Los 600 de Sánchez
Leónidas luchó con 300 en las Termópilas: Sánchez recurre al doble para ganar la última batalla, mientras Hollywood se muda al Nervión y la IA se apropia de la cultura
Pedro Sánchez en rueda de prensa tras la reunión del Consejo de Ministros el martes
Puede que en el cine a Leónidas no le bastaran solo con sus 300 bravos guerreros para enfrentarse al rey Jerjes en la definitiva batalla de las Termópilas. Por eso Sánchez, seguramente más adicto a las palomitas que a Heródoto, reclutó en su día al doble de colaboradores para intentar resistir el feroz asedio de sus contrincantes, hasta el último vaticinio trucado de Tezanos.
Quizá entre todos los dispendios, el de los amanuenses destinados a sacar, una y otra vez, conejos de la chistera con los que oponer a los hechos más cotidianos una realidad paralela, a la medida de los intereses de su patrón, haya resultado el óptimo para sus espurios fines.
Sánchez ha sido el presidente de entre todos los de la democracia que mejor ha sabido entender los nada sutiles resortes del poder, cuyo fin esencial consistiría en mantenerse el mayor tiempo posible como su principal actor y beneficiario, practicando los viejos consejos de Maquiavelo, antes de que lo sustituyese Claude.
Sabedores de que entre las bancadas contrarias el pensamiento profundo suele resultar anatema, los 600 del doctor Sánchez lo han tenido más bien fácil a la hora de hilvanar, y que calase en amplias capas sociales, el relato primordial, incluso ahora en su hora más amarga. Solo han tenido que ir aplicándole los pertinentes retoques cosméticos, adaptando su mensaje a cada instante porque ya no hay certezas inmutables, salvo la de la última visita.
Por ejemplo, si Trump regresa a la Casa Blanca, meterle el dedo en el ojo concitará los sonoros aplausos de todos los oprimidos de la tierra, que siempre serán más que los interesados acólitos del lenguaraz mandatario republicano en su errática, pero pertinente para sus intereses, puesta al día del «América para los americanos».
¿Quién puede desear seguir pagando la cada vez más onerosa factura de la OTAN, el 5 % que ahora vuelve a citarse, si la consecuencia práctica, a la hora de cuadrar las cuentas públicas, consiste en privar al abuelo del Sintrón? ¡Fuera las bases, ya!, aunque se dejara sin empleo a miles de compatriotas. El orgullo, lo primero, ¿cómo en Ceuta?
Nadie dirá que hasta la más reciente trapisonda no ha resultado todo un hallazgo. Durante casi una década han ahogado a los constructores pequeños y medianos (los grandes juegan en otra liga, lejos de aquí, y para las mayores obras públicas locales siempre tenían la posibilidad de aliarse con Servinabar) en un pantano de ardides leguleyos que ha convertido su oficio en un calvario.
La vida de cualquier insecto en trance de extinción, según la normativa vigente, vale más estos días que la necesidad de proveer a los ciudadanos de viviendas, preservando el suelo urbanizable para el exclusivo solaz de los primeros. Sin hablar de que una jaqueca que se cura con un paracetamol puede servir de excusa para que el conductor de la excavadora logre una baja indefinida por estrés, prorrogable según su evolución.
¿Para qué haría falta construir, molestando al lince ibérico, si el Robin Hood de la Moncloa se dispone ya a salvar a los inquilinos, presentes y futuros, de las eternas garras especuladoras del tío Gilito al modo del añorado Chávez: «Ministra del ramo, yo mismo le ordeno, ¡exprópiese!»?
Ciertamente nos aguarda una campaña entretenida, en la que Sánchez aparecerá bajo los austeros ropajes (sin corbata y enjuto, aún más enfurecido) del Mesías durante la conocida escena del templo. Ya le ha faltado el tiempo para empezar a fustigar a fariseos (la oposición) y mercaderes (sus patrocinadores) con el látigo reluciente de las últimas falacias, esas que le proveen sin tregua sus escribas.
Pero aún faltan los prodigios. Como si no bastara con los carros de asalto que le facilitan los medios afines, y aquellos de los cuales se han apropiado («para los bolcheviques, la Prensa no es más que un arma de combate absolutamente inerme por sí sola, de la que se dispone desde el Poder como se dispone de las ametralladoras», Chaves Nogales), se espera el regreso a lo grande de Javier Ruiz. Lo hará, sin duda, al frente de una Telepedro que ultima sus drones a la carrera, por no defraudar al amo.
Imagínense un Sálvame Deluxe en el que hiciera su reaparición estelar, como resucitado de entre los muertos, el espectro del narco Marcial Dorado, en carne mortal y dispuesto a lo que hiciese falta. Como afirmaba ufano don Hilarión al acudir a la verbena entre las mejores expectativas, «de todo habrá».
Hollywood se muda al Nervión
El audiovisual norteamericano suele, cuando se lo propone, centrar el mensaje sobre lo que realmente ocurre con una precisa inmediatez. De la ahora denostada «Digger» (una película irregular, pero plena de destellos certeros), a algunos les habrá molestado sobre todo la escena del directo mensaje del magnate a los mandatarios europeos.
Ese discurso en el que les habla sin tapujos de la dependencia de las energías fósiles, a las que todos estigmatizan, pero a las que aún es preciso recurrir cuando aprieta el frío. Mientras solicitan de Claude (o alguno de los 600) que les redacte un apocalíptico discurso sobre el cambio climático, y a favor de las renovables, ellos sestean embriagados por la calidez ambiental de sus despachos, que les aporta el gas argelino (y si se tercia, hasta Putin) sin asomo alguno de remordimiento.
Otra. En la última temporada de la serie Euphoria, la ebúrnea Cassie sueña ya con su próximo matrimonio: finalmente se ha ligado al rico de su clase, que ha heredado del padre, en la cárcel, la empresa constructora. Pero en la antaño boyante California del gobernador demócrata Gavin Newson, hoy convertida en un infierno masoquista de regulaciones e impedimentos, el idilio naufragará, con sus atendibles ilusiones rotas.
La urbanización que el chico ha comenzado a levantar se da de bruces contra la necia legislación municipal, que protege sobre todo la existencia de un peculiar insecto que mora en la zona, limitando el suelo disponible para la construcción.
El emprendedor, que se había endeudado recurriendo como último empeño para salvar la inversión al dinero de unos prestamistas algo peligrosos, acaba asesinado. Mientras su querida esposa, que oliéndose la ruina definitiva ya se había escapado antes por la ventana, debe reconducir su brillante sueño conyugal hasta los aledaños de una más sofisticada prostitución, a la que hoy se entregan como fácil recurso del autoempleo miles de chicas en todo el mundo, Only Fans.
Por el camino de la realidad más acuciante, las empresas empiezan a huir de la escasamente amistosa para los negocios California, y hasta Trump tiene que intervenir. Ha creado incentivos federales para que los rodajes puedan regresar a un Hollywood en caída libre, por caro y antipático.
De eso modo, Catherine Zeta-Jones ya no tendrá que venirse a rodar a Bilbao, como ha ocurrido en su nueva pésima serie de HBO («Jackie»), porque en el País Vasco, siempre preocupados por el bienestar de los suyos, se muestran mucho más generosos: si me sacas el Guggenheim en la tele te doy a cambio ventajas fiscales. Y Hollywood se ha mudado a Vizcaya. Como dicen ahora los chavales, obvio.
¿Adiós a todo eso?
En un periódico yanqui llevan a cabo un experimento dominical. Unos profesionales de la música se reúnen para grabar una nueva canción. La temática y el estilo viene sugerida, ellos solo tienen que componerla y tocarla en el estudio mientras se registra. Les llevará más o menos tres días intensos de trabajo y sana camaradería. Acaban exhaustos pero complacidos.
La otra parte del reto consiste en proponerle lo mismo a la máquina, que resuelve la tarea en unos segundos. El resultado se ofrecerá luego a los lectores del diario, para que decidan lo que prefieren.
Aunque el artículo comienza con la propuesta de ambas canciones, hay truco. Casi todos leerán de qué va el asunto antes de opinar sobre la música, por lo que es muy posible que, si lo hacen, puedan verse de algún modo motivados a optar por lo humano, sobre todo si el relato que lo acompaña ofrece un canto a la amistad, la creatividad compartida, los buenos deseos, …
Con los ojos cerrados, y sin conocer todo el trasfondo, el envite hubiese sido más justo, al menos para la IA. En cualquier caso, si hay que apelar al sentimentalismo para derrotarla, parece claro: la victoria del artilugio se presenta inapelable. ¿Adiós a todo eso, o sea, la cultura?