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Marlon Brando como Marco Antonio en Julio César

Cinco célebres discursos de ficción para librarse de la influencia de los de Pedro Sánchez

O Shakespeare, Lope de Vega, Calderón de la Barca y James Joyce como antídotos culturales para desembarazarse de las diatribas del presidente, la última proferida el martes como asombrosa prédica de fantasía

Cada vez son más acostumbrados los discursos interminables de Pedro Sánchez, como el del pasado martes a modo de despedida no solo feliz, sino triunfal antes de las vacaciones.

Hay en estos discursos inefables una inevitable emanación a castrismo o chavismo, en relación a las propias diatribas infinitas y vacías de Fidel Castro y su imitador Hugo Chávez.

La nada en el fondo, palabras y palabras, datos adormecedores. Un somnífero ideológico de larga duración con toda la cara imposible. Afirmaciones asombrosas de afectada hipocresía que poco a poco se van convirtiendo en una forma de hacer, perfectamente ensayada y pronunciada.

La representación retórica de la falta de escrúpulos que, afortunadamente, entre los discursos de ficción (cabe incluir los alegatos sanchistas en el ámbito de la ficción), existen ejemplos de verdadera grandeza literaria y moral (y breves en comparación: lo bueno, si...) para liberarse del influjo anestesiante del vulgar sanchismo predicador.

Bien vale el discurso de Marco Antonio a la plebe tras el asesinato de Julio César en la obra homónima de Shakespeare, un prodigio de brillante manipulación retórica («Bruto es un hombre honorable...») que también se puede hallar en la también brillante interpretación de Marlon Brando en la versión cinematográfica de Joseph L. Mankiewicz.

Por seguir con arengas y con Shakespeare, a quien hay que repetir y quedarse corto sin remedio por la calidad y variedad de sus discursos, es casi obligatorio citar el de Enrique V en el día de san Crispín. «We few, we happy few, we band of brothers» («Pocos, felices y hermanos»), la frase mágica que representa la emocionante exaltación de valores a las tropas exhaustas como la hermandad, el honor, la fe o la gloria previa a la batalla de Agincourt.

'Fuenteovejuna' y 'La vida es sueño'

Tan prodigiosa está como la de Laurencia en Fuenteovejuna de Lope de Vega, rota, enardecida y valiente ante la violación y el ultraje de los que no la han defendido los hombres de Fuenteovejuna, empezando por su padre: «No me nombres/ tu hija./ Por muchas razones,/ y sean las principales:/ porque dejas que me roben/ tiranos sin que me vengues,/ traidores sin que me cobres...».

Bien podría ser Sánchez Segismundo en su segundo soliloquio de La vida es sueño de Calderón de la Barca, el príncipe devuelto a la prisión por su padre debido a sus actos, donde, arrepentido, piensa en la libertad efímera como en un sueño.

Una reflexión universal en el monólogo, el discurso íntimo, es posible que más memorable del teatro español: «Sueña el rey que es rey, y vive/ con este engaño mandando,/ disponiendo y gobernando; (...) ¿Qué es la vida? Un frenesí./ ¿Qué es la vida? Una ilusión,/ una sombra, una ficción,/ y el mayor bien es pequeño:/ que toda la vida es sueño,/ y los sueños, sueños son».

La introspección que alcanza al Gabriel Conroy de Los Muertos de James Joyce mientras afuera ve nevar, el último de los relatos de Dublineses. El hombre que descubre en su madurez que el amor de la vida de su mujer fue un chico que murió a los diecisiete años. La dura y maravillosa (para el lector) Noche de Reyes del protagonista del autor de Ulises, cuya alma «caía lenta en la duermevela al oír caer la nieve leve sobre el universo y caer leve la nieve, como el descenso de su último ocaso, sobre todos los vivos y sobre los muertos».