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Juan Antonio Ortega

Juan Antonio OrtegaJosema Visiers

‘De Derecho, Política y Democracia (1962-2024)’: un «centrista» en 164 piezas

Colección de artículos de Juan Antonio Ortega que conforma un valiosísimo testimonio de una época y un fecundo material ya desbrozado para el trabajo historiográfico

Aunque resulte una obviedad apuntarlo, las leyes fundamentales del franquismo no permitieron nunca los partidos políticos, por lo que los grupos de la llamada «oposición democrática» fueron siempre ilegales. No obstante, en los años sesenta del pasado siglo cada vez se hacía más llamativo el desajuste entre el desarrollo económico del país y un sistema político, por autoritario, marcadamente anacrónico. Fue entonces cuando aparecieron los «aperturistas», aquellos sectores más dialogantes (y menos hipotecados por el recuerdo lacerante de la Guerra Civil) dentro del régimen. Pretendían implantar unas asociaciones políticas que sirvieran para la ampliación del sistema representativo. Quizá sea excesivo hablar en todos los casos de impulso democrático, pero sin duda aquello constituyó el principio de la pre-transición que, a la larga, facilitó puentes tanto con los reformistas como con los partidarios de la ruptura en lo que un historiador ha denominado la «convergencia de los moderados». La Transición democrática tras la muerte de Franco representó su mejor y más afortunada consecuencia.

Cubierta De derecho

Congreso de los Diputados (2024). 444 páginas

De Derecho, Política y Democracia (1962-2024)

Juan Antonio Ortega y Diaz-Ambrona

La línea que separaba entonces el reformismo de la oposición tolerada en ocasiones se presentaba muy difusa. Los favorables a los cambios trataban de moverse dentro del orden «constitucional». Sin embargo, por causa de la prohibición de las citadas asociaciones, que sólo se aprobaron en el ocaso del franquismo, debían acudir al «uso de canales alternativos para la discusión política, que incluían encuentros privados, publicaciones (periódicos y revistas), grupos de estudio y clubes (que normalmente se formaban en torno a una publicación), sociedades mercantiles y asociaciones culturales». La cita, que ya hemos utilizado en otra ocasión, es de Cristina Palomares, quien en su libro Sobrevivir después de Franco (Alianza Editorial, 1996) se ocupó de aquel «retorno de la sociedad civil» española.

La obra que nos ocupa es bien expresiva de la utilización de un «canal alternativo» e inequívoco poder fáctico como fue la prensa periódica. Juan Antonio Ortega y Díaz-Ambrona aborda así una compilación de sus principales colaboraciones periodísticas de carácter político desde 1962. Y lo hace tras espigar 217 textos que finalmente quedan en los 166 que figuran en el libro. El propósito pasa por presentar «un conjunto trabado» de sus opiniones «en pro del mantenimiento y conservación en España de una democracia plena» (pág. 23) siempre desde una posición templada, «centrista».

Letrado del Consejo de Estado y miembro descollante de los Tácito, cuya obra sobre el grupo ya glosamos, Ortega representa un caso paradigmático de quienes abogaron por la democratización plena de España con un pie en la resbaladiza crítica propia de la oposición tolerada (militó en la Izquierda Democrática de Ruiz-Giménez) y otro en la meritocrática alta administración del Estado. A lo último, que le conduciría desde la dirección técnica del Instituto de Estudios Administrativos durante la Presidencia de Arias Navarro hasta portar dos carteras ministeriales en los Gobiernos de Suárez y Calvo Sotelo, ya le ha dedicado dos libros testimoniales: Memorial de transiciones (1939-1978) y Las transiciones de UCD: Triunfo y desbandada del centrismo (1978-1983).

En De Derecho, Política y Democracia (1962-2024) el autor ofrece una perspectiva distinta, pero complementaria. Agrupando los distintos artículos por apartados temáticos (y un corolario de semblanzas personales), Ortega apenas introduce unas muy escuetas acotaciones para enclavar las piezas o, mejor aún, introducir jugosas sugerencias de «autocensura» por parte de los directores de los periódicos en el tardofranquismo. Y es que, efectivamente, la Ley Fraga de 1966 había eliminado la censura previa, si bien trasladando a los responsables de revistas y periódicos las consecuencias represivas de aquellas opiniones heterodoxas o simplemente comprometidas para el poder. Cuadernos para el Diálogo y Ya, durante el franquismo, y Diario 16 y El País, durante la democracia, son las cabeceras más frecuentadas en esta selección por un autor que en muchas ocasiones utilizó los pseudónimos de Tácito (colectivo) y Pedro de Valencia (individual). Junto a tribunas bien conocidas como «Los sucesores de Franco», que supuso el procesamiento del director del Ya en el Juzgado de Orden Público, abundan otras poco estudiadas. Constituyen estas el valiosísimo testimonio de una época y un fecundo material ya desbrozado para el trabajo historiográfico.

En la parte que por (de)formación más nos interesa, destacan muchas colaboraciones orientadas a la reforma política de las instituciones franquistas a partir de las posibilidades brindadas por la Ley Orgánica del Estado de 1967 (separación de la jefatura del Estado y la presidencia del Gobierno, incremento del tercio familiar de procuradores en Cortes, elección de representantes municipales o el citado asociacionismo político). Muy en especial llama la atención la clarividencia en el análisis de las diferentes posturas políticas en el tramo final de la dictadura (véase el artículo publicado en el Ya el 13 de mayo de 1972) que no deberían desatender los historiadores del periodo.

Por lo demás, las restantes colaboraciones recogidas, que ya en democracia abordan asuntos diversos como la Corona, la reforma de la Constitución, la educación o la identidad nacional de España, permiten calibrar la coherencia intelectual (y, por tanto, vital) del firmante. En su particular descargo de conciencia, Dionisio Ridruejo afirmó haber sido fiel a las «ideas-fines», pese a su radical desembarazo y sustitución de las «ideas-medios». Sin duda, no resultaba fácil explicar una trayectoria que le había conducido desde los arrebatos totalitarios del filonazismo y la División Azul a la oposición antifranquista socialdemócrata. En el caso de Ortega, por el contrario, parece resultar muy fácil. Le basta con abstenerse de actualizar su ideario comentando sus expresiones de ayer. Es algo más que una impresión: este libro atestigua la equilibrada fidelidad a unas «ideas-fines» sin que se acuse en ningún momento un amoldamiento de las «ideas-medios». Una pluma limpia y precisa, que sabe traducir los más difíciles conceptos, y la fidelidad a unos pocos principios inmarcesibles son una enseñanza inapreciable para estos tiempos tan absurdamente convulsos como lamentablemente ramplones.

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