Fundado en 1910
Generación del 98

Generación del 98Enciclopedia humanidades

El Debate de las Ideas

Ceuta y el 98

Recuérdese a Baroja cuando, en su conferencia en la Sorbona, decía: «Frente a la inmoralidad, la chabacanería y la ramplonería de los políticos, no había nada organizado en la España de la Regencia. Nuestro republicanismo no era más que un amaneramiento, una retórica vieja y estéril; el socialismo odiaba a los intelectuales y a la inteligencia; el anarquismo se manifestaba místico, vago y utópico, y los dos separatismos que aparecieron en aquella época, el catalán y el vasco, por su egoísmo y su mezquindad, solo atraían a gente un poco baja. Un hombre un poco digno no podía ser en este tiempo más que un solitario».

Qué situación tan parecida a la que se enfrentaban Baroja, Unamuno, Ganivet, Azorín, Valle-Inclán, Antonio y Manuel Machado, Maeztu o Benavente.

Casi rozando el centenario de la Generación del 27, nos vemos inmersos en los problemas de la Generación del 98: tan lejos y tan cerca.

Lo digo porque hace ya un tiempo presenté en Madrid un libro de ensayos sobre los recientes conflictos armados y el controvertido panorama internacional (Ética, política y conflicto. De la paz perpetua a la era de la incertidumbre, Valencia, 2025), junto con otro de los autores, mi amigo y catedrático de la Universidad de Murcia, Jerónimo Molina Cano. En aquella ocasión, ante un público escaso, selecto y amigable, nuestro anfitrión, Elio Gallego, director del Centro de Estudios para la Formación Social (CEFAS), nos hacía preguntas como estas:

—¿Qué ocurriría si España perdiese Ceuta y Melilla? ¿Creéis que un acontecimiento así suscitaría una respuesta parecida a la de la crisis del 98? ¿Podríamos los españoles de hoy despertar a la lucidez?

Azorín decía de su tiempo: «Nos sentíamos atraídos por el misterio. La vaga melancolía que impregnaba esta generación confluía con la tristeza que emanaba de los sepulcros. Sentíamos el destino infortunado de España, derrotada y maltrecha, más allá de los mares, y nos prometíamos exaltarla a una nueva vida. De la consideración de la muerte sacábamos fuerzas para la venidera vida. Todo se enlazaba lógicamente en nosotros: el arte, la muerte, la vida y el amor a la tierra patria».

En estos últimos años me he encontrado con dos o tres generaciones de autores (articulistas, pensadores, académicos, poetas y escritores). Generaciones que comienzan con la mía, los nacidos en torno a 1968, los que cruzamos la línea de sombra con la Transición y la Movida, los que adquirimos conciencia académica y política con la Caída del Muro y loábamos el fin de las ideologías escupiendo sobre la tumba del socialismo real. Esos desengañados y nuevamente engañados por las metamorfosis del progresismo. Esos amenazados por el wokismo, carroña del cadáver del dios menor de la izquierda. Esos excluidos del aburrimiento dominante de la cultura progre hegemónica que lleva más de cuarenta años dominando el mercado español.

Somos ya un número considerable de personas con quienes comparto inquietudes comunes, hartos de «políticos discurseadores y venales, periodistas vacíos y palabreros», de «toda una época de trivialidad y chabacanería en la historia de España», lanzados ahora a un «feroz análisis de todo», tal y como Azorín describió en su tiempo. Es mucho lo que nos une entre nosotros y, a su vez, con el 98.

Pero Ceuta marca hoy un hito fundamental, porque Ceuta es España y ha sufrido una ocupación aún no resuelta, un ultraje sin precedentes a su territorio y a sus habitantes, compatriotas nuestros. La decadencia y los niveles de corrupción, la mentira constante y sostenida, la arrogancia de un gobierno de políticos mediocres que pisotean nuestra identidad, la desarticulación que impide una sociedad civil fuerte y bien tramada, la indefensión del español medio, del ciudadano de a pie, la opacidad cínica y descarada de una dictadura de minorías antiespañolas y el autoritarismo al que nos somete un conglomerado de gobierno del que podemos decir, con meridiana claridad, que es abiertamente nuestro enemigo.

La crisis de Ceuta es un anticipo, si no se remedia, de más ataques híbridos para alcanzar una ocupación real, bajo la inacción de este gobierno fallido, que es, además, cooperante de la misma. Junto con la decepcionante reacción de Europa, nos muestra las miserias y lacras de nuestra sociedad.

¿Cómo no preocuparnos sin más dilación por España y redescubrir la esencia de lo español? ¿Cómo no reivindicar el arraigo, las angustias y esperanzas individuales y colectivas, la inquietud por el futuro de nuestros hijos y familias, la solidaridad intergeneracional con los nuestros y un compromiso crítico con la realidad española?

Una vuelta a lo sobrio, a lo directo, a lo sencillo; una profunda insatisfacción ante esta sociedad consumista y banal; una queja ante el confort superficial; un análisis sobre la identidad de España, su religión —el catolicismo— y sus tradiciones; sobre la muerte y el destino. Repensar la filosofía existencial; buscar la verdad en tiempos de engaño descarado y posverdad. Una regeneración del país en tiempos de corrupción endémica y ausencia de ejemplaridad; una crítica social mordaz.

Es fácil ver las coincidencias entre nosotros y ellos. No voy a poner nombres, pero muchos ya nos conocemos; nos hemos ido encontrando a base de leernos en nuevos medios, nuevas publicaciones, redes sociales y otros recursos de comunicación. Desde este artículo, hago un llamamiento a todos para que no olvidemos Ceuta, ni hoy ni mañana, cuando regresemos de las vacaciones y afrontemos el nuevo curso. Si nos duele España, si nos duele Ceuta, no lo olvidemos ni en septiembre, ni en octubre, ni más allá.

Ceuta no puede ser un episodio más, sino la tumba de un momento histórico corrupto y derrotado.

Si compartimos una actitud común frente al «problema de España», ya no podemos descansar hasta lograr un cambio y una regeneración.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas