se quitó la coleta el 12 de octubre en Las Ventas con la Puerta Grande abierta. O al menos es lo que parece. ¿Necesita espacio Morante como el toro para no desgastarse y para lucir su embestida?
A principios de junio de 2024 decidió cortar la temporada. tenía el rostro desdibujado por Francis Bacon hasta que regresó a finales de julio en Santander con el alma restaurada reflejada en su expresión, en su tez y en su mirada. Un día antes de aquella reaparición se le vio nuevo en los tendidos.
Es como si Morante se fuera derritiendo en el largo y cálido verano, como la película de Paul Newman basada en El villorrio de Faulkner, y no pudiera permitirse llegar al final sin parecer borroso, nublado, con señales de borrasca interior. La misma lluvia que descubría el engaño del caballo inflado y pintado de Pat Stamper a Flem Snopes, también de Faulkner.
Morante es la esencia de la Fiesta en la actualidad. Otra razón para no desfigurar su imagen, a parte de por ser simplemente un ser humano. A Morante hay que cuidarle como a un cuadro secular de valor incalculable: mantenerle en condiciones óptimas de temperatura, protegerle del exterior en todas sus formas y someterle a periódicos procesos de restauración que no permitan que se agriete su alma, que descanse, como si fueran sus incomparables pigmentos.