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Morante de la Puebla el pasado 7 de agosto en Marbella

Morante de la Puebla el pasado 7 de agosto en MarbellaLalo Alvarez

Morante confirma su regreso a Las Ventas el 12 de octubre: ¿hasta dónde llegará la catarsis del genio?

El diestro sevillano culminara su temporada con su ansiada aparición en Madrid el Día de la Hispanidad, el mismo lugar en el que, hará un año, se quitó la coleta entre lágrimas

Desde hace unas horas ya es oficial. Morante toreará en Madrid el 12 de octubre. Había regresado a los ruedos en Sevilla desde su última retirada por sus padecimientos mentales sin paso previsto por San Isidro. Así fue. Se consideraba que era demasiado pronto para volver al lugar donde solo hacía unos meses que se había quitado la coleta, en decisión pasmosa tras una nueva apoteosis del genio.

Se creyó la última tras la parafernalia. Pero pronto dijo en una entrevista para The New York Times que se trataba de una retirada temporal. Son los descansos que necesita el maestro para impulsarse. Su enfermedad mental lo requiere. Lo que se vive y lo que se ha vivido es efímero e incierto. Así que hay que disfrutarlo como la misma vida. Morante no puede vivir sin torear, pero para torear necesita parar cuando su cabeza avisa.

Morante tiene que torear, también en parte porque su toreo ha alcanzado la plenitud, se diría que la bienaventuranza. La RAE define esta como «vista y posesión de Dios en el cielo» en la religión cristiana, que es la que profesa. También es «Cada una de las ocho fórmulas de felicidad espiritual que Cristo manifestó a sus seguidores como ideal de vida» y, por último, «Prosperidad o felicidad humana».

Si Morante no fuera cristiano y sí budista se podría hablar del nirvana, que es el «estado resultante de la liberación de los deseos, de la consciencia individual y de la reencarnación, que se alcanza mediante la meditación y la iluminación», sinónimo de paraíso, de gloria o de gracia. Todo esto y lo anterior trasluce el genio de La Puebla, sin rival en la Plaza y en los tendidos.

Es la concepción del torero estrella, la máxima de todas, la única, por único y esto porque no hay toro con el que no se case, aunque solo sea por un instante que se recuerda para siempre. Nadie hace lo que Morante en el ruedo. Lo que ofrece es esa gloria de un momento o de uno más largo, pero casi con la seguridad de que se va a producir, no en la esperanza de camino al coso de otros tiempos en él y otros toreros: «A ver si hoy es la tarde...».

Lo increíble es que todas las tardes son fiesta en la Fiesta de Morante, que se rebela y contradice al dicho. Y hasta el punto en que solo verle llegar o verle vestido o verle mover el capote sin más ya vale la pena para los que abarrotan las plazas adónde va. Morante tira de la tauromaquia como un titán inigualable, llevando la afición a lugares remotos a través de su fama de leyenda. Y combate el antitaurinismo con la fuerza de la belleza y el reclamo de su relumbrón.

Si nada (o poco) pueden hacer el resto de los toreros a su lado (ya podrán y ya saldrán por el efecto Morantista), mucho menos pueden hacer aún los sectarios a los que Morante hace desaparecer con su vendaval, con su bienaventuranza de elegido que ha llegado a la cumbre de la que no se baja mientras todos miran hacia arriba.

Morante va a culminar la que es su última temporada de regreso el 12 de octubre en Madrid, en Las Ventas, junto a Aarón Palacio, esperanza cierta, y el mexicano Héctor Gutiérrez (ganador de la Copa Chanel, este es su premio: la Hispanidad) con toros de Garcigrande y Cuvillo. El sitio más alto donde poder verle en el otoño sin fin que también ha hecho suyo el sevillano.

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