Una estupenda Shakira, pese a los «recuerdos» a Piqué y un eco de la Pantoja, encanta a un público rendido
El promocionado recinto que supuestamente recuerda al Macondo (ni rastro) de Cien años de soledad de García Márquez no es más que el papel que esconde el regalo de la artista colombiana
Shakira durante el primero de sus conciertos en el Macondo Park del Recinto Iberdrola Music, en Madrid
Se buscó Macondo en el Macondo Park. Pero no se encontró. Había una selva, pero de gente. A Aureliano Buendía le costó menos tiempo hallar el lugar mítico. Allí solo había colores o colorines. Pabellones vacíos, a pesar de estar llenos de mujeres, más que de hombres, sobre el suelo de césped artificial, también de colores.
Media luna alumbraba la noche perfecta del ocaso del verano, tan rival del hermoso junio. Se oían mil lenguas y español de todas las clases. A Madrid han venido a ver a Shakira desde todo el mundo, lo que dice todo de su dimensión.
El estadio es casi una enorme planicie extendida alrededor del escenario y, sobre todo, de una gran pantalla rectangular donde se ve todo lo que hay que ver: a Shakira. Sin pantalla en la distancia es una liliputiense, pero la pantalla es perfecta, como el sonido. Ella apareció por un pasillo abierto en medio del público, seguida por un séquito de mujeres guardaespaldas y psicodélicas.
Shakira durante el primero de sus conciertos en el Macondo Park
La emoción en el público era un cuerpo físico por la densidad. Absoluta histeria colectiva muy bien removida por la protagonista, encantadora desde su primera imagen. Gritos ensordecedores. Un bosque inmenso de luces de teléfonos y «breakdance» para empezar.
Shakira aparece completamente vestida, cubierta, hasta con gafas, y el espectáculo también es el destape. Se destapa y baila. Y muy bien. Parece la misma de hace 30 años. Parece incluso más joven y mejor. El homenaje de las banderas hispanas. Disco dance divertida hasta que suena el primer clásico, Estoy aquí, y el éxtasis aumenta de forma inverosímil.
Rockera y brilli brilli
Para aplacar el fervor, ella habla: «Con la cara que te fuiste y con la cara que volviste», dice que la dicen. Y también: «No hay nada como una lobita que se reúna con su manada». Y la manada se pone a aullar de forma indescriptible. Con Inevitable Shakira encanta al más desencantado, al más abúlico, guitarras, voz sobria primero y luego florida, el trino característico: «¡El cielo está cansado otra vez de ver la lluvia caeeer...!».
Un poco de parafernalia feminista con ecos de Flashdance trae una canción de la nueva época. Se nota por el salto al vacío de calidad con el ritmillo facilón reguetonero. Nada que ver con lo anterior. Pero el público no parece notar que la otra canción era buena y esta es mala. Shakira se ha adaptado a los (malos) tiempos; por eso está en la cresta de la ola.
Y otra vez el discurso en clave feminista con el no nombrado Piqué, pero presente: «Nosotras nos levantamos más fuertes... Las mujeres solas somos vulnerables, pero juntas somos invencibles...», y de nuevo griterío ensordecedor. Y un poco más de guitarra de la de antes. La imagen es la de una rockera, fuerte, femenina y con brilli brilli. Un inusitado compendio perfecto.
Shakira durante el primero de sus conciertos en el Macondo Park del Recinto Iberdrola Music, en Madrid
No hay ni rastro del cuero negro y del pelo negro de sus inicios. Alguna fila por detrás se escucha a una mujer con acento argentino decir: «Qué pedazo de diosa». Del cuero negro de los 90 a una loba rosa en las pantallas en una suerte de bosque violeta con sus dos cachorros. Es la supuesta metáfora de ella y sus dos hijos (y de Piqué), que aparecen cantando en la pantalla, como cuando la Pantoja sacaba al escenario al entonces Paquirrín (hoy Kiko Rivera).
Entonces vuelve el ritmillo reguetonero, la sirena de Copa vacía, donde su voz notable se adapta tristemente a las nulas exigencias de la forma de cantar actual, donde puede hacer carrera hasta, por ejemplo Kiko Rivera. Pero la gente baila. Ella mueve las caderas y el público se enfervoriza sin escuchar por qué a lo mejor no debería hacerlo por la música. Otra caída en altura que el respetable no siente. No se apaga la fiesta, a pesar de que se vulgariza.
Hips Don't Lie eleva el vuelo del avión, seguido de aquel dúo con Alejandro Sanz (sin él: ha pasado de un dúo con el español a dúos con Rauw Alejandro o Manuel Turizo), hasta que se marcha al camerino y sigue cantando (Chantaje) mientras la cambian.
No tan perfecto el final
Un poco de salseo cuando vuelve, antes de acelerar con «Loca, loca...», la colección de éxitos es notable. La llaman «reina» justo antes de animar a las solteras, lo que precede a Soltera. «El amor es bonito, pero más bonito es el amor propio», dice. Y corean: «¡Shaki, Shaki!».
Y «Shaki» se muestra espectacular bailando en Ojos así, un tema de sonidos orientales. No tan espectacular un tema lento, Última, y vulgar en comparación (como Acróstico, otro tema interpretado antes, donde canta uno de sus hijos), más propio de Karol G que de la colombiana. Por suerte, Pies descalzos remonta de forma sobresaliente. Apoteosis de nostalgia celebrada con pasión desbordada que ya no para hasta el final con Te dejo Madrid, Suerte (lelololelolé y frenesí), Dai Dai que hace temblar el suelo...
Y Waka, Waka... (de todos los temas exóticos, da igual el origen, se ha apropiado Shakira) temas futboleros que son alegres y coloridos, con bailes vistosos, agradables para la noche de clima perfecto, no tan perfecto el final para un espectáculo notable: Loba y, lástima, aquel quejido junto a Bizarrap de donde sale el marketiniano lema de la gira: Las mujeres ya no lloran.