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Varios migrantes saltan la valla que hace de frontera entre Ceuta y Marruecos, a 31 de julio de 2026.

Varios migrantes saltan la valla que hace de frontera entre Ceuta y MarruecosEuropaPress

Filosofía para todos

El coste social de renunciar al control migratorio

La promesa de una mayor libertad de movimiento puede ocultar el riesgo de fragmentar la comunidad y convertir a sus ciudadanos en extraños entre sí

¿Quién puede entrar y establecerse en un país que no es el suyo? ¿Cuántos extranjeros puede asimilar un Estado? ¿Qué derechos se adquieren? ¿Cuándo? ¿Cómo? Política, economía y moral se entrecruzan a la hora de hablar de inmigración. La historia, y también la filosofía, nos demuestran que la cuestión no es un asunto que se pueda reducir al clásico griterío partidista.

Ya Kant definía la hospitalidad como «el derecho de un extranjero a no recibir un trato hostil por el mero hecho de ser llegado al territorio de otro». Sin embargo, también dejaba claro que «éste puede rechazarlo si la repulsa no ha de ser causa de la ruina del recién llegado».

También la Doctrina Social de la Iglesia, al tiempo que reclama la acogida digna y la integración, habla de «equidad y equilibrio» a la hora de acoger inmigrantes y apuesta por «favorecer todas aquellas condiciones que permiten mayores posibilidades de trabajo en sus lugares de origen». Sin embargo, a pesar de estas consideraciones, algunos postulados respecto al problema migratorio apuestan por una política de fronteras abiertas que, aunque pueda parecer ideal o utópica, encarna graves riesgos.

Grandes comunidades de vecinos

El filósofo estadounidense Michael Walzer trató pormenorizadamente la cuestión de la inmigración y la pertenencia en su obra Las esferas de la justicia. En sus páginas deja claro que «los Estados sencillamente están en libertad de aceptar (o no) extranjeros» y defiende que las políticas de admisión son indispensables porque «en juego está la configuración de la comunidad que obra en el mundo, ejerce la soberanía, y así sucesivamente».

Para tratar de aterrizar una cuestión tan compleja, Walzer utiliza una triple analogía a la hora de hablar del sentido de pertenencia y de la admisión de nuevos miembros: compara las políticas estatales con las de las vecindades, los clubes y las familias. Es en el primer caso, el de las vecindades, en el que nos detendremos.

El estadounidense explica que una vecindad no tiene una política de admisión organizada: «Los extraños pueden ser bienvenidos o no, mas no pueden ser admitidos o excluidos». El ideal de las fronteras abiertas iría en esta dirección y ya se atisba el gran problema: cualquiera puede entrar, aunque una vez dentro no sea bien recibido por la comunidad. Cualquiera puede trasladar esta analogía a su bloque de pisos y comprenderla fácilmente.

Walzer cita a Henry Sidgwick para examinar tres posibles problemas que podrían derivarse de esta actitud. En primer lugar, un Estado a modo de vecindad «carecería de cohesión interna», es decir, estaríamos ante un país en el que sus ciudadanos son «extraños entre sí». En segundo lugar, los flujos sin control afectarían a los intentos de «elevar el nivel de vida de las clases más pobres». Por último, esa falta de cohesión derivaría en una crisis de la promoción cultural y moral de un determinado lugar.

Aunque el estadounidense pone en duda los efectos concretos de estas advertencias, sí pone el foco en la resistencia de las comunidades locales frente a la utopía de la «movilidad perfecta». Concluye que «derribar los muros del Estado no es, como Sidgwick insinuaba con preocupación, crear un mundo sin muros, sino más bien crear mil fortalezas insignificantes». Es decir, esas pequeñas vecindades se cerrarán y «los miembros se organizarán para defender las políticas y la cultura locales contra los extraños».

Murallas internas

Es cierto que Walzer, al igual que la DSI antes citada, Kant y muchos otros autores, reconoce que las personas en situación de extrema necesidad, los refugiados y otros casos similares generan obligaciones especiales de acogida y asistencia que no pueden reducirse al control migratorio ordinario. Pero más allá de eso, la advertencia del estadounidense puede ponerse en relación con un problema en el que otros, como Zygmunt Bauman, profundizaron: nuestra sociedad construye muros internos cada vez mayores.

En su célebre Tiempos líquidos, Bauman dedica un capítulo a ese nuevo orden en el que vivimos juntos y, al mismo tiempo, separados. Utilizando otra analogía, el polaco habla de ciudades en las que «fosos, torreones y troneras de las murallas» ya no se construyen para protegerse del enemigo externo, «sino para separar y mantener separados a los distintos tipos de ciudadanos».

El discurso simplista en favor de las fronteras abiertas olvida una paradoja incómoda: los muros que desaparecen en los límites del Estado pueden reaparecer entre vecinos.

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