Chéjov, Hemingway y Maupassant
La paradoja de la inmediatez: ¿por qué preferimos novelas de 500 páginas a relatos de 10 minutos?
Cristina Fernández Cubas, flamante Premio Cervantes, es una fiel cultivadora del formato literario que en otros tiempos gozó de gran popularidad y éxito
Muchas veces, cuando uno habla de leer o de escribir cuentos, los interlocutores piensan que se refiere a cuentos infantiles. El pobre cuento no tiene quien le lea, como el coronel de García Márquez no tiene quien le escriba. Cristina Fernández Cubas, reciente ganadora del Premio Cervantes, tampoco, pero el prestigio del galardón confirma la importancia del género.
Los novelistas sí escriben cuentos. Lo han hecho siempre. Hay cuentistas por encima del novelista como Fernández Cubas, Carver, Hemingway o Maupassant y cuentistas por debajo del novelista o del dramaturgo. Dylan Thomas era un poeta y un escritor de cuentos. Alice Munro era una cuentista que ganó el Nobel como Fernández Cubas el Cervantes.
Pero los libros de cuentos no son «bestsellers» ni gozan de popularidad entre el público lector más allá del especializado. La incomprensión nace en el mismo hecho de que el cuento se asocia con lo infantil. Con las obras de Hans Christian Andersen, por ejemplo.
Pero hay cuentos para adultos, por supuesto. El género del cuento. Borges no escribió nunca una novela porque pensaba que no hacía falta escribir 300 páginas cuando lo que se quiere decir se podía escribir en diez.
El cuento o relato corto no es, ni mucho menos, un género menor, sino en muchas ocasiones uno mayor por su necesidad de precisión. Algunas reflexiones de maestros de la literatura atienden esta cuestión con su prosa explicativa.
Uno de los mayores genios del cuento de la historia, Chéjov, popularísimo en su tiempo por sus publicaciones en las revistas literarias de Rusia, escribió: «Si en el primer acto has dicho que hay un rifle colgado en la pared, en el segundo o tercero este debe ser disparado. Si no se va a disparar, no debería estar colgado ahí».
Es la idea de la precisión donde nada sobra. Lo decía el mismo Borges: «A diferencia de la novela, que puede admitir ripios y pasajes de transición, el cuento exige una tensión continua y que cada detalle sea significativo, distrayéndonos de la vida cotidiana hacia un universo compacto».
Pero por la parte del lector, en el XXI, ¿por qué no es el género preferido, o al menos mucho más leído, con más fama y generador de mayor interés y afición, en la época de la inmediatez? Se ven vídeos cortos. Se escriben mensajes cortos, se ven series de televisión cortas, episodios cortos... pero ¿por qué no se leen relatos cortos? Si triunfa todo lo corto, ¿por qué no triunfa el cuento entre los lectores?
Quizá tenga que ver con el grado de la superficialidad de lo corto. Precisamente por su cortedad, la lectura del cuento exige una atención y una concentración que chocan con la dispersión de la actualidad. Un buen cuento no se puede leer como se mira un vídeo de TikTok, sino más bien todo lo contrario: exige un esfuerzo, exige pensar, reflexionar...
Casi se podría decir que el cuento, a pesar de su brevedad, es lo contrario a lo disoluto de la época de la inmediatez. El cuento no produce estímulos rápidos, sino que hay que buscarlos. Nada tiene que ver con las novelas superficiales que enganchan y que se estilan y triunfan en una narración lineal sin obstáculos.
El cuento es en sí mismo un obstáculo. Las novelas de éxito actuales son, mayormente, piscinas, mientras los cuentos son fosas abisales. Esto no es bueno para la venta. El público no quiere sumergirse en la oscuridad porque prefiere tomar el sol en la playa y remojarse en la orilla cuando hace calor.
Es habitual, además, que el cuento no ofrezca certezas, sino incertidumbres. Que nada quede claro al terminarlo, que sean varias las posibles conclusiones. Una indefinición poco popular al contrario que la novela: muchas páginas ligeras frente a las pocas y pesadas del relato. Pese a las apariencias, el pequeño cuento pesa y el lector del XXI, acostumbrado mayormente a lo insustancial y lo liviano, no está dispuesto a cargar con él.