El gran dogma de la conciliación entre el trabajo y la familia
El Debate de las Ideas
El gran dogma de la conciliación entre el trabajo y la familia
Nunca ha habido tanto consenso a la hora de abordar la cuestión demográfica como elemento esencial de la estrategia nacional, pero cuanto más se extiende en el tiempo el debate entre la opinión pública sobre el invierno demográfico, menos respuestas satisfactorias y solventes encontramos para abordar el descenso de la natalidad en los países occidentales. El hecho de que haya más ruido y opiniones dispares, a menudo desinformadas, pueden crear la ilusión de que estamos profundizando en el debate cuando, en realidad, seguimos dando vueltas como un hámster en su pequeña rueda cerrada.
La presente reflexión no versa sobre propuestas de políticas públicas en materia de familia ni sobre la eficacia de las políticas natalistas. Se centra más bien en cómo el debate ha sido acaparado por un paradigma individualista e igualitario que da prioridad exclusivamente a la autonomía de las mujeres. La falta de propuestas alternativas y disruptivas, cuando hay tantos académicos y responsables políticos a nivel mundial que reflexionan sobre el envejecimiento demográfico, es un claro indicio de que existe un bloqueo de orden moral o antropológico que limita la creatividad y el valor en el debate político.
Cabe señalar que el envejecimiento y la caída de la natalidad han situado a la familia en el centro del debate y nos llevan a considerarla como uno de los grandes campos de conflicto. Sin embargo, todos los partidos, a pesar de sus aparentes diferencias, siguen atrapados en el mismo paradigma de la denominada conciliación entre el trabajo y la familia. Propongo llamarlo el gran dogma de las políticas familiares.
De izquierda a derecha, la diversidad de soluciones es ilusoria. Las opiniones divergen, tal vez, en detalles insignificantes en cuanto a los instrumentos; por ejemplo, si necesitamos más guarderías, si los permisos parentales deben ser más largos y más equitativos, cuál debe ser el nivel de flexibilidad laboral o cuáles son los incentivos fiscales adecuados, pero casi nadie se atreve a cuestionar el paradigma subyacente. La pregunta nunca es —y esta es la auténtica pregunta— si la sociedad debe reorganizar su jerarquía de valores en función de la familia; se trata únicamente de cómo proteger la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres, dicho de otro modo, cómo proteger la emancipación femenina y su carrera profesional.
La realidad es que nos enfrentamos a auténtico dogma, pues los estudiosos más prestigiosos que analizan las dificultades de las políticas familiares siempre se quedan atascados en este callejón sin salida (Lewis 2001; Esping-Andersen 2009; Fraser 2016; Gornick y Meyers 2003). Considero que se trata de un callejón sin salida porque, además de que la llamada conciliación no se traduce en una mayor fecundidad, el propio esquema de conciliación es una trampa que lleva a la sociedad a creer en resultados inalcanzables y a negar las dificultades de la vida real. Permítanme mostrar las razones por las que las narrativas sobre la conciliación entre el trabajo y la familia son una trampa peligrosa e insostenible.
Las trampas de la conciliación
1. Su neutralidad es ilusoria
Resulta importante comprender que el discurso de la conciliación se presenta como neutral y tecnocrático, pero dista mucho de serlo. La conciliación no es una política familiar pragmática, sino la expresión institucional de una antropología liberal que limita el horizonte del pensamiento. Es debido a esta sutil restricción del pensamiento por lo que vemos a socialistas, liberales y conservadores, todos de acuerdo en creer que las políticas de conciliación son el único camino posible y deseable para apoyar a la familia.
En primer lugar, la conciliación transmite sutilmente el mensaje de que la mujer puede ser todo lo que desee y que logrará eludir los costes de sus elecciones si toda la sociedad coopera con ese propósito.
En segundo lugar, se trata de un ideal formulado, en gran medida, por élites profesionales que creyeron que era posible vencer al tiempo y domar los límites de la condición humana. Este ideal abstracto se ha impuesto como horizonte de realización a millones de mujeres cuya vida cotidiana se compone de noches de sueño escaso, transporte público, horarios rígidos, comidas que preparar a deshora y un cansancio físico y vital que ninguna política de conciliación logra eliminar.
En tercer lugar, la obstinación por cumplir este ideal utópico pone de manifiesto que la lucha por la conciliación esconde su verdadera finalidad, cuya enunciación es mucho más cruda: la lucha por la autonomía económica absoluta de la mujer, en la que todo parece preferible antes que volver al ámbito del hogar y renunciar a unos ingresos propios generalmente escasos.
2. Impone la feminización de los hombres
El ideal moderno idolatrado por la mayoría es la autonomía individual. La autonomía presupone que ningún adulto dependa estructuralmente de otro y de ahí se deriva un ideal de simetría entre hombre y mujer. Esa simetría hace difícil admitir que uno de los cónyuges pueda asumir un papel más centrado en la provisión y el otro más centrado en el cuidado. La sociedad pone en marcha políticas de conciliación para preservar esa simetría, pues es incapaz de comprender cuál es el motivo por el que las mujeres con una carrera profesional sigan acumulando horas de trabajo doméstico por elección propia.
Se dice por todas partes que los hombres continúan participando poco en las tareas domésticas o que sacrifican menos su carrera en favor de la familia. Al igual que en cualquier «lucha contra la injusticia», hay que identificar a los culpables del retraso en el cumplimiento de los fines de la revolución. En este caso, se considera a los hombres como los responsables del retraso de la «revolución de género». Sin embargo, el objetivo de la igualdad doméstica nunca se alcanzará.
No es muy relevante saber si las motivaciones que subyacen a los comportamientos son más genéticas o más culturales, pero es evidente que, de media, las mujeres tienden a ser más eficaces en tareas de cuidado, comunicación interpersonal, mediación, apoyo emocional, gestión minuciosa del hogar y anticipación de las necesidades cotidianas (Reich-Stiebert, Froehlich y Voltmer 2023); mientras que los hombres resisten mejor los horarios exigentes, las tareas competitivas, de exploración y de alto riesgo (Browne 2002).
La economista Claudia Goldin, galardonada con el Premio Nobel de Economía en 2023, en línea con la interpretación habitual del feminismo, reafirmó que la organización del trabajo es un factor crucial en las decisiones reproductivas porque el mercado laboral penaliza a las mujeres (Goldin 2021). La raíz del problema está en la organización del trabajo y en el reparto desigual de los cuidados dentro de la pareja, nos dice Goldin. ¿Cómo se crean condiciones favorables para la natalidad según la autora? Ajustando el comportamiento del hombre en el hogar y esperando un cambio por parte de las empresas que exigen una disponibilidad casi ilimitada.
Y este es el escollo insalvable que pone de manifiesto el gran dogma de las políticas familiares. Cuando el entorno es desfavorable, exigente y hostil, en lugar de reconocer que la mujer no está adaptada a ciertos ritmos y a ciertas ambiciones, se sugiere que el mercado laboral debe reestructurarse y que los hombres deben ser «domesticados» en casa junto a los hijos. Olvídense si esperan encontrar expertos contemporáneos que se atrevan a reconocer la especialización laboral por género como un orden económicamente eficiente y moralmente superior.
El esquema mental dominante es marxista y, en él, el mercado laboral se consagra como espacio de liberación femenina. No importa nada más. Si la natalidad desciende cuando las mujeres invierten toda su energía en la carrera profesional, la culpa no puede recaer en esa emancipación; la culpa es de los hombres que no se quedan en casa ocupándose del hogar. Todo tiene que estar nivelado, todo tiene que ser paritario, todo tiene que ser igual y aburrido en nuestra época.
3. Conduce al agotamiento de las trabajadoras y deja de lado a las amas de casa
La conciliación promete liberar a las mujeres del conflicto entre el trabajo y la familia, pero acaba generando un nuevo imperativo: ser a la vez una excelente profesional, una excelente madre y una excelente compañera. Se normaliza una vida en la que hay que dedicar horas de la noche y de los fines de semana para compensar la falta de tiempo durante la semana laboral. El resultado no es la liberación, sino un agotamiento diario de la energía de la mujer que soporta todas las exigencias.
Pero no se engañen si creen que solo el feminismo más combativo alimenta esta obsesión moderna de las madres «guerreras» en todos los frentes de «combate». Hoy en día también existe un marketing irresponsable, superficial e incluso peligroso promovido por algunas figuras femeninas de la ala conservadora. Las figuras denominadas de derechas y profamilia se exhiben en actos políticos mientras cuidan de sus bebés, realizan viajes internacionales, pronuncian discursos mientras dan el pecho a sus hijos y venden la idea de que una mujer conservadora puede ser lo que quiera y hacer frente a todas las responsabilidades. Estas representaciones, protagonizadas por mujeres que viven en su torre de marfil, promueven el mismo modelo social insostenible y siembran ilusiones en las mujeres reales.
Paradójicamente, mientras este modelo lleva a muchas mujeres al agotamiento físico y emocional, invisibiliza a aquellas que han tomado una decisión diferente. El ama de casa ha desaparecido prácticamente del imaginario político y del horizonte de las políticas públicas. Ya no se la considera una forma legítima de organización familiar, sino un desperdicio de talento o un signo de dependencia. Pero ¿no será la dedicación del ama de casa el regalo más valioso de cualquier sociedad? Para quienes no logran comprender el valor de ese don y solo entienden el lenguaje racional de los costes y las ventajas, de la pérdida y el beneficio económicos, una vida dedicada a la familia es siempre un desperdicio. Pero el mayor «pecado» de todas las amas de casa es demostrar que es posible vivir una vida plena e integral fuera del mercado laboral.
4. Depende del sacrificio silencioso de muchos abuelos
Hay una consecuencia de la que rara vez se habla. Gran parte de la tan alabada conciliación que han logrado las mujeres emancipadas solo es posible porque se sustenta en una amplia red invisible de cuidados prestados por terceros, sobre todo por los abuelos (Zanasi et alii 2023). Lo que se presenta como una victoria de la autonomía individual suele estar respaldado por el tiempo, la disponibilidad y el trabajo no remunerado de una generación que, en muchos casos, ya ha cumplido décadas de responsabilidades familiares.
Pocos abuelos pueden rechazar esta petición de ayuda. No porque el Estado les obligue, sino porque el amor por los nietos hace que sea moralmente difícil decir «no». Así pues, la «conciliación» no elimina las cargas, solo las desplaza. Delegar los horarios complicados y los cuidados a los abuelos, o a cuidadores ajenos a la familia, no es conciliación de tareas, es precisamente un retroceso materno en ese ámbito.
Por una cuestión de honestidad, las familias que dependen de la disponibilidad de los abuelos para mantener rutinas frenéticas con aparente éxito deben admitir con franqueza que este modelo social solo funciona gracias a esta redistribución de responsabilidades.
5. Va en contra de la propia lógica del mercado laboral
El discurso de la conciliación pone de manifiesto una dificultad actual para aceptar que el amor familiar implica renuncias reales e irreversibles. Se ha convertido en un dogma, ya que impide cuestionar la jerarquía de valores que le dio origen. Así, toda la sociedad se ve presionada para reorganizar el mercado laboral, las políticas públicas e incluso las relaciones familiares con el fin de preservar un ideal de autonomía femenina que ha pasado a ocupar el primer lugar en la jerarquía de valores.
Recordemos que la economista Goldin propone que las empresas se reorganicen para que la productividad no dependa de la disponibilidad casi permanente de los trabajadores (Goldin 2021). Sin embargo, hay trabajos cuya naturaleza exige disponibilidad personal y cuyo valor económico radica precisamente en la continuidad de la relación, en la experiencia acumulada o en la responsabilidad individual difícil de delegar.
La respuesta a la evidente dificultad de compaginar una elevada inversión familiar con dos carreras profesionales de gran intensidad no puede pasar por pisotear la propia lógica del mercado laboral. Ni la familia puede funcionar como una empresa, ni muchas empresas pueden funcionar como una familia. Esperar que las empresas reduzcan su productividad o asuman, por sí solas, los costes de la maternidad es ignorar las presiones y las limitaciones económicas bajo las que operan.
Liberar a la familia del paradigma de la conciliación
Poner de manifiesto las trampas del discurso sobre la conciliación entre trabajo y familia es reconocer que este debate se lo ha apropiado una visión que sitúa el trabajo en la cima de la jerarquía de valores de la sociedad tardomoderna; no nos encontramos ante algo más allá de la modernidad, sino ante el fruto último de su agonía. Según la lógica expuesta, el trabajo se presenta como el espacio privilegiado de la emancipación femenina, mientras que la dedicación prioritaria a la familia sigue siendo objeto de extremo recelo.
La conciliación no elimina el conflicto entre el trabajo y la familia, sino que simplemente desplaza sus costes; la idea de «desplazamiento» se convierte así en una categoría oculta, como ya hemos apuntado. Estos costes son absorbidos progresivamente por el Estado, los abuelos, las empresas y una red cada vez mayor de respuestas públicas y privadas, sin que se cuestione la premisa de que dos carreras profesionales de alta intensidad constituyen el modelo deseable. El debate sobre las políticas familiares queda, así, bloqueado por una visión matriarcal que centra la respuesta política en la compensación a la mujer-madre, relegando con frecuencia al padre a un papel secundario y considerando la dedicación integral a la familia como una pérdida de ingresos y de realización personal.
La verdadera ilusión consiste en presentar la conciliación como algo inevitable, ignorando que muchas mujeres reconocen la imposibilidad de satisfacer plenamente las exigencias simultáneas de una carrera exigente y una elevada dedicación familiar, sin sacrificar su equilibrio personal y el de la propia familia.
Teniendo presente todos los motivos expuestos, ¿puede una sociedad situar la autonomía de la mujer como valor supremo sin alterar profundamente la naturaleza de la vida familiar? Las tensiones familiares, los divorcios y la falta de comunión dentro de la propia familia me llevan a sugerir que ésta, al ser integrada y moldeada según los imperativos del mercado laboral, altera drásticamente su propia naturaleza.
Y, más concretamente, ¿puede una sociedad mantener una alta tasa de fecundidad cuando espera que ambos adultos vivan según el mismo ideal de carrera profesional intensiva? Es evidente que no, pues la maternidad conlleva exigencias biológicas, de tiempo y afectivas que no pueden ser neutralizadas por las políticas públicas ni por una feminización del hombre.
Una de las economistas de la familia más influyentes de la actualidad, Melissa Kearney, en The Two-Parent Privilege, demuestra de forma convincente que ninguna política pública puede sustituir plenamente lo que una familia nuclear estable ofrece a los niños (Kearney 2023). Sin embargo, en línea con la corriente dominante en el ámbito académico, esta autora también sigue planteando las soluciones únicamente dentro del paradigma de la conciliación entre el trabajo y la familia.
La pregunta que queda por plantear es: si la familia es verdaderamente insustituible, ¿por qué seguimos organizando toda la estructura de las políticas familiares en torno al supuesto de que la vida profesional de los dos adultos debe permanecer prácticamente inalterada?
Sigue siendo prácticamente imposible plantear la hipótesis de que tal vez sea el propio ideal de paridad de género entre los cónyuges el que merezca ser cuestionado. ¿Alguien ha preguntado alguna vez a los hombres cómo se sienten al verse arrastrados hacia un estilo de crianza feminizado? ¿Tendremos espacio para reflexionar sobre las consecuencias sociales y conyugales de negarles el papel de pater familias y sustentadores de sus familias?
La modernidad liberal tiene enormes dificultades para aceptar relaciones humanas estructuralmente asimétricas. El dogma de la conciliación no solo busca compatibilizar el trabajo y la familia, busca preservar un ideal nivelador de simetría permanente entre los cónyuges, incluso cuando la propia vida familiar tiende naturalmente a generar asimetrías. Este es el problema de la familia interpretada como relaciones horizontales y no como relaciones verticales fundamentadas en un orden superior que contiene el de los afectos entre hombre y mujer y los paternofiliales, las necesidades de todo miembro de la familia concreta y los vínculos que superan toda limitación temporal. Unas relaciones que se oponen por su propia naturaleza interna a la lógica del mercado laboral y al de la competitividad económica de capitales y empresas. El futuro de las políticas familiares depende de la capacidad de cuestionar la antropología liberal y la moral feminista que han moldeado —más bien, deformado— nuestros marcos mentales, el lenguaje socialmente aceptable y el diseño de las instituciones.