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La Piedad de Miguel Ángel

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El Debate de las Ideas

Aquella luna era de verdad

Durante siglos, las imágenes bellas y sorprendentes despertaron en nosotros una pregunta: «¿Cómo habrá logrado hacerlo?». Hoy, sin embargo, despiertan otra muy distinta: «¿Será de verdad?»

Hace unos meses recibí por Whatsapp una fotografía espectacular. En el centro del plano se alzaba la cruz del Valle de los Caídos; detrás, una luna llena, inmensa y resplandeciente.

Mi mirada, entrenada ya en la sospecha, dictó sentencia con rapidez. «Otra más», pensé.

Solo después leí el mensaje que acompañaba a la fotografía. La había realizado Ildefonso Gómez. Llevaba un tiempo estudiando la posición de la luna, calculando la luz, buscando el lugar preciso, esperando que el clima fuera favorable. Había invertido paciencia, conocimiento, desplazamientos, intentos fallidos y una larga fidelidad a una imagen que todavía no existía.

Entonces me asusté. Porque mi mente había falsificado mi disposición ante aquella imagen. La saturación de fotografías fruto de la inteligencia artificial había conseguido algo muy grave: que yo fuera incapaz de reconocer inmediatamente una obra verdadera. La tecnología había cambiado mi disposición ante una imagen, había alterado mi mirada. En apenas dos segundos, había convertido una hazaña paciente y humana en una imagen desechable.

La anécdota puede parecer menor. No lo es. Pues me hizo ser consciente de que en ella se condensa uno de los importantes cambios culturales de nuestro tiempo. Estamos comenzando a desconfiar de la belleza precisamente porque creemos que la belleza se ha vuelto técnicamente reproducible.

Durante siglos, las imágenes bellas y sorprendentes despertaron en nosotros una pregunta: «¿Cómo habrá logrado hacerlo?». Hoy, sin embargo, despiertan otra muy distinta: «¿Será de verdad?».

El cambio no es para nada superfluo o irrelevante. Pues la primera pregunta presupone un autor, una historia, un esfuerzo y una realidad que ha sido aguardada, contemplada o descubierta. La segunda sospecha que detrás de la imagen no hay nadie, o al menos que no hay nadie en el sentido pleno de la palabra.

La imagen sintética puede imitar el resultado, pero no contiene la biografía e historia humana del gesto. A veces, no conoce ni siquiera la paciencia porque no experimenta el tiempo; tampoco sabe mucho del asombro porque no existe para ella una diferencia entre lo ordinario y lo extraordinario.

Una inteligencia artificial no ha regresado a casa sin fotografía. No ha esperado a que saliera la luna. No ha sentido el fracaso de una nube que aparece en el instante decisivo.Una inteligencia artificial puede representar una luna gigantesca detrás de una cruz, pero no puede mirar la luna.

Esta diferencia, que parecería evidente, corre el riesgo de desaparecer de nuestro imaginario. Y con ella podría desdibujarse la convicción de que las obras humanas no son únicamente productos, sino huellas de una presencia que respiró allí. Cuando contemplamos una fotografía verdadera, no vemos solo aquello que aparece dentro del encuadre. Vemos también –aunque sea invisiblemente– al ser humano que estuvo allí y supo mirar en ese instante..

El asombro no es una simple reacción emocional sino una forma de conocimiento. Antes de explicar una cosa, debemos haber permitido que esa cosa comparezca ante nosotros. Antes de clasificarla, consumirla o descartarla, necesitamos concederle la oportunidad de sorprendernos.

La filósofa Helen De Cruz habla de un «sentido de primeridad» (sense of firstness) o esa capacidad de contemplar lo conocido como si apareciera por primera vez. Debemos custodiar esa mirada inaugural, ayudándonos a ver lo familiar con ojos nuevos.

Pero nuestra cultura digital produce con frecuencia el movimiento contrario. No convierte lo familiar en extraordinario, sino lo extraordinario en familiar. Nos muestra tantas puestas de sol bellas, tantos rostros perfectos, tantos paisajes imposibles, tantos animales fantásticos y tantas ciudades soñadas que termina erosionando nuestra capacidad de digerirlo y nos empacha e insensibiliza por repetición.

La abundancia visual no amplía necesariamente nuestra mirada. Más bien, como me pasó a mí, puede anestesiarla.

Cuando cada día contemplamos decenas de imágenes sublimes, lo sublime deja de estremecernos. Si podemos solicitar a una aplicación «una abadía románica sobre un acantilado durante una tormenta, iluminada por una luna roja» y obtenerla en segundos, el problema no es solo que la imagen sea falsa. Lo más preocupante es que la próxima vez que contemplemos una abadía auténtica, un acantilado auténtico o una tormenta verdadera quizá nos parezcan insuficientes.

La realidad puede acabar decepcionándonos por no parecerse a su simulación o ilusión. Porque además se pierde un punto muy importante, el de habitar la realidad y con ello cargar la imagen o espacio de significado. No existe un paisaje que no se mira, pues no se habita.

La inflación devalúa aquello que multiplica. Es decir, cuando todo acontecimiento se califica de «histórico», ya nada lo es. De la misma manera las imágenes excepcionales si se producen de manera ilimitada e inhabitada, su capacidad de conmovernos disminuye. Siempre queremos más y más.

La inteligencia artificial generativa introduce una inflación de lo bello. No estamos preparados para recibir semejante caudal de imágenes imposibles sin consecuencias.

El imaginario humano se ha formado siempre a través de relatos, símbolos e imágenes. Es el espacio interior mediante el cual reconocemos el mundo, anticipamos lo posible y otorgamos significado a nuestra experiencia. Allí habitan la casa de nuestra infancia, el rostro de los padres, los paisajes de la patria, las imágenes de la fe, los personajes de los cuentos y las escenas que nos enseñaron qué era el valor, la traición, la misericordia o la belleza.

Si ese territorio queda inundado por imágenes sin gesto ni historia verdaderos, podemos sufrir una forma de desarraigo simbólico. Ya no sabremos qué procede de la experiencia, qué hemos imaginado nosotros, qué ocurrió realmente y qué fue producido para captar nuestra atención.

La cuestión no es saber si algo es verdadero o falso, sino también afectiva. Creo que el peligro no consiste sólo en que las máquinas posean imaginación, pues propiamente no la poseen. El daño real es que terminen colonizando plenamente la nuestra.

No hay cosa más bonita que contemplar la realidad como creación, es decir, como algo recibido. Es don, signo y llamada. «Los cielos proclaman la gloria de Dios», dice el salmo. Las cosas no se agotan en su utilidad, pues remiten a un origen y pueden convertirse en lugar de encuentro. El mundo no es un decorado neutro ni una materia prima ilimitadamente disponible.

Si seguimos pensando en la foto. La luna real no es únicamente un astro o un satélite. Es también la luna que contempló Abraham, la que ordenó los calendarios de los pueblos, la que inspiró a los poetas, la que acompañó a quienes viajaron de noche, la que iluminó Getsemaní. La cruz de piedra del Valle no es simplemente una forma geométrica. Es historia, realidad, signo del sufrimiento y de la redención, escándalo y esperanza, instrumento de muerte transformado en signo de vida.

Aquella fotografía me recordó que no basta con que algo esté delante de nosotros; es necesario estar nosotros delante de ello. Aquella foto no era solo una composición visual acertada. Era mucho más.

Atender es inclinarse voluntariamente hacia algo, hacerle sitio, suspender por un momento el ruido interior. No es una recepción pasiva, sino un acto.

La inteligencia artificial se inserta en una cultura que ya había mercantilizado de manera previa nuestra atención. No inventa por sí sola la prisa, la superficialidad ni la distracción, pero puede intensificarlas hasta extremos desconocidos. Al ofrecernos respuestas sin espera, alimenta la fantasía de que toda mediación es un obstáculo y todo proceso constituye una pérdida de tiempo.

Pero no olvidemos que hay verdades que solo se revelan durante el proceso, las cuales no pueden separarse del esfuerzo de adquirirlas. Hay imágenes cuyo sentido está precisamente en haberlas esperado.

El papa León XIV ha advertido en su encíclica Magnifica humanitas que, en la era de la inteligencia artificial, existe un deber urgente de «permanecer profundamente humanos». La expresión señala con clara precisión el verdadero desafío. Se trata de evitar que nosotros mismos renunciemos a aquello que ninguna máquina puede realizar por nosotros.

Permanecer humanos significa no abdicar de la conciencia, de la responsabilidad y del juicio. Significa aceptar el límite y no confundir la perfección técnica con la plenitud.

En la cultura del desplazamiento infinito de la pantalla, domina la curiosidad. Así es como una imagen conduce a otra, un vídeo reclama el siguiente, una noticia desplaza a la anterior. Todo está diseñado para ser abandonado.

Parémonos a ver la diferencia entre curiosidad y la admiración. La curiosidad puede ser fugaz, acumulativa y voraz; siempre desea saber qué viene después. La admiración, en cambio, permanece. Busca habitar durante un tiempo ante el misterio. Suspende la sucesión. Nos permite afirmar, esto merece ser mirado.

Necesitamos aprender de nuevo que la belleza no es solamente una combinación lograda de formas. La foto de la cruz del Valle de los Caídos me recordó que la belleza incluye una relación con la verdad. Así es como la fotografía puede ser técnicamente imperfecta y, sin embargo, contener una presencia que ninguna composición impecable puede reemplazar.

La imagen del Valle de los Caídos valía no solo por lo que mostraba, sino porque alguien había estado allí y había subordinado su tiempo a la realidad, en lugar de ordenar a la realidad que obedeciera inmediatamente a su deseo.

La técnica pertenece también a la creatividad humana y puede ponerse al servicio del bien. Pero debe permanecer dentro de un orden moral y antropológico que preserve la primacía de la persona.

Santo Tomás de Aquino, siguiendo a san Agustín, habló de la paz como tranquillitas ordinis, tranquilidad del orden. Para prestar verdadera atención, las potencias del alma deben estar ordenadas. Cuando los deseos, los estímulos y las pasiones se amotinan, el entendimiento pierde su capacidad de demorarse ante lo real.

La educación de la mirada exige, por tanto, una cierta ascesis. Es preciso educar el deseo. Aprender a soportar el silencio, la lentitud y la imperfección. También será necesario reconstruir una ética de la imagen. Pero, por encima de las normas, necesitamos una educación del asombro.

Educar en el asombro significa enseñar que la realidad no necesita ser espectacular para ser digna de atención. La creación no compite con la inteligencia artificial. No necesita superarla en brillantez, definición o fantasía. Su grandeza consiste en que existe.

Desde aquel Whatsapp he pensado varias veces en la fotografía. No solo en la cruz ni en la luna, sino en los dos segundos durante los cuales estuve a punto de no verlas.

El peligro más llamativo de la inteligencia artificial es que nos lleve a considerar falso –o insignificante– aquello que todavía es verdadero.

Podemos técnicamente inventar infinitas imágenes de falsas lunas. Pero solo el ser humano puede esperar a que salga la verdadera y ante ella conmoverse.

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