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Cubierta de 'Esperando a Godot'

Cubierta de 'Esperando a Godot'Austral

Tan absurdo como esperar a Godot

La paradigmática espera de Samuel Beckett parece no tener fin

Se trata de una de las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial. Sí, aunque no quede explicitado en las listas que recogen los libros de historia, el teatro del absurdo discurre paralelo a otro de los hijos de este conflicto: el existencialismo. Uno y otro son fruto de un mismo proceso de decepcionante sinsentido. Mientras que los existencialistas se apalancaron en la angustia y la rondaron con preguntas, reflexiones y discursos; muchos dramaturgos de los años 50 y 60 del pasado siglo, prefirieron huir de ella tomando el absurdo como vía de escape. Samuel Beckett (1906-1989) fue uno de estos fugitivos.

Cubierta de 'Esperando a Godot'

Austral (2015). 128 páginas

Esperando a Godot

Samuel Beckett

Hijo de Dublín, ciudadano en París, alistado en la Resistencia Francesa, testigo de la Segunda Guerra Mundial. Estos apellidos perfilan la vida de uno de los autores del siglo XX, cuya obra fue reconocida con el Premio Nobel de Literatura en 1969.

Aunque ya contaba con una lista de relatos y novelas, su verdadera fama –la que se extiende hasta hoy– se la granjeó gracias a su primera exploración en el género dramático. Esperando a Godot, escrita en francés y publicada en 1952, fue sin duda, su hijo más fiel. Es ante todo por esta pieza (aunque le siguieron otras obras dramáticas después), por las que Beckett es uno de los nombres que dan rostro al teatro del absurdo que alboreaba a mediados del siglo XX.

El que fue secretario de James Joyce nos hace esperar. Sus dos actos parecen un despropósito, en el más puro sentido del término, pues carecen de objetivo alguno y, con todo, no han dejado de representarse desde entonces. Una pareja espera a Godot. Fin del argumento. Basta una línea para resumir la no-acción de esta pieza que se acerca más a una sucesión bastante inconexa de ansiedades, ideas espontáneas, imperativos y preguntas.

Múltiples y diversos temas configuran el cúmulo de elementos que alimentan los diálogos. La espera, como eje, es el hilo dramático del que penden además el desgaste del tiempo, el sinsentido, la muerte, la pérdida de lo esencial, Dios, el dolor… Temas debatidos por personajes igualmente variopintos, incompletos y frágiles, a los que caracteriza un objeto con tanta o más importancia que ellos mismos. El gusto por las parejas y el juego de contrastes es característico del teatro del absurdo. Así lo manifiestan Estragon y Vladimir, Pozzo y Lucky, y el muchacho; todos ellos faltos de creatividad y libertad, casi mecanizados.

No saben por qué están donde están, la frialdad del espacio tampoco les ayuda a recordarlo. De cuando en cuando, manifiestan la iniciativa de marchar de allí, pero todo queda así: en mera iniciativa. «Vayámonos» «No podemos» Y después, el monótono porqué: «Esperamos a Godot».

Un humor que golpea con dureza y que, más que repeler, invita a indagar y nos pone a reflexionar. Así, llegamos a la conclusión de que, más que comedia, se trata de la nueva tragedia del hombre contemporáneo. Una repetición cíclica de absurdos que bajo apariencia de dinamismo esconde un estatismo insoportable.

El dramaturgo irlandés parece buscar la depuración de todo aquello que pueda distraer de lo esencial, de la espera, de las preguntas. El minimalismo no es un capricho, está perfectamente justificado. La austeridad escénica concede gran valor a los gestos, de ahí que, en muchos momentos, casi a cada término le acompaña una acotación que indica la interpretación gestual, la entonación o la expresión que ha de matizarlo. Todo en aras de dotar de una enorme fuerza a la palabra. Los clichés, las paradojas, los juegos de expresiones, la mezcla de registros, son los ingredientes de la incomunicación de los diálogos.

Final abierto, pero elocuentemente abierto. Una apertura que, desde su estreno, ha hecho germinar diversas interpretaciones. Ante todo, estudiosos y espectadores han querido responder a la pregunta ¿quién es Godot? Una pregunta que sigue palpitando en los escenarios, en los que aún acumula éxitos mientras nos sitúa frente al cuadro de la espera sin esperanza, aquella de la acción carente de movimiento alguno. Es una pausa elocuente que todavía exhorta a repensar hacia dónde nos movemos, por qué lo hacemos y qué esperamos.

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