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El escritor ruso Yuri Buida

El escritor ruso Yuri BuidaCedidas por Automática Editorial

Entrevista Yuri Buida (escritor ruso)

«Decían que en Rusia había 20 millones de comunistas, pero muchos dejaban de serlo al salir del trabajo»

  • Buida es uno de los autores más prestigiosos de la literatura rusa contemporánea, una figura interesante que nació en Kaliningrado y tuvo familia viviendo en Ucrania mientras él residía en Moscú

  • Ladrón, espía y asesino es su autobiografía novelada y acaba de ser publicada en español por Automática Editorial

Analizado desde la perspectiva actual, el escritor ruso Yuri Buida (Znamensk, 1954) reúne una serie de características que hacen más atractiva su literatura. Por un lado, nació en la región de Kaliningrado, antigua Prusia oriental e integrada en Alemania como Konigsberg hasta la Segunda Guerra Mundial, cuando, tras la derrota del nazismo y atendiendo al reparto acordado en la conferencia de Postdam, pasó a formar parte de la Unión Soviética. Territorio que sigue formando parte de Rusia a pesar de no compartir frontera.

Su abuela era natural de Ucrania y sus padres se mudaron allí desde Kaliningrado en los años 80. Mientras tanto, Buida, que soñaba con que sus textos fuesen publicados algún día en su país natal, decidió labrar su futuro más cerca del Kremlin, en Moscú, ciudad en la que sigue viviendo y escribiendo. Tuvo la suerte de que su padre trabajara en una fábrica de papel, adonde iban a parar muchos de los ejemplares censurados por el gobierno soviético; así completaba sus lecturas en la biblioteca pública. La literatura no siempre lo tuvo fácil en el bloque del este.

«Mi sensación permanente era que, en lugar de vivir una vida propia, yo transitaba por una existencia ambigua, indefinida», dice Buida en Ladrón, espía y asesino (Automática editorial, 2026), su autobiografía novelada que ahora se edita en español y motivo por el que mantiene una conversación con El Debate. La conexión a internet no es buena. Mientras esperamos a que Yuri se conecte a la videollamada, su traductora, Yulia Dobrovolskaya, comenta que «ahora es todo muy difícil» para hablar con la gente que está allí, «tiene que ser a la hora convenida y siempre conectado a VPN». «¡Aleluya!», dice mientras se ve aparecer a Yuri al otro lado de la pantalla.

– ¿Qué libros sí estaban en las estanterías de la biblioteca pública de Znamensk?

– Era una biblioteca muy rica. Había muchos escritores españoles, sin hablar de Cervantes. Estaba Miguel Delibes, Camilo José Cela, Fuentes (que no es español pero sí traducido del español)... y también toda la literatura clásica mundial.

– ¿Y cuáles eran los que no estaban pero sí se encontraban en los vertederos de la URSS?

– Del vertedero yo tenía Un día en la vida de Iván Denísovich, de Aleksandr Solzhenitsyn, que encontré allí una de las primeras ediciones en tapa blanda que tuve que tapar por todas partes con celo para que no se deshiciera. Lo leí con trece años y en la biblioteca pública no estaba.

– Mencionas a Solzhenitsyn y es un autor que me recuerda a cómo en Rusia siempre se ha analizado minuciosamente la literatura desde la esfera política y, dependiendo del momento histórico, un escritor odiado pasaba a ser amado, o al revés.

– Bueno, actualmente en Rusia en una biblioteca puedes encontrar cualquier libro. Y en aquellos tiempos los libros más demandados eran novelas románticas o novela negra, o Alejandro Dumas, por ejemplo. La literatura actual y del momento no estaba tan solicitada. Y, bueno, esto se percibía como que era lo que había, no teníamos otra vida.

El escritor Yuri Buida

El escritor Yuri BuidaCedidas por Automática Editorial

En la biblioteca de mi infancia había muchos escritores españoles, no solo Cervantes, estaban Delibes, Cela...

– Tu autobiografía, que se acaba de publicar en español, lleva por título una cita de Goethe que decía que un escritor es ladrón espía y asesino, y lo explicas en el libro. No sé si también es la forma en la que te sentías cuando decidiste quemar tus textos y diarios al marcharte de Kaliningrado...

–En cierto modo sí. La cuestión es que todo lo que quemé es lo que yo consideraba malo, malo en el sentido de mal escrito. Sí conservé un par de cuadernos donde había textos, o pequeños textos sin desarrollar, y que sí consideré que eran útiles. ¿Para qué cargar con lo demás si no servía para nada?

– Cuentas que en los años 80 no confiabas en que tus textos llegarían a ser publicados en Rusia, ¿para quién escribías entonces?

– Pues en parte escribía para mí. Aunque es cierto, esto lo cuento en el libro, que en aquella época había escrito una obra que estaba, digamos, correcta en sentido ideológico y la había aceptado una editorial para publicar. Pero entonces pensé que yo no quería entrar en el mundo de la literatura con ese texto y también lo quemé.

– Al comienzo de la novela dejas entrever el silencio social de la generación de tus padres. De esa generación que había vivido la guerra, la represión, los gulag... pero no hablaban de ello. ¿Cuándo dejó de ser un tema tabú?

– La situación cambió en 1985 o 1986. Antes había autores que nunca se publicaban, no solamente los de entornos soviéticos, sino autores como Nabokov, por ejemplo. El caso de Kafka también es llamativo; encontrar a alguien que tuviese una edición de Kafka era muy extraño. El proceso de Kafka en el mercado negro costaba 300 rublos y en esa época mi sueldo mensual era de 150 rublos. Un libro costaba el sueldo de dos meses de un trabajador como yo que tenía un puesto bastante importante. A principios de los 90 ya había de todo. La economía iba cuesta abajo pero el mercado editorial florecía. Y a todo el mundo le parecía normal, como si la época anterior no hubiera existido.

– Y a día de hoy, ese silencio social, aquellos temas prohibidos, ¿se omiten o forman parte de la historia de Rusia?

– Ahora no hay temas prohibidos, hay bastante literatura entre la comunidad científica, entre historiadores, economistas, politólogos. Todo es accesible. Pero a la gente no le interesa todo esto. Lo que sí fue un período traumático, son los años 90, que representan un trauma muy profundo y que todavía no se ha superado. Hacia esa parte de la historia sí hay un rechazo.

Yuri Buida, autor de 'Ladrón, espía y asesino'

Yuri Buida, autor de 'Ladrón, espía y asesino'Cedidas por Automática Editorial

En los 60, entre un grupo de amigos que se reunía para tomar unas copas la primera condición era no hablar de políticaYuri Buida

– ¿Por qué fueron tan traumáticos esos años? Lo que contrasta con que sea una época de florecimiento de la literatura...

Millones de personas vivían su vida, con sus sentimientos, sus amores, sus alegrías. Decían que había 20 millones de comunistas, pero en realidad comunistas como mucho estaban los que formaban el bureau político del partido. Muchos eran miembros, pero dejaban de serlo al salir del trabajo. En agosto de 1991 hubo un golpe de estado del ala comunista más duro y hubo enfrentamientos militares en Moscú [un complot comunista para lograr la destitución de Gorbachov y frenar la Perestroika, la reforma económica de la URSS y que se considera influyó en su desintegración]. Si te acuerdas, esto llevó a Yeltsin al poder. Pero en aquel momento no hubo ni un comunista a pie de calle defendiendo el poder comunista ni el modo de vida comunista. Estas eran las diferencias entre los tópicos que salían en la prensa y la vida real.

– Eras periodista en aquellos años, ¿cómo se trabajaba?

–El trabajo consistía en aprender unos cuantos clichés y saber utilizarlos, los textos tenían que entrar en un marco determinado. Pero mi trabajo periodístico coincidió con la Perestroika y el objetivo era buscar la forma de atraer a la gente al partido. Por ejemplo, había gente que se ofrecía a hacerse miembro del partido a cambio de un apartamento, porque no había dinero para comprar. El 99 % se olvidaba del contenido ideológico de la palabra comunista de puertas para dentro. Pero bueno, en los años 60 o 70, por ejemplo, para un grupo de amigos que se reunía a tomar unas copas o bailar, la primera condición era no hablar de política.

– No quiero alargar mucho, pero es interesante también hablar de la región en la que has nacido, en Kaliningrado, originalmente Prusia oriental; un territorio que en el reparto después de la segunda guerra mundial pasó a formar parte de Rusia aunque no tenía fronteras naturales con la república matriz de la URSS. ¿Os sentíais desconectados?

–A pesar de no estar en contacto directo con Rusia, estábamos rodeados de otras repúblicas nacionales y hay que tener en cuenta que en la Unión Soviética no había fronteras interiores ni separaciones. Ucrania, Bielorrusia, Lituania, todo era lo mismo. Por eso cuando en 1954 [Nikita] Jrushchov [al frente del Presidium del Sóviet Supremo, máxima autoridad legislativa de la URSS] entrega Crimea a Ucrania no fue una decisión política, fue una decisión logística, porque así era más fácil organizar los suministros de gas, por ejemplo, en un punto determinado. Los que ahora dicen que fue una tragedia, que no lo tenía que hacer, pues nada que ver. Él hizo lo que consideró necesario. Por eso digo que no había sensación de aislamiento, todo formaba parte de un todo. Lo que sí era peculiar en Kaliningrado es que el 100 % de la población eran colonos, gente que se trasladó de países colindantes y que se juntaron en un territorio que terminó teniendo 152 lenguas cooficiales.

– ¿Y el contexto actual? Tenías, por ejemplo, familia viviendo en Ucrania, país con el que ahora estáis en guerra. O bueno, creo que en Rusia no lo llamáis guerra, pero...

–Bueno, ya se llama guerra, ¡por fin! (ríe).

– ¿Y cómo ves esa situación teniendo en cuenta las particularidades dentro de tu familia?

–Mis padres se mudaron a Ucrania a finales de los años 80, seguía existiendo la Unión Soviética. Vivieron durante años las primeras reformas en Ucrania, murieron y fueron enterrados en Górlovka, donde se habían instalado, en la región del Donbás [Górlovka fue una de las ciudades más disputadas entre Rusia y Ucrania desde el año 2014 y hasta la invasión rusa de 2022]. El cementerio donde están enterrados fue asediado por las bombas. Mi hermana, que también vivía allí, aguantó lo que pudo y luego se fue, primero a Moscú y luego a Canadá. Y esta es la realidad, no solo la de Yuri Buida, si no la de miles de personas.

– En una entrevista hace bastantes años mencionabas una frase de Pushkin, para hablar de los años 90 en Rusia, que decía que «hay que atender al bien y al mal con indiferencia». ¿Ahora se puede mirar todo lo que está pasando con indiferencia?

–Hay que tener en cuenta que Pushkin escribía hace 200 años y cuando él habla de indiferencia se refiere a objetividad, a la capacidad del historiador de escuchar todas las partes, de recibir toda la información y volcarla, a resistir a cualquier cosa; y en eso sí estoy de acuerdo.

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