Septiembre
El Debate de las Ideas
Septiembre
4 de septiembre
Conduzco camino de El Escorial. Tengo por delante cinco horas de soledad a 120 kilómetros por hora. Para reformarme, o mejor, para abrigar de una vez el propósito de reformarme, escucho un libro de Jacques Philippe sobre la oración. Va por su vigesimotercera edición en España. Hay en la gente, pues, ganas de reformarse o, como yo, de estar en disposición de reformarse. Al principio sus palabras me reconfortan, como el trino de un pájaro cuando se le presta atención. Escuchar el texto en lugar de leerlo me permite imaginar que paseo con el sacerdote por un claustro, quizá después de Laudes. Luego el autor sube el voltaje místico y me enfurruño. Me pierdo. Habla largamente de lo inefable. Habla del alma como si la viera, como si fuera un fluido que rezuma, que llega o se retira según mareas imprevisibles. La oscuridad está en el fondo, no en la forma. A partir de cierto punto, cuanto dice resulta resbaladizo. Me exaspera porque, a pesar de tantas paradojas y tantos imposibles, sospecho que tiene razón. O no razón, sino esa otra cosa más verdadera y profunda que tienen los místicos. Se me escapa. Se me escurre. Así que paro a echar gasolina, a la altura más o menos de Manzanares.
Al bajar del coche me golpea un calor digno de mediados de agosto. Septiembre no ha llegado todavía y probablemente no lo haga hasta bien entrado octubre. En el aparcamiento, inmundicia y densidad de moscas. La gasolinera está decrépita, desde luego, pero también algo peor: está pasada de moda. Fue concebida para un futuro que duró muy poco. Lo que en ella permanece incólume es incluso más feo que lo que el tiempo ha arruinado. Los carteles desleídos por el sol estorban menos a la vista que aquellos que, por estar a la sombra, han conservado todo el esplendor de su naranja original.
Parece que nadie reposta aquí desde hace mucho. Tomo la manguera del surtidor y me pregunto si el gasoil llega a caducar. Ante la duda, no lleno del todo el depósito. Tras pagar en la tienda, salgo y veo que mi coche ya no está solo. A pesar de todas las plazas libres, hay otro aparcado junto al mío. Se baja un hombre en los arrabales de la juventud, con camisa blanca y vaqueros. Salvo el rostro barbudo y la calva reluciente, está lleno de tatuajes. Abre el maletero y trastea. Lleva prisa. Todo indica que está a punto de sacar una escopeta recortada. No encontrará mucha resistencia, ni en mí ni en los dos manchegos acalorados que despachan en la tienda. La tarde no estaba para místicas y tampoco lo está para heroísmos. Está aplatanada y lo que suceda tendrá que suceder por su cuenta.
Conduzco de vuelta a la A-4. En la última rotonda, a la orilla de una carretera secundaria, hay un puesto de melones y sandías. Los precios se anuncian en un cartón escrito con rotulador negro. No ha habido una buena planificación y las letras se ven obligadas a menguar conforme avanza el cartel. La ese de melones apenas se curva por falta de espacio. Las frutas, espléndidas, ovaladas o redondas, se apilan sobre el polvo como un botín de guerra. Lo custodia un hombre tostado en parte por el sol, en parte por la mugre.
12 de septiembre
Acaba el verano, la época de la dislocación. Como supo Aristóteles, cada elemento tiene un lugar natural hacia el que tiende. La tierra al centro, el fuego a las alturas y los niños al colegio. Igual que la maceta colgada de un balcón anhela el suelo ―y, en cuanto las circunstancias lo permiten, al suelo se precipita―, el niño tiende oscuramente al colegio durante el verano. Él lo ignora porque se desconoce. Apenas siente una inquietud que lo vuelve efervescente y que algunos, por error, consideran propia de la infancia. Creen que el niño se muestra especialmente bullicioso en vacaciones porque está bien, a sus anchas; y no, lo que sucede es que está fuera de lugar, y por eso bulle y alborota.
La segunda semana de septiembre, la atracción del colegio era ya irresistible. Creímos que preparar los uniformes y forrar las libretas los apaciguaría, pero solo sirvió para que intuyeran la razón de su malestar, y eso provocó que aumentara su impaciencia. El 10 abrimos la puerta de casa y, de no ser por el contrapeso de las mochilas, el ímpetu les habría hecho caer de bruces. A la puerta del colegio, procedentes de todas las calles cercanas, afluían riadas de niños. Como el agua que desciende de las montañas en busca del mar, estos chiquillos habían atravesado piscinas, playas, parques acuáticos, parques a secas, casas de pueblo con hordas de primos, parte de junio y de septiembre, la totalidad de julio y de agosto, una cantidad de tiempo y espacio que nubla la imaginación, para volver a su lugar natural, para reintegrarse en el colegio del que un fatídico 23 de junio fueron arrancados.
17 de septiembre
Mantener la intención de reformarme, perdón, la intención de estar en disposición de reformarme, está resultando más cuesta arriba de lo que parecía a principios de septiembre. Para no cejar todavía en el empeño, continúo con las lecturas edificantes. La última: Cautivado por la Alegría de C. S. Lewis. No ha sido una elección muy inteligente. Aunque algunas de sus obras apologéticas me deslumbraron en un pasado remoto, en los últimos años mi antipatía no ha dejado de crecer.
El libro en cuestión no está mal. No podía estarlo porque Lewis es objetivamente bueno. Además, ante una autobiografía hay que ser prudente para no dar la sensación de que se enjuicia una vida. Me ha interesado más el final que el principio, donde se demora en una infancia desgraciada, huérfana de madre y vapuleada por una paideía británica que parecía consistir en hexámetros de Virgilio y en devaneos sodomitas entre los estudiantes, si bien ni los unos ni los otros interesaron nunca a Lewis, según confiesa.
Creo que mis reservas se deben a un problema mío ―no tengo resuelto el conflicto entre la naturaleza y la gracia― y a una virtud suya ―la agudeza moral―. Su penetración en los entresijos del bien es angélica, en el sentido más inhumano del término. Resulta asfixiante su capacidad para analizar las mociones del corazón. Por eso su libro más conseguido será siempre Cartas del diablo a su sobrino: es el informe de un infiltrado. Pocos han penetrado tan hondo en la sutil inteligencia del mal. No por lo que Lewis tiene de diabólico, por supuesto, sino por lo que el diablo tiene de moralista.
Ahora, para compensar, voy a leer la autobiografía de Pável Florenski, que según parece es lo mismo y lo contrario. Matemático, converso, presbítero ortodoxo, padre de cinco hijos, técnico de primer nivel en la sobrevenida Rusia soviética, preso en un gulag durante diez años y finalmente fusilado en 1937. A mis hijos, que así se titula el volumen, resultará también moral, porque todas las vidas lo son, pero al menos lo será de manera humana, desgarrada y sentimental, a la manera rusa.