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Michel FoucaultEl Debate

El Debate de las Ideas

La nada: el ídolo de Foucault

Este mes de octubre se cumple el centenario del nacimiento de Michel Foucault. Ya influyente en vida, cuarenta y dos años después de su muerte, mientras que contemporáneos suyos como Derrida han quedado relegados al olvido, Foucault sigue siendo alguien a quien los académicos tienen que tener en cuenta. Desde el poscolonialismo hasta la teoría queer, sigue siendo una de las figuras más citadas e influyentes en las humanidades. De hecho, las remodeló a su imagen y semejanza. Tras Foucault, somos más conscientes de los factores culturales que conforman el conocimiento, somos más sensibles a cómo las historias del pasado sirven a fines políticos en el presente (y se ven moldeadas por ellos), y somos más recelosos ante un poder omnipresente, a menudo invisible e imposible de resistir.

Si Foucault hubiera vivido en nuestros días, sin duda habría visto reafirmado su pensamiento en aspectos clave. No le sorprendería la transformación de Internet, que ha pasado de ser un espacio de libertad a convertirse en un lugar de algoritmos y vigilancia. Consideraría nuestra actual confusión sobre qué significa —si es que significa algo— el ser humano como la última versión de una obsesión de la Ilustración. Vería la crisis del COVID, desde su lenguaje militarista hasta el uso de la «ciencia» y los «expertos» como medios de control social, como un claro ejemplo de «biopolítica», es decir, el uso de la medicina para definir, acorralar y controlar. Y sería fascinante saber qué pensaría sobre el estado actual del movimiento LGBTQ. Sí, su pensamiento ayudó a derribar el viejo esencialismo de lo que denomina despectivamente «heteronormatividad». Pero el propio movimiento LGBTQ utiliza ahora un lenguaje del tipo «yo nací así» —un lenguaje esencialista que trata la sexualidad como algo innato y fijo— para mantener su propio poder cultural. Nunca sabremos con certeza cómo se habría posicionado Foucault respecto a este desarrollo, pero la oposición LGBTQ a, por ejemplo, las terapias de conversión, parece basarse en una forma de esencialismo vulnerable a ser desmontada con las mismas categorías foucaultianas que hicieron posible la revolución queer.

Sin embargo, por muy brillante que fuera, en el caso de Foucault la cuestión de la vida y el pensamiento se impone a los lectores con cierta urgencia. Tenía un lado oscuro y siniestro. Parece que siempre estuvo al borde de la locura. Su vida homosexual en secreto le llevó a sufrir intentos de suicidio y crisis nerviosas en su juventud. Tras salir del armario en la década de los setenta, se sumergió en el mundo del BDSM y de las saunas, anticipándose a los pervertidos excesos de la actual anarquía sexual. Incluso hay indicios —discutidos pero convincentes— de que viajó a África para pagar por mantener relaciones sexuales con menores en cementerios y de que contagió a otras personas con el virus del sida a sabiendas.

Por supuesto, el mundo de los intelectuales de talento está repleto de figuras cuyas vidas privadas se caracterizaron por excesos sexuales. Pero Foucault sigue siendo un caso extremo. Y sus predilecciones sexuales, caracterizadas como estaban por la transgresión, el dolor, la dominación, la sumisión y los coqueteos con la muerte, encajan con demasiada claridad en sus intereses académicos como para que ambos puedan separarse nítidamente. No era un físico de partículas al que simplemente le gustaba

frecuentar clubes de bondage después de que el laboratorio cerrara por la noche. Había una profunda continuidad entre su filosofía y su forma de vida. La primera le proporcionaba la legitimación teórica de la segunda.

Había también un profundo nihilismo subyacente en su pensamiento que excluía cualquier sentido de valor moral. En vida, se presentaba como un hombre de izquierdas, pero eso era fruto del contexto, no de una convicción. Su crítica al poder lo convertía en una figura de oposición, y la Francia de su época —la de De Gaulle y, posteriormente, la de d’Estaing— tendía más hacia la derecha. Fue comunista durante un breve periodo y coqueteó con el maoísmo, pero en el fondo carecía de una visión política estable y positiva. Sus comentarios sobre la Revolución Iraní resultaron ridículos en su momento y lo parecen aún más hoy en día, aunque estaban en consonancia con su falta de norte moral. En una entrevista publicada en Il Contributo en 1980, el entrevistador le preguntó si consideraba que la democracia era mejor que el totalitarismo. Para gran frustración del entrevistador, Foucault no dejó de eludir la pregunta. Esto era coherente con su compromiso con un enfoque genealógico de la historia que eludía la cuestión de la verdad; pero también ponía de manifiesto el nihilismo impotente de su pensamiento. De hecho, en un ensayo sobre Nietzsche y la genealogía, citó el comentario del filósofo sobre la historia como carente de forma providencial y de un destino con sentido, no siendo más que el resultado de «la mano de hierro de la necesidad agitando los dados del azar». Pues bien, si la historia no significa nada, tampoco quienes la hacen.

Fue ese vacío el que marcó su final. En su novela Al amigo que no me salvó la vida, Hervé Guibert narró su amistad con un hombre, Muzil, y las dificultades a las que ambos se enfrentaron tras contraer el sida. Muzil era Foucault, y la «novela», unas memorias apenas disimuladas.

La descripción que hace Guibert del sufrimiento físico de Muzil en sus últimos días es desgarradora, pero lo más inquietante es su relato de una visita que le hizo al hospital cuando se acercaba el final:

Muzil estaba sentado frente a la ventana soleada, en un sillón reclinable de imitación de cuero blanco, en aquella habitación que apestaba a pescado frito, en el silencio de aquel hospital desierto durante el fin de semana de Pentecostés. Evitó mirarme a los ojos y dijo: «Siempre piensas que, en cierto tipo de situaciones, encontrarás algo que decir al respecto, y ahora resulta que, al fin y al cabo, no hay nada que decir».

Ante la muerte, Foucault permaneció callado. El hombre que rehizo las humanidades a su imagen y semejanza y que inspiró millones de palabras a sus numerosos epígonos, murió sin nada que decir. Nada.

Cuando leí por primera vez ese pasaje, me vino a la mente el salmo 115. Tras describir los ídolos sin vida que los hombres fabrican y adoran, el salmista llega a una conclusión devastadora: quienes los hacen serán como ellos. Y Foucault había hecho un ídolo de la nada. Así, a pesar de sus fascinantes ideas, su deslumbrante intelecto y su enorme influencia, fue su nihilismo el que tuvo la última palabra, o quizás mejor dicho, el que le despojó de sus últimas palabras.

Publicado originalmente en First Things.