Una generosa Puerta del Príncipe para Morante no empaña la gloria infinita del dios del toreo
Ortega y Aguado mostraron pundonor y torería en sus dos primeros toros, malogrados los trofeos por la espada. Roca Rey asistió al gran triunfo del sevillano en el Corpus desde el tendido, acompañado de su pareja, Tana Rivera
Morante sale por la Puerta del Príncipe de la Maestranza
El vestido de Morante una locura naranja o arena, maquillaje y blanco como las medias y arrugado como los antiguos. No quiso casi ni mirarlo, derrengado el primero de Hermanos García Jiménez, el genio se retiró y esperó a que el presidente sacara el pañuelo verde.
El sobrero raro, que atacaba, ya servía, templado Morante y Sevilla gritando. Qué capote. Metido el bis de Garcigrande como enhebrado en esa capa mágica, casi convexa al pasar. Por alto o a media altura porque humillaba poco lo cogió después con la muleta tan despacio que parecía taichí. No bajaba la cabeza el toro pero pasaba, y repetía.
Morante con la muleta en la corrida del Corpus
Lo trincó así el genio para que Sevilla volviera a gritar en las alturas, nunca mejor dicho, donde le hizo la faena, como flotando ambos, toro y torero. Y haciendo allí arriba el toreo extraordinario, tan bonito y poderoso. Porque Morante torea donde quiere, en el suelo o en el aire o en el espacio. Así lo mató también, en la cumbre para una oreja imposible.
Sevilla, Sevilla y Sevilla. Morante, Ortega y Aguado. Elegante Juan con el segundo. Largos naturales, profundos. Pasaba el de los Hermanos cerca, muy pequeño, bajito. Salía en esta segunda tanda feo. Probó con la derecha que parecía por ahí, bien. Pero cómo se pasó la muleta otra vez a la izquierda y luego el molinete. Estaba entregado Ortega. Y templado.
Juan Ortega en un desplante
Ahí prendió la mecha del incendio medido que vino después. Por ese lado iba el toro, por naturales ligados y profundos, un lienzo de locos, para desgañitarse, un caballero pinturero, un primor en los remates, enrocado el sevillano (el segundo), ido y cabal, perdido en su faena extraordinaria sin dejar de sostener a su oponente al que levantó a dos manos para terminar.
Pinchó a la primera y patas arriba lo terminó desplomando en todo lo alto. No hubo, sorprendentemente, petición que se quedó en ovación. A portagayola y por farol(es) se fue Aguado (y va un pareado) en la inverosimilitud de la actitud corriente de los diestros «delicados». Antes de Aguado, Iván García a los palos, asombroso. Y antes de García las verónicas secas de Aguado y sus medias ya casi míticas. Dos.
Farol a portagayola de Pablo Aguado
Torería aguadista en el inicio de faena. Menuda tarde. Flores y verde como en las amapolas de Monet, pero en vez de en el campo en La Maestranza. Y en el Corpus. Embestía regular Fanfarrón. Una pena. Pero Pablo primero con la derecha y sobre todo con la izquierda escribió versos a aquel patio de Sevilla, de arriba a abajo. Torero, torero. No embestía y pinchó a la primera y allí se quedó. Belleza efímera de amapolas.
El cuarto se llamaba Sosito, pero también podía haberse llamado flojito, como un enanito de Blancanieves. No parecía el toro para Morante, ni para nadie, ni para el milagro. Pero nunca se sabe con el cigarrero y ya nunca se sabrá porque obra la maravilla. Tiene la faena en el caletre y en el alma. Todo es estética. Es una escultura inteligente. Un sabio. Un portento. Ya no se sabe qué decir.
Morante de la Puebla en un momento de su faena al cuarto toro
El trincherazo marca el camino por abajo. Morante quieto, moviendo la pierna solo para girarse. Seda. Las cortinas de la casa de Daisy Buchanan volando al principio de El gran Gatsby. Todo el público es Nick Carraway embelesado por tanta belleza y suavidad. Qué pases de pecho, no son sobaqueros, sino costillares. Le dice adiós al toro liándole la manta a al cabeza y al lomo.
Y luego le dice hola porque no ha salido de la habitación, una que se ha inventado y ha construido allí mismo el dios del toreo. Es invisible. Los límites los ve Morante y en ellos guía al animal que obedece más allá de las leyes de la tauromaquia. Poder y mando. El de la Puebla convirtió a su oponente con la izquierda. Cuánta sabiduría, cuánta gracia, cuanta grandeza premiada con dos orejas. Una hubiera sido suficiente, pero qué no se merece la gloria infinita de Morante.
Morante a hombros en La Maestranza
Denle puertas y ventanas y llévenselo a hombros para siempre. No hubo más después de esto con un Cotilla para Ortega y un Esaborío que no se arrancaba para Aguado, que brindó al eterno, al padre en este sexto manso y pacato. Lo demás fue la Puerta del Príncipe abierta para su rey llevada en volandas en la noche maravillosa de junio, las más maravillosas con su luz azul en la oscuridad, con el día reticente a marcharse, esta vez como si la naturaleza quisiera darle su luz más hermosa al empíreo del Maestro de maestros.