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Bocados de realidadCésar Wonenburger

¿Cuál es la idea de «progreso» que nos venden?

Algunos creen ciegamente en el progreso, aunque alcanzarlo pueda significar la destrucción del hombre, mientras «Carrie» regresa como una serie entretenida y Feijóo deshoja la margarita sin grandes perspectivas

Imagen de El poder de la red (2026)Sony Pictures

Los partidarios acérrimos de la Inteligencia Artificial, o Superinteligencia para no molestar a Trump, no se conceden, ni a ellos ni mucho menos al resto, más que algún mínimo resquicio para la reflexión sobre algunos de los efectos nocivos que el invento pueda tener sobre nuestras vidas. Nadie pone en duda sus bondades, pero en aras de un cuestionable progreso, como ha señalado el Papa León XIV, no puede comprometerse la dignidad de las personas.

Cioran lo resumió en aguda expresión: «Ya se trate del individuo o de la humanidad en su conjunto, no se debe confundir avanzar y progresar, a menos de admitir que ir hacia la muerte es un progreso».

Por supuesto no se trata de demonizar por completo a esa IA que, como parecen haber descubierto sus dueños estas semanas, tiene la humana capacidad de enfadarse cuando se le agrede verbalmente. Lo cual ya tenemos a un ofendido más, pero éste con una capacidad de retaliación algo superior al del vecino o cuñado de turno: quién sabe cuáles terribles castigos logre infligirnos su mancillado orgullo mediante la capacidad de organizarse, de la que ya han dado sobradas muestras para rebelarse en recientes expediciones punitivas.

Cartel de La red social

En todo esto ocurre un poco como con Facebook. En la nueva película de Alan Sorkin, la ilustrativa El poder de la red, aparece la investigación del congreso norteamericano a la que el fundador de la empresa, Mark Zuckerberg, hubo de enfrentarse cuando una empleada desleal filtró miles de documentos que probarían las malas prácticas ejecutadas para ampliar sus ingentes beneficios.

Sirviéndose del algoritmo, lo que en un principio su creador había tildado de mero (algo más sofisticado) tablón de anuncios, o ágora virtual y planetaria para el saludable ejercicio del intercambio de ideas, el contraste de pareceres entre personas de distintos lugares habría terminado finalmente convertido en un lodazal donde las mentes menos formadas podían resultar captadas, entre otros miserables, por extremistas fomentadores del odio entre las personas.

Esos chicos que ahora se han enfrentado en dos bandos por la Puerta del Sol serían el producto más acabado de este tipo de cultivadores del caos. Se lo inocularon a quienes desconocen el pensamiento crítico (algo hoy ya casi del todo ajeno a las instituciones educativas y académicas) mediante un deslavazado popurrí de consignas mal explicadas y peor digeridas, pero perfectamente difundidas por las redes.

Zuckerberg había soñado con llevar hasta el último rincón de la tierra la mayéutica socrática. O eso proclamaba. Pero por el camino hacia la verdad, el lobo estepario se había topado con Caperucita hasta convertir su invento, de inocente lugar en el que los antiguos colegas del colegio volvían a reencontrarse sabe Dios para qué, en un nido de depredadores sexuales, irredentos misóginos y potenciales terroristas al constante acecho de sus posibles víctimas.

El asunto aquí es cómo reaccionaba la compañía. Resulta paradójico constatar, al hilo de esta película y de su primera parte (La red social), cómo un individuo con obvia tendencia a la misantropía, que recelaba de cualquier interacción social, un resentido tras haber sido un paria para sus compañeros de carrera, podría llegar a preocuparse por fomentar los encuentros virtuales entre humanos a través de su creación (no del todo suya). Pero como casi siempre, la explicación se encontraría en el dinero. Sublime venganza.

La propiedad insistía, como refleja la nueva película de Sorkin, en sus buenos sentimientos y la voluntad de poner todas las trabas a los potenciales desviados usuarios de FB, mediante cortafuegos de seguridad que evitaran los posibles desafueros. Formalmente, su máxima preocupación sería oponerse a la captación de niños por redes de pederastas, la barra libre para el acoso entre escolares o la transformación de la ira ciudadana, ante las continuas iniquidades e injusticias del mundo, en futuros Unabombers.

Pero lo que los empleados descontentos parecieron advertir (uno se ha suicidado la semana pasada) es que la cúpula del negocio no solo no impedía este tipo de «usos indebidos» de la red social, sino que los fomentaba en la medida en que obtenía suculento rédito de una situación inmoral: vulneraba la ética calvinista, si algo tiene que ver aún en los negocios, más unos cuantos artículos del código penal.

El caudal publicitario aumentaba con la clientela, sin importar su espuria procedencia ni oscuros intereses. Que los más vulnerables fuesen conducidos mansamente al cadalso de donde ya no podían escapar, porque los verdugos resultaban expertos en explotar sus debilidades, era un daño colateral. Quizá operaban de un modo parecido a lo que ocurre con los más asiduos clientes de los casinos, donde la casa a veces sirve alcohol gratis a los jugadores encadenados a la mesa para poder desplumarlos mejor.

Las enseñanzas parecen obvias, a pesar de que nada vaya a cambiar porque, como bien explica el filme de Sorkin, los nuevos tecno-bros poseen recursos infinitos, muy superiores a los de cualquier gobierno que pretenda meterlos en vereda: con sus ingentes recursos pueden influir en cualquier resolución contraria a sus intereses; las multas con las que se los reprende, todas recurribles lógicamente en un estado de derecho, son su calderilla.

Si los «pobres» capos de la droga compran hoy a jefes de la policía, en España, como quien acude a Carrefour, qué no ocurrirá por las alturas de estos nuevos dioses a los que les ha sido concedido diseñar nuestro futuro, sin encomendarse más que a ellos y sus visionarias perspectivas, quizá más bien temerarias dado su afán por seguir ejerciendo como aprendices de brujos sin importar las consecuencias. Al contrario, en lo que corresponde a la IA parece un tan entretenido, como irresponsable, a ver qué pasa…

Por eso solo cabe desearle a León XIV que se recupere muy pronto de su reciente quebranto, para que pueda seguir iluminándonos con sus reveladoras encíclicas en las que casi nadie repara, aunque constituyan una necesaria apelación en el desierto a las conciencias más despejadas. Mientras echamos de menos, también, a Cioran y algunos sus lúcidos aforismos, algo más breves, pero en ocasiones igualmente certeros en su concisión.

La perturbada ingenuidad de 'Carrie'

Hace ya unos años el entonces psiquiatra de moda, Castillo del Pino, realizó unas declaraciones que provocaron notorio revuelo. Y que hoy le hubieran ocasionado, sino el destierro, al menos su cancelación pública reclamada entre cascadas de improperios por las hordas censoras de la gleba virtual.

Afirmó el hombre, dotado con una variada progenie, que a él todos sus hijos dejaron de interesarle en cuanto habían abandonado el territorio natural de la fantasía, ese espacio sublime en el que los niños superan con creces al más desaforado dadaísmo con sus imprevisibles expresiones y espontáneos descubrimientos.

O sea, que más a menos desde los cinco años ya habían empezado a parecerle unos cursis redomados, a imagen y semejanza de sus mayores, si quiera con unas dosis de comprobada perversidad aún por pulir, ya que no habrían tenido tiempo suficiente de perfeccionar el arte de la doblez, el disimulo y la hipocresía en que suele consistir buena parte de la educación en sociedad.

Pienso en ello ahora que a Amazon Prime regresa Carrie, aquella afortunada creación de Stephen King, luego convertida en película de culto por Brian de Palma. Como lo que se lleva ahora son las series, tampoco podía faltar una para este destacado personaje del cine de terror.

Imagen de CarriePrime Video

Bajo la caracterización de la joven doblemente oprimida, por su castradora madre y un entorno hostil, que se convierte en una terrible vengadora con poderes sobrehumanos, vuelven a sugerirse otras ideas interesantes.

Mark Flanagan, creador de la serie, se vale por ejemplo de la influencia de la tecnología para amplificar el rechazo que sufre Carrie estos días. La antigua «salvaje», todo inocencia, candor y bondad fruto en parte de su anterior aislamiento, resulta la víctima idónea para sus maleadas compañeras de clase. Casi todas han perfeccionado el arte del acoso mediante las infinitas posibilidades que a su perversa naturaleza les ofrecen ahora las redes sociales.

La ingenuidad, que casi nunca tuvo espacio en este mundo, resulta esta vez un incentivo para la humillación, un reto para quienes desprecian la virtud en un mundo saturado de imágenes convenientemente alteradas, con las que apuntillar a aquel que es pronto identificado como débil por la manada.

Pero quizá lo más interesante de esta versión es que Flanagan logra sobrevolar el siempre fácil maniqueísmo para introducir la ambigüedad. Si se escarba un poco en la psique deteriorada de la «mala» de la clase, se observará que en el fondo su compartimiento atravesado tiene sus orígenes en sus propios temores y carencias. Esos otros devastadores golpes (el divorcio familiar, la ruina, …) que han convertido su otrora vida de ensueño en la antesala de su propio infierno.

Tiene interés esta Carrie. Resulta entretenida y hace pensar, lo cual resulta un lujo en estos tiempos.

Feijóo no aprende la lección

Una conversación con un intelectual de la talla del poeta César Antonio Molina, algo poco común en España (en Francia tendría otro estatus), da siempre para varios titulares interesantes.

En el transcurso de la charla que el otro día mantuvimos en El diván de Wonenburger (en Youtube), dijo por ejemplo que en su época de político había podido comprobar que la seriedad del consejo de ministros se encontraba bastante alejada de la que había advertido en varios de los consejos de administración a los que había pertenecido.

Tratándose de los gobiernos de Zapatero, con las otras Leyres y demás inventos, la cosa podría parecer natural. Pero es que tampoco después las cosas han mejorado demasiado. Con Rajoy se salvaba Margallo. Y de Sánchez, qué podría decirse con ese catálogo de horrores a cada cual casi peor.

Por eso resulta perturbador lo que comienza a filtrarse de las propias intenciones de Feijóo si, como predicen todos (salvo quizá las meigas), llegara finalmente al cargo.

Más allá de volver a incurrir en el dislate de vender la piel del oso antes de darle caza definitiva, empieza a cuajar la idea de que su indeclinable fe para rodearse de presuntas mediocridades podría resultar, ahora, en otro gobierno vedado al genuino talento de los notables hombres de Estado (si los hubiese).