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Pedro Sánchez y Begoña Gómez se besan en el acto de FuenlabradaEva Ercolanese/ PSOE

Chávez, Kirchner o López Obrador: otros líderes que hicieron campaña con el amor

Dirigirse a las emociones mediante una suerte de demagogia cultural: cantar, bailar o recitar para apelar a los sentimientos, indica el éxito o el fracaso de unas políticas. El caso de Sánchez es evidente

Sánchez ha decidido recorrer en esta campaña la calle del amor y adyacentes. Un camino sorprendente por cuanto renuncia a reivindicar su trabajo, su gestión, sus posibles éxitos en ocho años de Gobierno, para apelar al sentimiento de urgencia.

Dirigirse a las emociones mediante una suerte de demagogia cultural: cantar, bailar o recitar para apelar a los sentimientos, indica el éxito o el fracaso de sus políticas en función del grado de utilización. De acuerdo a esto, el caso de Sánchez es evidente puesto que de lo único de lo que se le escucha hablar es de sus actuaciones y sensiblería. Y además muy barata: «La fuerza del amor».

Tan barata por increíble como la de otros candidatos y gobernantes recientes que, como Sánchez (o Sánchez como ellos) también recurrieron a las emociones con la cultura de por medio.

Cristina Kirchner y el amor

Es un relato habitual en la comunicación política, pero algunos ejemplos han llevado los límites hasta el paroxismo. Un paroxismo como el que Sánchez está utilizando en su desesperada campaña electoral, tan similar en su nuevo aspecto al que utilizó Cristina Fernández de Kirchner en Argentina.

Tan similar como idéntico, pues la campaña se llamó, igual que la de Sánchez, «La fuerza del amor». En 2011 le dio la vuelta a unas elecciones de antemano perdidas, recurriendo al sentimiento por el esposo, el expresidente Néstor Kirchner, fallecido un año antes.

El luto y las constantes referencias y presencia del desaparecido, «La fuerza del amor», llevaron a la viuda a revalidar la presidencia. Una fuerza que Sánchez pretende replicar en su «amor», pero en este caso vivo.

El amor al que también apuntó Andrés Manuel López Obrador y su «República amorosa», lema de su campaña de 2012, con la que logró suavizar su imagen radical, lo que años después le daría el Gobierno de México.

Otro ejemplo es el de Hugo Chávez, continuado en el depuesto Nicolás Maduro, cuyo amor político fue más parecido al de Cristina Fernández de Kirchner por su esposo muerto (Chávez) que al de Sánchez. El dictador bolivariano original hablaba constantemente del amor y cantaba y recitaba. Un populismo emocional con claro reflejo en Sánchez, quién también ha bailado de forma sorprendente e inquietante como solía hacer Maduro en sus coloridas representaciones.

Chávez recitaba poemas en la televisión, exactamente igual que ha hecho Sánchez en un mitin (y casi en la televisión y en la radio). La misma narrativa del amor y el odio. Sánchez es el amor (porque lo dice él), como lo era Chávez, mientras los demás son el odio.

Y lo mismo con la paz o la poesía. Sánchez se apropia de boquilla de la paz y deja la guerra para sus rivales, igual que de la poesía frente al ruido de los demás. Una estrategia de polarización radical con referencias: Sánchez copia «lo mejor» de los populismos de extrema izquierda: Chávez, Fernández de Kirchner y López Obrador.