Fundado en 1910

Un matrimonio de jubiladosIStock/Dusanka Visnjican

El Debate de las Ideas

Que nos brillen los ojos

No lo puedo evitar. Me apasiona hablar con la gente mayor. Me gusta detenerme, preguntarles cosas, dejar que se desvíen del asunto, que empiecen hablando del tiempo y terminen contándome cómo conocieron a su mujer en una verbena hace sesenta años. Me gusta especialmente ese momento en el que algo cambia en su rostro. Los ojos se les iluminan, la voz recupera su energía y, durante unos segundos, uno tiene delante no al hombre de noventa años que camina despacio, sino al muchacho que fue. Hay algo muy bello y misterioso en ese brillo de sus ojos.

Hace muchos años, cuando tenía apenas veinte, tuve uno de aquellos trabajos que una acepta para sacarse unas perras mientras estudia en la universidad. Durante una temporada acompañaba a personas mayores desde sus residencias de ancianos hasta el hospital.

Un día me tocó acompañar en ambulancia a una señora que iba bastante dolorida. Era una urgencia y teníamos unos cuarenta minutos de camino. No recuerdo su nombre. Sin embargo, no he olvidado sus ojos.

Durante el trayecto me habló, entre dolores y como podía, de sus hijos. Hacía casi un año que no los veía, desde las Navidades anteriores. Me contó que estaban todos muy ocupados. Lo típico, mucho trabajo, muchas obligaciones, grandes carreras profesionales, siempre de aquí para allá.

Tengo que decir que lo decía sin reproche. O, mejor dicho, con esa delicadeza, tan de madre, de disculpar incluso aquello que les duele. «Son todos muy buenos», me repetía. Y mientras lo decía, gemía de dolor.

No sabía si acudirían al hospital al enterarse de que la habían ingresado. Quizá sí, ella vivía de la esperanza. Tal vez en esta ocasión encontrarían un hueco.

Recuerdo su estilazo a pesar de la edad, su camisa bien planchada, su chaleco de tweed… De pronto me agarró de la mano. –Muchacha, en mi bolso está mi pintalabios. Por favor, píntame los labios. No sea que esta vez sí vengan y no me vean guapa. Todavía hoy puedo sentir el escalofrío.

Entre el traqueteo de la ambulancia busqué el pintalabios y se los pinté como pude. Rojos, bien rojos.

Llegamos al destino y aquella mujer entró en Urgencias dolorida, asustada y frágil, pero con sus labios perfectamente pintados por si aparecían sus hijos.

No supe nunca cómo terminó la historia. Mi trabajo acababa allí. Sólo me quedaba entregar sus pertenencias y marcharme. Pero tantos años después, algunos días sigo pensando en ella. Aquella mujer me enseñó, sin saberlo, mucho.

Pasamos buena parte de la existencia acumulando aquello que, llegado cierto momento, deja de importar. Al final, siempre esperamos personas.

Este verano, paseando, me encontré con Juan, el marido de Lola –que en paz descanse ella–. Juan tiene noventa y tres años y nos pusimos a hablar de la vida.

Y volvió a suceder. Otra vez aquel brillo y otra vez los recuerdos alimentando el alma de un hombre anciano.

Me contaba: «Por aquí paseaba yo con Lola cuando éramos novios», «Cuando me fui con mi hermano de viaje...», «Cuando tenía treinta y cinco años trabajaba de administrativo y echaba unas horas tremendas, no sé en qué estaba pensando, casi no veía a mis hijos». Todo tenía personas dentro. Todo.

Existe una forma de vivir, de la cual nos olvidamos con frecuencia, que no consiste permanentemente en conquistar, producir o satisfacer necesidades, sino también en regalar y en habitar.

Una canción en nuestra vida es importante porque alguien nos la cantaba o porque la hemos bailado con nuestro mejor amigo o porque nos recuerda a nuestro padre.

Es increíble que nuestra civilización contemporánea, tan extraordinariamente eficaz para fabricar objetos, acelerar procesos, multiplicar posibilidades y convertir el tiempo en una sucesión de tareas, padezca precisamente una cierta dificultad para comprender esa verdad: dar y habitar.

Las cosas pueden cobrar sentido si son las personas quienes les otorgan significado.

A estas alturas uno empieza a sospechar que buena parte de nuestra manera de vivir está construida sobre una inversión bastante absurda de las prioridades. Hasta el ocio se ha vuelto productivo en muchos casos, meramente productivo. Pues corremos para estar en forma y leemos para aprender. Nos cuesta enormemente hacer algo que no produzca nada. Y, sin embargo, una parte primordial de la existencia humana comienza precisamente allí donde termina la utilidad.

Josef Pieper escribió páginas memorables sobre esa disposición interior que permite al hombre recibir el mundo en lugar de conquistarlo continuamente, esa capacidad de aceptar que no todo lo valioso nace de nuestra voluntad ni depende de nuestro esfuerzo. Hay realidades que únicamente pueden ser recibidas, como la belleza, la amistad, el amor, la gracia, la gratitud.

Somos unos zoquetes, pues una civilización incapaz de recibir, obsesionada únicamente con hacer, termina paradójicamente incapacitada para disfrutar de aquello que tanto esfuerzo emplea en conseguir, la felicidad. Tal vez, por eso estamos siempre tan cansados.

Los hombres ancianos cuyos ojos brillan cuando recuerdan han conocido probablemente enfermedades, fracasos, pérdidas, humillaciones y entierros. Han experimentado la pedagogía brutal del transcurso de la vida, la cual nos enseña que somos vulnerables y que nada de cuanto amamos nos pertenece completamente.

Ayer pasé por las mismas calles que recorrió Juan cuando era joven. Él, a día de hoy, las atraviesa cargadas de memoria. Yo todavía las atravieso intentando llenarlas de futuro. Y entre los dos no existe una diferencia esencial, sino apenas unos cuantos decenios.

Y entonces me pregunto, entre una dosis de esperanza y vértigo, ¿por quién, con quién, ante quién, brillarán mis ojos si Dios me concede llegar algún día a la vejez?

Barrunto que una simple preposición esconde casi todo el jugo de una vida buena y bien vivida. Pues como dice el libro de los Proverbios: «La luz de los ojos alegra el corazón» y viceversa.