29 de septiembre de 2022

Portada de «Un tiempo entre luces» de Eduardo Baura

Portada de «Un tiempo entre luces» de Eduardo BauraLa Ergástula

'Un tiempo entre luces': la Edad Media, ¿una época oscura?

Mediante una concienzuda investigación, Eduardo Baura García muestra cómo entre los siglos XIV y XVI los humanistas italianos construyeron el concepto de «Edad Media» y le imprimieron un sello indeleble de negatividad aún plenamente vigente

El término aquilatado a través de los siglos para referirse al periodo de la historia occidental enmarcado entre el año 476 d.C., en que fue depuesto Rómulo Augústulo por el caudillo Odoacro, y el año 1492, en que Cristóbal Colón arribó a la isla de San Salvador, es el de Edad Media.
Este término castellano podría considerarse neutral, «lo que está en medio», sin más, pero lo cierto es que la idea que se transmite no es otra que la de un parón, un mancha que emborrona un continuum que es el que realmente importa, y que, en palabras de Eduardo Baura, autor de Un tiempo entre luces (La Ergástula, 2022), «su propio nombre, que remite a un periodo cuya característica principal consiste en estar a mitad de camino entre otros dos periodos históricos que sí merecen una denominación característica y de resonancias más positivas: la Edad Antigua y la Edad Moderna».
En este volumen el autor no pretende justificar la mala prensa de la Edad Media, sino profundizar en las obras y en la mentalidad de los que, ya en el siglo XIV (es decir, en la misma Edad Media) consideraban su tiempo presente y el inmediatamente anterior como un tiempo sobrante, un parón, una mancha.
El principal representante: Francesco Petrarca, quien cantó la gloria de Roma, se refugió en los antiguos autores latinos, despreció la Escolástica y «llamó de nuevo a las musas de su exilio», en palabras del propio poeta, y reproducidas por el autor. A Petrarca le siguieron muchos, fieles herederos de su pensamiento, como Giovanni Boccaccio, Filippo Villani o Coluccio Salutati entre otros, quienes, como señala Baura García, fueron añadiendo pinceladas de su propia cosecha en el primer humanismo de finales del siglo XIV.

Un manual sin igual en castellano para entender cómo se construyó la imagen de decadencia intrínseca al concepto de Edad Media

Estos autores compartían un conjunto de ideas bastante similar, como señala el autor, donde destaca un republicanismo político que intentaba hacer herederas a las ciudades italianas de la antigua República romana de los Escipiones, contraponiéndola a su vez con la idea de Imperio, que –esgrimiendo la excusa de la crítica a los malos emperadores que provocaron la caída de Roma– escondía el ataque al emperador alemán de su tiempo; y la idea de la desvirtuación (e incluso degeneración) de la lengua latina por los bárbaros. Algunos herederos de Petrarca, como Leonardo Bruni o Flavio Biondo vieron en la posterior caída de Roma el comienzo de mil años de oscuridad cultural, concibiendo, en palabras de Baura, que la degradación «se había extendido, en su opinión, a todas las ramas de la cultura».
La exposición realizada en este volumen por Eduardo Baura –sintética adaptación de tesis doctoral que consigue hacer abordable al público general un tema harto complejo–ofrece un manual sin igual en castellano para entender cómo se construyó la imagen de decadencia intrínseca al concepto de Edad Media y cómo se ha transmitido hasta nuestros días. Además, el autor no se limita a exponer la construcción de esta visión negativa y maniquea por los humanistas italianos, sino que confronta su visión con la posibilidad de que las cosas no fueron en absoluto como pretendieron hacer ver en sus obras y escritos.
Portada de «Un tiempo entre luces» de Eduardo Baura

La Ergástula / 380 págs.

Un tiempo entre luces

Eduardo Baura

No cabe otra cosa que pensar en una incómoda realidad: Petrarca, Boccaccio o Biondo, en quienes se inspirarían los ilustrados del siglo XVIII como Edward Gibbon para volver a clamar por la grandeza perdida de la antigua Roma, hubieron de extraer sus conocimientos de lengua y literatura latinas, retórica y filosofía, además del republicanismo político de Cicerón y Salustio de que tanto hacían gala, de algún sitio ¿no? ¿Es posible que la «decadente» Edad Media hubiera conservado, transmitido e, incluso, aprendido de todo ello? ¿Es posible que se hubiera mantenido una conexión con el mundo antiguo que, lejos de cortarse y depravarse con la llegada de los pueblos germánicos, se aumentara y guardara para entenderse como el culmen de la cultura y la educación?
Evidentemente son preguntas retóricas, pues no hay duda de que fue así. Como en más de una ocasión señala Baura García, es en instituciones puramente medievales como los monasterios y las universidades (nacidas al abrigo de las catedrales) donde se copiaba, leía, aprendía y guardaba todo el saber de la antigüedad. Seguramente la principal diferencia existente entre un pensador medieval y uno renacentista no sea el nivel de conocimiento de los clásicos, sino más bien el reconocimiento a los que se preocuparon de enseñarlos. Por ello Petrarca renegaba de los que le habían precedido, mientras que, como recogía Juan de Salisbury en su Metalogicon, «decía Bernardo de Chartres que somos como enanos a los hombros de gigantes. Podemos ver más, y más lejos que ellos, no por la agudeza de nuestra vista ni por la altura de nuestro cuerpo, sino porque somos levantados por su gran altura».
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