El filósofo, ensayista y novelista francés Pascal Bruckner
El Debate de las Ideas
Pascal Bruckner y el culto de la víctima
Tal vez por ser uno de los signos más palpables de nuestra condición corpórea y limitada, el sufrimiento —sus causas, su sentido, la manera de mitigarlo o incluso la posibilidad de hacerlo desaparecer— figura entre las preocupaciones fundamentales de cualquier civilización. En los pueblos de raíces cristianas, además, adquiere una relevancia única y una cristalización original por razones teológicas: el sufrimiento no es tanto la frontera que separa los dioses de los hombres —como sucede en otras religiones— cuanto la principal manifestación de un amor divino que se expresa a través de la pasión y muerte de Cristo. Dios ya no es solo el creador, sino también la víctima inocente que redime nuestros pecados.
Si aceptamos que muchas de nuestras categorías antropológicas actuales son el resultado de la secularización de conceptos cristianos, se podría aventurar una contraposición entre la Modernidad y la Postmodernidad a través de dos posibles vías de deificación del hombre: una primera consistente en su equiparación con un demiurgo creador, capaz de edificar el Paraíso en la tierra, y una segunda fundada en su identificación con un dios vulnerable, con una víctima inocente cuya mera existencia denuncia las tropelías de todos los grupos opresores. Hoy, relegados los sueños de la razón a las oligarquías tecnológicas, vivimos la época de las víctimas sagradas.
Sobre el significado de la víctima en nuestros días, justamente, trata Sufro, luego existo. La víctima como héroe, el reciente ensayo de Pascal Bruckner (París, 1948), lúcido delator de las contradicciones del siglo. Pese al tema y a lo que sugiere el título, lo que se nos ofrece no es un ensayo unitario en el que se desarrolle de principio a fin una tesis. Se trata, más bien, de una serie de aproximaciones, divididas en tres grandes bloques, al tema de la víctima, con excursos y algún leitmotiv que resuena en distintos momentos. El formato —esto es innegable— resta profundidad al ensayo, pero lo que pierde en hondura lo gana en agilidad; una agilidad, por lo demás, que va de la mano de un estilo, en ocasiones, cercano a la sucesión de aforismos o al aforismo glosado. Si a la tentación efectista propia del aforismo le sumamos el tono polémico que incendia sus mejores páginas, lo que tenemos es que Bruckner no cumple siempre lo que promete y se queda, en ocasiones, en la frase ingeniosa, más sofística que filosófica.
Comoquiera que sea y hecha esta presentación, creo que el libro es valioso, sobre todo, como estímulo y punto de partida para discutir uno de los temas de nuestro tiempo. Así, de las varias ideas que atraviesan el ensayo, podría comenzarse glosando el propio título: el reemplazo del «pensar» por el «sufrir» en la psicología occidental contemporánea. Tal tesis es, en gran medida, un lugar común entre quienes analizan el presente desde una óptica ilustrada: el mal de nuestra época posmoderna es el triunfo de los sentimientos por encima de la razón. La ideología «queer», la deconstrucción o el post/decolonialismo no son sino la expresión de una voluntad trufada de sensiblería caprichosa.
A pesar de que a cierta escala esto pueda resultar convincente, creo que es oportuno apuntar varias cosas. En primer lugar, que esa idea que denominamos «razón» no es unívoca y se puede entender de muchas maneras. La razón de Descartes y de los idealismos posteriores (el ego cogitans, divorciado de la carne y la materia, principio de toda realidad) es el germen, sin ir más lejos, del fundamento filosófico de la ideología de género: el «yo» soberano que, por emplear la expresión de Higinio Marín, no solo se rebela contra la tradición, sino contra todo antecedente condicionante, incluyendo la corporeidad biológica. Asimismo, la vocación destructora que todas estas ideologías manifiestan hacia las instituciones antropológicas tradicionales —pienso, sobre todo, en la familia— solo se explica desde un racionalismo exacerbado que no acepta las realidades que no se han fundado según su restrictiva idea de razón. Dicho de otro modo: muchas de las ideologías actuales no es que sean irracionales, sino que han querido interpretar desde un racionalismo abstracto, más allá del sentido común, toda la experiencia humana, con su pluralidad, misterio e historia.
En relación con esto, una de las líneas principales del libro —y la segunda parte del título— es que la víctima es esa contrapartida del héroe que ha terminado por imponerse en el siglo actual, tras el importante cambio en los valores que ha tenido lugar en las últimas décadas. Esta tesis, que en la formulación de Bruckner presenta en algunos momentos aires nietzscheanos, no es novedosa: él mismo la había abordado en obras anteriores —en La tiranía de la penitencia— y autores como Alain de Benoist, por citar un ejemplo, también la plantean. Algunas de las explicaciones que proporciona, en cambio, sí que merecen ser discutidas. A su juicio, son tres las razones que explican esta mutación antropológica: 1. «La búsqueda frenética de la felicidad se convierte en obsesión frenética por la desgracia». 2. «El sufrimiento anexiona a su imperio territorios cada vez más extensos, incluyendo aquellos que no entraban en su jurisdicción». 3. «La promesa democrática, siempre frustrada, exacerba la insatisfacción e instala la queja en el centro del psiquismo contemporáneo».
De estos tres puntos, el primero es el más contraintuitivo y el que requeriría más argumentos para sostenerse: ¿de qué manera la pulsión consumista y el hedonismo reinante se convierten en un deseo de coleccionar agravios y desgracias? Quizá la idea de Bruckner podría interpretarse del siguiente modo: la adquisición de ciertas etiquetas que permiten presentarte socialmente como víctima —el «consumo de desgracias»— es algo que otorga un enorme prestigio en algunos ambientes, especialmente del mundo de la intelectualidad y la cultura. Lo que se busca, en otras palabras, no son desgracias a secas, sino desgracias útiles para construirse una identidad social como «víctima» merecedora de crédito y hasta de veneración. Sea como fuere, este planteamiento puede resultar útil para explicar por qué se extiende como la pólvora el deseo de acumular agravios, pero no nos permite entender de dónde surge inicialmente ese prestigio de las víctimas.
El segundo punto tiene, sin duda, su parte de verdad, pero requeriría en sí mismo una explicación: hay algo de cierto en que la sensibilidad contemporánea se ha enriquecido con nuevos valores, es decir, el ser humano de hoy sabe estimar —por citar los ejemplos más evidentes— ciertas facetas de la feminidad o de la infancia tradicionalmente ignoradas. Sin duda, esta sensibilidad que aprecia de una manera nueva el cuidado, la delicadeza o la fragilidad encierra, al menos de manera potencial, el peligro de convertirse en un vicio que rechaza cualquier tipo de fortaleza y encumbra el sufrimiento. En lo que convendría profundizar aquí es, por tanto, en los orígenes de esa sensibilidad y en las razones por las que ha podido excederse.
La tercera es la paradoja del igualitarismo: a mayor igualdad lograda, mayor conciencia de toda la que queda por lograr (y también la frustración que genera la intuición, consciente o inconsciente, de que ese objetivo es imposible). Esta tesis, por lo demás, la conecta Bruckner, con lucidez pero sin entrar demasiado al trapo, con otra reflexión interesante: a partir de mayo del 68, se exacerba en las sociedades desarrolladas el campo de los deseos individuales que se consideran legítimos y dignos de ser garantizados políticamente. Semejante cambio —esto también lo sugiere el ensayista francés— se agrava con la inmediatez del mundo digital. Tenemos, de este modo, un cóctel peligroso formado por el malestar que provoca la imposibilidad de alcanzar esa igualdad absoluta, la aceptación social de que cada vez más anhelos son susceptibles de ser garantizados como derechos y la frustración al constatar que esto no se logra con los ritmos frenéticos del régimen tecnológico en que vivimos.
En general, a estas líneas que propone Bruckner habría que añadir, por lo menos, la sugestiva tesis de R. R. Reno, complemento perfecto para su interpretación: a raíz de los desastres de las Grandes Guerras, se impone en todo el pensamiento europeo y norteamericano —tanto en la izquierda cultural como en la derecha libertaria— la consideración de que los males de Occidente son el resultado de haber asumido grandes ideas totalizadoras —los dioses fuertes, dice Reno—, por lo que la solución pasa por adoptar una visión del mundo fragmentaria, débil y desencantada, en la que no caben los mitos ni por supuesto los héroes de los que habla Bruckner.
Por último, otro aspecto al que cabría hacer mención, porque recorre parte del libro, es a la dimensión colectiva del fenómeno de la víctima. Si semejante condición otorga algún tipo de beneficio, resulta inevitable la creación de lobbies que se conviertan en agentes políticos capaces de condicionar las reglas del juego. Así, para lograr esa teórica igualdad futura es necesario pasar por un complejo proceso de reparación que supone desigualdades legislativas y que funciona, de algún modo, como esa dictadura del proletariado que antecede a la sociedad sin clases comunista. En relación con esto, Bruckner se fija en cómo estos grupos interpretan el Holocausto: casi como un «privilegio» que enmascara los holocaustos verdaderamente importantes como el colonialismo o el «ginocidio» histórico de las mujeres que se denuncia desde los púlpitos morados en casi todas las naciones occidentales.
Hay, en las páginas finales del ensayo, una necesaria llamada a la responsabilidad individual y grupal: cualquiera, por grande que sea su dolor, tiene el deber moral de rendir cuentas de sus actos. Ni el mayor sufrimiento exime de obrar rectamente. El optimismo, sin embargo, resulta complicado, y además la superación del paradigma de la víctima encierra un peligro potencial: la conversión de nuestras sociedades no tanto en admiradoras de los héroes cuanto en cómplices de la fuerza bruta de los tiranos. Entre el culto al dolor y el culto al poder se sitúa el punto más sutil y luminoso de nuestra naturaleza.