¿Y si dejan a las monjas en paz?
Las religiosas concitan estos días la ira de quienes con sus películas insisten en revelar las penumbras del pasado para reflejarlas, como aviso, en el actual, mientras la calle se dispone a arder y algunos presos viven como monarcas
El escritor Premio Nobel André Gide en 1915
En ocasiones no hay como leer a los abuelos para saber lo que ahora piensan sus nietos: se precisa saltarse a los padres, a veces más conciliadores, para volver a reivindicar los ideales que los mayores de la tribu no lograron materializar, o casi.
Ahora que estamos con lo de Francia y parte del extranjero, conviene volver a los diarios de André Gide. Todo ahí rezuma una claridad muy reveladora, que los aproxima a nuestros tiempos sin la alambicada retórica que se gastan algunos: diáfano, preciso y directo.
La pólvora inscrita en la prosa del Premio Nobel resultaba incluso más incendiaria que la de Melenchon y los intelectuales que lo secundan estos días (también los de aquí), escondidos tantas veces en sus circunloquios, aunque en el fondo cualquiera adivine sus auténticas intenciones.
Diario de André Gide (1936-1950)
A propósito de los compases iniciales de nuestra Guerra Civil, el escritor galo afirmaba: «La devota España quema sus conventos con mayor ferocidad de lo que nunca lo hiciese el país de Voltaire». Bueno, en eso parece que ya se han puesto al día, al menos si se observa el pavoroso incendio del ayuntamiento de Limoges, tolerado por el chulesco, salvo cuando se debe actuar de verdad, sin poses teatreras, Macron.
Y añade, casi inmediatamente: «Los que se indignan ante estas violencias que digan cómo puede salir un pollito del huevo sin romper la cáscara». Las antiguas juventudes de lo que hoy es Bildu, ahora convertidas por ensalmo en catedráticos universitarios, presidentes de diputaciones y oradores del Congreso, bien lo saben.
«Mi corazón aplaude a esta empresa (la de quemar conventos), gigantesca y, sin embargo, plenamente humana», sostiene Gide. Los nietos españoles le han tomado la palabra. Unos van calentando la calle a espera de mayores gestas, en cuanto el sindicalismo durmiente y sus satélites terminen de desperezarse de cara a lo que vendrá tras las elecciones.
Acampada en la Puerta del Sol
Más activos desde hace más tiempo, los que tienen algún talento, aunque sea para enredar, prefieren los más sutiles, y efectivos a la larga, mecanismos del gran poder transformador de los medios masivos, de absoluta vigencia.
Casi nos habíamos olvidado del cine, porque para la derecha más ignorante todo él representa solo un nido de rojos. Y mientras, a su aire bolivariano, prosigue por ese lado sin desmayo la eficaz catequesis de las imágenes. Esa que funciona cual apisonadora de cerebros para terminar de moldearlos a través de la gota china de la propaganda.
Tras el éxito arrollador de La bola negra, con su elemental maniqueísmo disfrazado de Lorca, ahora, en plena campaña de noviembre, estallará Ruega por nosotras, del apreciado director Daniel Monzón (el de Celda 211).
La idea de su historia, basada en hechos reales, es mostrar cómo en las postrimerías del franquismo el Patronato de Protección a la Mujer se esforzaba precisamente en todo lo contrario: habría funcionado como un siniestro presidio en el que miles de jóvenes sufrieron toda suerte de vejaciones y torturas para «enderezarlas», con el fin último de que se sometieran a los férreos postulados morales que allí se inculcaban a base de palos, gritos y castigos.
Cartel de Ruega por nosotras
Las imágenes del tráiler resultan casi más grotescas que aterradoras. Ofrecen atisbos de lo que se supone la violencia de unas monjas ejercida con una crueldad inhumana, más propia del Tercer Reich; médicos abusadores a las órdenes de la causa y progenitores que se someten sin matices al imperio del «qué dirán», … En fin, toda una sociedad corrompida, al servicio de un mal mayor, cuyos desviados principios solo se cuestionaban las puras almas rebeldes de esas pobres niñas, vilmente despojadas de su libertad.
Después de haber presenciado a las religiosas que ofrecen los Javis en su obra, entrenadas en pisotear cadáveres y heridos de los milicianos como quien va a la vendimia, y con lo que le va a seguir ya, en calculada procesión, en este reciente retrato de unas novicias que parecen emparentadas con Ilse Koch, aquella sádica esposa del director del campo de concentración de Buchenwald, habría que plantearse algo más revolucionario.
Quizá lo que algún otro director podría proponer estos días, en España, es sacarse de la chistera un retrato fílmico acerca de una única monja solitaria que, después de la posguerra, se hubiera dedicado ingenuamente a obrar el bien. Una excentricidad. Un arrebato. Puro exotismo. Dirán que para eso ya estaba Sor Citröen, perversa manipulación del régimen, o alguna de las del reaccionario Garci.
Cayetana, ministra de Interior
Tampoco Gide se escondía para soñar con la futura victoria del bolchevismo. En otras páginas de su entretenido dietario, comenta: «Me gustaría vivir lo suficiente para ver cómo triunfa el plan de Rusia, y a los estados de Europa forzados a inclinarse ante aquello que se empeñan en ignorar».
El enemigo siempre ha jugado cómodamente en la gran casa de la libertad, empeñado en socavar sus cimientos desde dentro, amparado legítimamente por su derecho a afirmar lo que estime conveniente. Faltaría más. Esa es la gran diferencia, contradicción y grandeza de los estados europeos a los que el escritor reñía por no someterse pura y simplemente, sin mayor demora, a los redentores postulados estalinistas.
En Irán, China o Rusia jamás habría podido hacerlo. No, desde luego, en estos tiempos. Pronunciarse con esa soltura sobre lo contrario, es decir, hacer explícito el deseo de un cambio que propiciara, si quiera, la llegada de una cierta brisa democrática a esos países, lo habría pagado muy caro.
Mal que bien, la antigua carcasa sobre la que se edificó la prosperidad europea aún se mantiene en pie, pese a los herederos de Gide, que trabajan todos los días para su definitiva demolición. Hoy el peligro no es tanto Rusia, por más que a Putin le divierta meternos el dedo en el ojo, amedrentándonos un poco con la idea de hacer verdad aquello que sostenía Nietszche acerca de que, en realidad, Europa no era más que una pequeña península de Asia.
Protestas masivas en Francia degeneran en destrozos y saqueos en jornada de gran violencia
Hay enemigos más temibles, toda vez que, el en cierto modo desmotivado ejército ruso, tras años de lucha, y aunque se encuentre ahora más cerca de una victoria que nunca para anexarse definitivamente una parte de Ucrania, no va a empeñarse en una nueva contienda hasta conquistar Lisboa.
No, resulta mucho más amenazador para la cohesión de la UE el discurso de los políticos mal llamados progresistas, y quienes supuestamente se niegan a combatirlo a su derecha.
El ejemplo más claro se encuentra en esa Francia moralmente arrasada que ya no es capaz ni de mantener el orden público. Menos mal que los nuevos demócratas norteamericanos, esos jóvenes educados en Harvard que han cambiado al Che por los líderes de Hamás, no van a predominar en las inminentes elecciones de EE.UU. El ala más moderada de su partido parece dispuesta a arrinconarlos, por lo menos hasta ver que sacan de las urnas.
De otro modo, su nueva ocurrencia acerca de que hay que eliminar la policía y cerrar las cárceles en EE.UU. encontraría rápido cobijo en los programas y discursos de sus colegas a este lado del Atlántico, siempre dispuestos a mostrarse los más guays.
Haría bien Feijóo en nombrar a Cayetana Álvarez de Toledo ministra del Interior, si se tercia. Pues una parte esencial de la labor de gobierno va a consistir en contener la furia desatada, tanto de quienes solo en la prórroga parecen haberse dado cuenta de que les habían robado el partido para clamar de pura rabia, como de los eternos subvencionados de la lucha callejera.
La diputada del PP, Cayetana Álvarez de Toledo
Pablo Iglesias contaba con orgullo cómo las generosas becas de estudios de sus másters públicos le habían permitido hacer turismo de kale borroka por las ciudades más prósperas de la UE, logrando galones durante la lucha para lo que vendría después.
Incluso si el próximo primer ministro llegara empeñado en reeditar el ya lejano milagro aznarista, los frutos tardarán mucho en verse porque la realidad resulta ahora mucho más compleja, trágicamente anudada, mientras la paciencia comienza ya a resquebrajarse por el medio, lo más preocupante.
Si las reformas llegan a aplicarse con el imprescindible dolor que portaría consigo su urgente administración, como ocurre al principio de todo tratamiento de choque, el clamor de las calles, con Serrano incendiado hasta la misma Puerta de Alcalá, obligará necesariamente a que una nueva dama de hierro, o dos (porque seguramente será precisa la intervención de un ejército que no está para repartir flotadores y recibir escupitajos, como en Ceuta), pongan todo de su parte para detener al caballo desbocado del descontento que estos días empieza a recorrer Europa. Primero el orden, y entonces ya se verá.
En ningún sitio como en la cárcel
Los jóvenes demócratas que en EE.UU. claman por la abolición de las cárceles hacen bien. En realidad, los presidios funcionan a imagen y semejanza de la sociedad. Son su espejo, como sabía Mario Conde. Y si lo que persiguen estos chicos es acabar con las diferencias de clase, entonces habría que empezar por las prisiones, donde la supuesta inconveniencia de tener que permanecer quieto en un mismo lugar durante un tiempo tasado se mitiga si uno dispone de efectivo. Como dice aquel personaje de Las bodas de Figaro: «L’argent fait tout» («el dinero todo lo puede»).
En Nueva York, acaban de cambiar de penitenciaría al célebre rapero Puff Diddy porque descubrieron, algo tarde, que en la anterior se procuraba la vida de un monarca alauita: los otros presos le daban hasta masajes y, como disponía de móvil, seguía cultivando una de sus aficiones favoritas, el porno, mediante el consumo de todo tipo de sugestivas imágenes a la carta.
Pero ahora, además, acabamos de enterarnos de que el nieto de Curro Jiménez, reo en Tailandia por haber descuartizado a un supuesto amante, disfruta de todo tipo de comodidades a su alcance, las que le procuran los 3.000 euros mensuales que tiene para sus gastos.
Daniel Sancho
Después de practicar la variante local del yoga, antes de la siesta, el chico se relaja a diario en baños bien cubiertos de hielo para la ocasión. Y cuando abandona el spa, complementa la austera dieta carcelaria con suculentos manjares mientras estudia tailandés.
Nada comparable, por supuesto, con aquel capo siciliano, «El Profesor», que adornaba las paredes de su celda, donde recibía a los políticos que acudían a adularlo, con cuadros, quizá alguno de Tiziano. Y se paseaba en batín de seda por todas las estancias, como si se alojase en el Ritz, hasta que, llegada la noche, aprovechaba para salir un rato a la calle, el tiempo de saldar alguna vieja deuda pendiente o satisfacer las inaplazables urgencias del amor.
No somos nadie.