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Crítica de álbumMario de las Heras

A Karol G no le gusta el hombre blandengue

La cantante colombiana presenta su nuevo disco, No me arrepiento de sentir tanto, una basta chuchería edulcorada de desamor y laboratorio social

Karol G en los American Music Awards el pasado mayoGTRES

Aparece como un amanecer musical Te llevas to, pero es solo un espejismo. Karol enseguida se muestra despechada, reivindicatica, autocomplaciente, adjetivos demasiado elevados para la altura de una composición de orquesta de verano, pero con mala educación (con «Eres un puto cabrón», culmina el primer tema), con todos los respetos para las orquestas de verano, que no son artistas internacionales que llenan estadios durante meses.

Hulka y Hulk

Karol G tiene que ser (es) la versión femenina de Bad Bunny. Como Hulka y Hulk. Muchas penas amorosas, otra vez, en Maybe, la cosa es hablar o mascullar, más bien, sobre relaciones rotas. Lo peor, por el momento, llega cuando Karol G anuncia que renuncia al amor, la cumbre del desamor. No puede encontrar el amor Karol G, que llora todo el tiempo:

«Ay dios mío, qué melancolía, no me hubiera vuelto a enamorar si me hubieran dicho que también dolía», empieza a recitar de repente (frase dantesca, pero de Leonardo Dantés) entre movidos ritmos de laboratorio, nada instrumental, solo químico, en otra cumbre, la del alipori.

Bad Bunny es el machote que reúne mujeres escogidas por su físico en su casita, al que el amor le importa lo mismo que vocalizar algo inteligible, y Karol G (mismo productor) es la versión femenina de este constructo social con el reguetón como base, que se lamenta por el comportamiento insensible de sus distintos machotes insensibles, en los que parece caer en una sucesión sin solución.

No es posible hacer una crítica musical sobre lo que no es música, sino en todo caso ritmos idénticos de fácil asimilación con una clara intención social, donde se percibe mascullar con autotune a la protagonista letras de tres al cuarto, que es una expresión antigua que usaban mucho las abuelas de otra época, quienes se hubieran sacado la zapatilla en esta.

Karol y El Fary

Se tienen esperanzas con Ahí, a ver si hay alguna oportunidad para este amor barato, publicitario, vulgar, masificado y plastificado de propaganda, pero no. Es más, ahora se añade una suerte de Pimpinela del XXI con el ritmo atávico dulzón en el que el público queda atrapado igual que las moscas.

La cosa continúa por los mismos derroteros. Una lástima, una desgracia la de Karol G. Pobre, cuánto sufrimiento expresado con la calidad artística y el lirismo del sonido de una radial rosa. Cualquiera diría que el hombre o los hombres por los que se duele la desgraciada Karol son la antítesis del hombre blandengue de El Fary. Es decir, el mismo El Fary.

El Fary (ojalá cantara El Fary) es el hombre del disco de Karol G o esa es la impresión. Un Fary tocado con una gorra torcida, cadenas, pantalones anchos y tatuajes. Se escribe mientras se escucha, pero sobre lo que se escribe ya no tiene sentido porque ¿qué se escucha? Matadora viene para destruir la tarta cursi y ponerlo todo perdido de chabacanería: «Tengo el culo gordo, fatty/Me dice que me ponga fácil/ pero yo no soy una puta, casi/y se puso asqueroso, nasty/ y tengo el culo gordo, fatty...».

Poesía de la «güena» para mujeres despechadas que luego son las mismas que van a la casita de El Fary del XXI, Bad Bunny, a perrear con él, que viene a ser sinónimo de restregarse, el eufemismo que esconde el gesto que un padre y una madre, no hace falta que sean rancios conservadores, no querrían que hiciese su hija. Pero el personaje Karol G potencia esa actitud de feminismo victimista que luego se restriega como signo de delirante afirmación femenina.

Así está la cosa y encima el disco, o lo que sea, es larguísimo como para anestesiarte. Porque anestesia. Se deben de perder neuronas, no se descarta que sea esta la intención, escuchando esta quincalla de factura flúor con la que apunta a volver a llenar los estadios del mundo con el soniquete de una ingeniería social a la que llaman música.