Copia de la Declaración de Independencia, hallada recientemente
El Debate de las Ideas
La Declaración de Independencia estadounidense como herencia europea
Hace quince años me encontraba en Viena, en la acera frente a la Kapuzinerkirche, la iglesia de los Capuchinos, el día en que el archiduque Otto de Habsburgo fue enterrado junto a sus antepasados en la Kaisergruft (Cripta Imperial) de la iglesia. Era el 16 de julio de 2011, doce días después de su fallecimiento, ocurrido el 4 de julio, y también doce días después del 235º aniversario de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos.
Desde entonces he pensado a menudo en aquella tarde. Un acto celebrado recientemente en Pannonhalma (Hungría), organizado por la Fundación Otto von Habsburg, me brindó la ocasión de reflexionar más a fondo sobre aquella fecha, sobre aquel gran y noble personaje y sobre nuestra civilización. El título de la reunión fue «Acerca de la ciudad sobre la colina en la abadía sobre la colina», inspirándose en el sermón de John Winthrop de 1630, Un modelo de caridad cristiana, que a su vez se inspira en el Sermón de la Montaña. La yuxtaposición de dos colinas, situadas una frente a la otra con un océano por medio, evocaba lo que yo quiero llamar un «mar interior». Se trataba, por supuesto, del mismo Atlántico que ha sido, desde 1492 y de manera decisiva desde 1776, el «mar interior» de una civilización más amplia. Ambas colinas son, en última instancia, la misma colina: la colina de una sola civilización, articulada a ambas orillas del océano.
Lo que sigue es un intento de describir esa civilización y de argumentar que la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, cuyo 250º aniversario se celebró el pasado 4 de julio, es una de sus expresiones más recientes y elocuentes: no una ruptura con Europa, sino el capítulo más reciente de un libro muy antiguo.
La Declaración de Independencia
Durante décadas, los estudiosos han debatido sobre qué tipo de documento es realmente la Declaración de Independencia. Tanto la izquierda como la derecha la han utilizado con fines ideológicos. Richard Gamble, del Hillsdale College, ha desmontado –creo que con razón– la versión cívico-religiosa de la «ciudad sobre la colina»: la transformación, en el siglo XX, de la metáfora bíblica de Winthrop en una retórica de misión nacional. Lo que quiero proponer es una lectura adicional, no algo nuevo, sino más bien antiguo. La lectura en sí misma, sin embargo, no es original mía, pues pertenece a otros, empezando por quienes firmaron el documento. Mi aportación es el punto de vista desde el que leo la Declaración: desde Europa, en lugar de desde América.
La Declaración no fue, por supuesto, el primer documento de este tipo. Ya habían existido antes pactos sociales y políticos. Pero en su momento no sólo fue nuevo, sino que su lenguaje hizo que una antigua herencia volviera a hacerse oír. ¿Quién enseñó ese lenguaje a los firmantes? No tuvieron un único maestro, sino muchos. Como es bien sabido, Locke fue quien les formó. Pero también se formaron con la Biblia del Rey Jacobo, con Cicerón y Plutarco, con las vísperas anglicanas y los sermones presbiterianos, con la teología de la alianza de la Nueva Inglaterra puritana y, en el caso de Charles Carroll de Carrollton –el único firmante católico de la Declaración–, con el tomismo de los jesuitas. No todo el mundo reconoce esto, especialmente su dimensión religiosa.
El historiador estadounidense M. E. Bradford lo reconoció y dedicó toda su carrera a defender que los hombres de la generación fundadora eran, en una frase que ahora se asocia con él, «más conservadores y cristianos de lo que a menudo se ha afirmado». La mayoría de ellos eran cristianos practicantes que defendían las libertades inglesas heredadas frente a un rey lejano. Y desde luego no estaban inventando una teología política a partir de las ideas de la Ilustración francesa.
El hombre de letras estadounidense Russell Kirk expresó esta idea de forma aún más contundente. Calificó la Declaración como un «monumento a la prudencia propia de los estadistas». Describió a sus firmantes como «no una élite de teóricos, sino una asamblea de gobernantes» –aristócratas naturales, según sus propias palabras, «no philosophes»–. Afirmaba así lo que defendía Bradford: la Declaración de Independencia no fue una novedad inventada, sino una herencia recibida.
El rastro de una herencia
Lo que Kirk me enseñó, sobre todo, es que las raíces de este legado civilizatorio que hemos heredado pueden rastrearse a través de las ciudades en las que adquirió su forma definitiva. Expuso este argumento en su libro Las raíces del orden americano (The Roots of American Order), publicado en 1974 con motivo del bicentenario de la Declaración. Cincuenta años después, con motivo del 250º aniversario, le rendimos homenaje rememorando esa obra.
Jerusalén, Atenas, Roma, Londres, Filadelfia: no son cinco órdenes diferentes, sino un único orden articulado a través de cinco ciudades, en cinco momentos históricos. Jerusalén nos dio a la persona humana creada a imagen de Dios –la imago Dei–, la alianza de un pueblo con un Dios que se compromete con él y los derechos otorgados por un Creador que ningún rey (ni Estado) puede revocar. Atenas nos dio la polis como comunidad moral más que como mera unidad administrativa, la ley natural accesible a la razón y el ciudadano que es más que un súbdito. Roma nos dio la ley, vinculante tanto para los gobernantes como para los gobernados, y —a través de Cicerón, a quien leyeron los fundadores estadounidenses— el concepto de libertas: la libertad no contra la ley, sino bajo ella. Londres nos dio la Carta Magna, en 1215, la tradición del derecho consuetudinario, el autogobierno parlamentario y la Gloriosa Revolución de 1688, antecesora inmediata de la Revolución Americana. Y Filadelfia, en 1776, articuló esta nuestra herencia para un nuevo mundo: no el invento de un proyecto político, sino algo recibido.
Para bajar a algo concreto, pensemos de nuevo en Charles Carroll de Carrollton, el único católico entre los 56 firmantes de la Declaración. Carroll se había formado en el Colegio Jesuita de Saint-Omer, en el Flandes francés, donde se habían exiliado los jesuitas ingleses. Había asimilado a Tomás de Aquino muy profundamente. Tres años antes de que Jefferson redactara la Declaración, Carroll –escribiendo bajo seudónimo en la Maryland Gazette– había defendido, basándose en el derecho natural, que el consentimiento popular era el fundamento de un gobierno legítimo. Su razonamiento no se basaba en Locke, sino en Tomás de Aquino y en toda la tradición escolástica católica del bien común: una tradición que se extendía desde el Doctor Angelicus, pasando por los «doctores hispanos» de Salamanca, hasta las escuelas jesuitas de la Contrarreforma.
Lo que Carroll demuestra es que el linaje intelectual de la Declaración de Independencia es más profundo y amplio de lo que suele contar la versión de los whigs ingleses. La tradición escolástica católica no es algo ajeno a la Declaración. Está en ella.
Una herencia viva
Las cinco ciudades de Kirk componen un legado que se remonta en el tiempo. Pero lo que ha mantenido viva esta herencia es que se ha vivido realmente, desde Jerusalén hasta la República de los Estados Unidos y en mi estado natal, Vermont. Esto es fácil de pasar por alto hasta que uno se da cuenta de que la tradición política estadounidense es, en realidad, el fruto de una práctica europea heredada de autogobierno.
Pensemos en los gremios medievales, las cofradías religiosas y las hermandades de ayuda mutua. Pensemos en las antiguas Landsgemeinde, las asambleas cantonales al aire libre que aún se celebran en Appenzell Innerrhoden, donde los ciudadanos votan a mano alzada sobre los asuntos de su comunidad. Se puede decir que estamos ante la democracia directa: una forma claramente europea de autogobierno local, forjada a lo largo de siglos de vida comunitaria cristiana.
Cuando estas formas europeas cruzaron el Atlántico con los colonos, no desaparecieron. Se trasplantaron, se adaptaron, se replantaron… y echaron raíces en la asamblea municipal de Nueva Inglaterra, que sigue siendo, cuatro siglos después, el ejemplo más vivo que se conserva de autogobierno local que Europa haya producido jamás.
Cuando Alexis de Tocqueville visitó Estados Unidos en 1830 y escribió La democracia en América, el concepto al que recurrió para describir las formas de autogobierno que observó fue el de «pouvoirs intermédiaires» (poderes intermedios), es decir, los organismos que se interponen entre el ciudadano aislado y el Estado centralizado. Su argumento central era que una democracia sólo sobrevive allí donde sobreviven esos organismos intermedios, y se vacía de contenido cuando estos se marchitan. Expresó la misma idea de forma positiva en el segundo volumen de la obra: «En los países democráticos, la ciencia de la asociación es la ciencia madre; el progreso de todas las demás depende del progreso de aquella». Este francés, que escribió en la década de 1830, fue el primer gran analista de este patrón. Estaba interpretando América desde Europa y comprendía mejor a Europa al interpretar a América.
La forma de autogobierno que mejor conozco, porque la he observado y he escrito sobre ella, es la asamblea municipal de Nueva Inglaterra. En mi propio estado natal, Vermont, he cubierto muchas de estas asambleas como periodista. En ellas se lleva a cabo un acto de autogobierno que la mayoría de los ciudadanos modernos ni siquiera ha presenciado jamás. Así es como se desarrolla: el primer martes de cada mes de marzo, en el auditorio de un colegio o en el salón de actos local, personas que se conocen por su nombre deciden juntas cómo será su vida en común. No de forma perfecta. No siempre acertando. Pero juntas, en una misma sala.
El politólogo Frank Bryan, de la Universidad de Vermont, dedicó más de treinta años a documentar las asambleas municipales de Vermont. Registró 238.603 actos de participación de 63.140 ciudadanos en 210 municipios. Basándose en esos datos, argumentó en su libro Real Democracy que la asamblea municipal era lo más parecido que existía en el mundo moderno a la democracia tal y como podría haber sido hace 2.500 años en Grecia. Según esta interpretación, la asamblea municipal de Vermont no es nostalgia. Es el Ágora, quizá menos refinada, pero muy viva. Es Atenas, que sigue en pie.
Y lo que se ha conservado en una colina de Vermont se conservó primero en los pueblos y parroquias europeos de donde salieron los colonos hacia el otro lado del océano. En Hungría, por ejemplo, siguen vivos esos mismos patrones: en los gremios que se remontan al siglo XIV, en las cofradías que surgieron en torno a las rutas de peregrinación a Máriapócs, en la tradición comunitaria del falu. Todas ellas son la misma forma. Lo que cruzó el Atlántico no fue necesario inventarlo. Esa herencia ya la vivían los hombres del Viejo Mundo que llegaron al Nuevo.
Testigos europeos
Yo no tuve el honor de conocer personalmente al archiduque Otto. Pero he pasado tiempo con personas que lo conocieron, tanto en Europa, en el Paneuropa Bewegung, como en los Estados Unidos, en el Russell Kirk Center de Míchigan. Annette Kirk, la viuda de Russell, aún recuerda lo que su marido pensaba del archiduque y lo que el archiduque pensaba de su marido: un gran respeto mutuo, el reconocimiento de una forma compartida. Eran un heredero de los Habsburgo y un hombre de letras de Míchigan que se escribieron a través del océano durante toda una vida.
En 1962, en las páginas del semanario jesuita America, Kirk llegó incluso a defender al archiduque frente a la oposición de los socialistas austriacos a su regreso. Se preguntaba por qué existía tal «temor socialista hacia un hombre afable, culto y tolerante que es todo menos un energúmeno reaccionario». Kirk veía en Otto a un hombre que defendía la tolerancia, el orden y las tradiciones de la civilidad.
Esas eran las mismas cualidades que vio otro de sus amigos: Thomas Chaimowicz, de Salzburgo, un erudito judío y partidario incondicional del archiduque Otto, y el último autor al que Kirk encargó un libro para su serie «Library of Conservative Thought» (Biblioteca del pensamiento conservador), en la editorial Transaction Publishers. Ambos hombres —Kirk en Míchigan y Chaimowicz en Salzburgo— reconocieron en Otto un perfil.
Así es como se expresaba esa idea cuando el propio Otto le daba forma con sus propias palabras. En 1952, en el Institut Catholique de París, durante el discurso que le valió su reputación en Europa, bajo los auspicios del comité internacional creado en defensa del cardenal Mindszenty, entonces encarcelado en la Budapest comunista, Otto afirmó: «Los estadistas verdaderamente grandes de la historia han sido siempre aquellos que han logrado una paz duradera en el mundo, que han sabido limitar sabiamente sus victorias». Ya había planteado el mismo argumento, de forma más reflexiva, décadas antes. En las últimas páginas de su libro de 1957 El orden social del mañana, una obra sobre cómo reconstruir una Europa de posguerra destrozada sobre fundamentos cristianos en lugar de materialistas, escribió: «El cristianismo es nuestra propia alma. Negar nuestra fe significaría suicidarnos… Hablar de una Europa cristiana es un acto de fe en nuestra vida y en nuestro futuro… Tal profesión de fe exige un programa político verdaderamente cristiano, cuyo único objetivo debe ser el bienestar de la comunidad».
Casi medio siglo después, esa misma convicción había cristalizado en ocho sencillas palabras, pronunciadas ante un periodista hacia el final de su vida: «Europa es un continente cristiano, les guste o no a algunos». Más tarde, en una conversación, cuando le preguntaron por qué estaba tan seguro de que Europa volvería a la fe cristiana, Otto respondió con cinco palabras: «Porque tenemos la verdad».
Que tanto un judío de Salzburgo como un protestante anglosajón de Míchigan (posteriormente católico) vieran la misma esencia en un heredero católico de los Habsburgo es precisamente el argumento que he estado tratando de exponer. Esta es una civilización lo suficientemente amplia como para que sus hijos judíos y sus primos reformados hayan encontrado su lugar en ella –y así lo hayan manifestado–. Esas amistades fueron un testimonio de la civilización que todos ellos reconocían. Y cada uno de ellos, desde su propia tradición, entendió que el documento estadounidense pertenecía a esa misma civilización, una de sus últimas y más elocuentes expresiones.
Lo que Otto, Kirk y Chaimowicz tenían en común no era un acuerdo confesional. Se habían formado en tradiciones diferentes: católica, protestante no conformista y, en el caso de Chaimowicz, judía. Discrepaban entre ellos en muchos aspectos. Pero lo que compartían era algo más antiguo y más sólido: una formación común en su herencia civilizatoria y en el seguimiento de Cristo o, en el caso de Chaimowicz, en la misma herencia moral hebrea que el seguimiento de Cristo presupone.
Dos orillas
El cuerpo de Otto descansa en la Kaisergruft de Viena. Su corazón descansa en Pannonhalma. Dos orillas de un mismo mar interior. Un hombre, una civilización. No es pues casualidad que el hombre que fue portador del último legado político de la Europa cristiana falleciera el mismo día en que se firmó la Declaración de Independencia de Estados Unidos.
Ese documento cumplió 250 años el 4 de julio. Y deberíamos celebrarlo, no como un himno a la autonomía abstracta, sino como una carta de autogobierno, redactada por hombres formados por las prácticas europeas heredadas, hombres que no veían nada extraño en defender ese legado como propio.
El 4 de julio, sugeriría yo, es una festividad europea. La Declaración también tiene su lugar en la biblioteca de Pannonhalma, en la abadía situada en la colina, tanto como lo tiene en Filadelfia. Y al igual que comencé mis reflexiones en la Kapuzinerkirche en una calurosa tarde de julio hace quince años, ahora las concluyo junto a la tumba donde descansa el corazón del archiduque Otto, invocando la memoria de uno de los grandes hombres de Europa y, a través de él, el legado civilizatorio que defendió.