Fundado en 1910

George Orwell, Camilo José Cela y Jorge Luis Borges

Cinco escritores conservadores que escandalizaron a la izquierda

Camilo José Cela hizo sonrojarse a casi todos con su sicalipsis y su escatología o Borges y Orwell se consideraron «anarquistas conservadores»

Normalmente suele ser al revés. O al menos eso se ha contado. El relato dominante de la izquierda tiene estas conocidas consecuencias: la superioridad moral (e incluso intelectual) progresista que escandaliza con su «progreso» al «rancio conservadurismo».

El artista moderno que escandaliza a la sociedad biempensante es un cliché. Como si todo fuera como las señoras de las ligas por la moralidad en el Lejano Oeste. Pero en los últimos tiempos el tópico ha cambiado de tanto usarlo, o simplemente se han roto las sábanas de los muebles que antes los cubrían.

Y no es nuevo, pero sí tantas veces ha estado perfectamente ensabanado. Los escritores conservadores también han escandalizado a los «inescandalizables» progresistas. Camilo José Cela hizo sonrojarse a casi todos con su sicalipsis y su escatología. Una escatología mayormente sucia y soez para la izquierda divina que le afeó la afición para regusto del Nobel.

Incluso elaboró, además de otros escritos, sin llegar a terminarlo, el llamado Diccionario secreto, previsto en tres tomos, de los que solo existen dos. Una obra destinada «a recoger las voces que ostentan una filiación venérea, directa o indirecta, expresa o tácita. El tomo I reúne las pertenecientes a las 'series Coleo y afines' mientras, que el tomo II, agrupa las relacionadas con las 'series Pis y afines'», según La casa del libro.

Jorge Luis Borges fue otro que no se dejó amedrentar por el relato, ni mucho menos, casi como si fuera una broma para el escritor que se edificó exclusivamente en relatos y obras breves, nunca novelas. Borges se consideraba un «anarquista conservador» y asimismo un «hombre del XIX» en el sentido del liberalismo conservador.

Declaró aborrecer a los comunistas tanto como a los fascistas y los nacionalistas o los peronistas (la autóctona representación de lo progre en Argentina), a los que se enfrentó ideológicamente y por su superficialidad al carecer de sustento intelectual. Una de sus frases más conocidas es: «Mire, yo detesto a los comunistas, pero, por lo menos, tienen una teoría».

Un gran enemigo del progresismo, también incluso en su sentido banal como el caso de Borges, fue Chesterton. No se limitó a criticar al socialismo, en el que veía materialismo y falta de libertad, sino también al capitalismo. La propiedad privada la quería para las familias, en la siempre original y propia visión de las cosas del escritor británico que partía de la fe cristiana.

Defendía la tradición y criticaba la modernidad. El mismo Borges, que lo llamó «el obeso gigante», alabó su bondad y la calidad de sus principios caracterizados por la felicidad que rechazó la melancolía y basó, aquellos, en el poder de la paradoja, de la que fue maestro absoluto. Un rival invencible para la izquierda y su auténtica bestia negra con el sentido común frente al dogma.

No se puede tener a Houellebecq como a un conservador clásico. Su transgresión y su personalidad ajena a cualquier afinidad lo impiden, pero su defensa y crítica de ciertos valores le hacen un auténtico rival difícil de enfrentar para la izquierda más ideológica del XXI. En realidad no defiende ninguna tradición y sí critica el vacío existencial del presente, tantas veces representado en la izquierda.

Su pensamiento nihilista, pese a ser rompedor, anticlásico, no se asocia en modo alguno con la izquierda. El eterno «enfant terrible» que la ha calificado de «desagradable» por sus derivas «woke». Una izquierda que, según Houellebecq, ya no tiene intelectuales, pues la abandonaron por estar aquella dominada por la nueva doctrina progresista. Tan lejos y tan cerca de Borges y de Chesterton.

George Orwell también se consideró, como Borges, un «anarquista conservador». Luchó en la Guerra Civil española en las filas del POUM, el Partido Obrero de Unificación Marxista. Todo lo contó en Homenaje a Cataluña, incluido, por supuesto, como la propia izquierda destruyó este partido durante la propia guerra.

Como antiestalinista (la peculiaridad fatal del POUM) fue un enemigo feroz de la izquierda dogmática y viceversa. Prueba de ello son sus obras, como 1984 o Rebelión en la granja, donde criticó abiertamente el totalitarismo de izquierdas. El comunismo fue el principal objetivo en la mirilla de la pluma de quien dijo de sí ser «de izquierdas por convicción y de derechas por temperamento».