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Soldados sobre el golfo de Finlandia, que rodea Kronstadt, en marzo de 1921

Soldados sobre el golfo de Finlandia, que rodea Kronstadt, en marzo de 1921Imágenes tomadas por el cineasta soviético Dziga Vértov

El motín de Kronstadt, la rebelión de rojos contra Lenin que supuso el sangriento inicio del régimen comunista

El escritor ruso Mijaíl Kuráyev, cuya primera novela recoge este episodio histórico en la isla de Kotlin, cuenta cómo el régimen leninista trató de maquillar este episodio como una conspiración extranjera contra Rusia

Apenas tres años después del triunfo de la Revolución de octubre de 1917, el Gobierno bolchevique encabezado por Lenin y Trotski empezaba a perder adeptos. A la delicada situación económica que atravesaba Rusia, derivada del comunismo de guerra, se le sumó el descontento social ante el autoritarismo creciente que el Partido Comunista ejercía sobre aquellos que osaban alzar la voz contra las injusticias sufridas.

Si en febrero de 1921 arrancaron las huelgas obreras en Petrogrado, fuertemente reprimidas por el Gobierno, el 1 de marzo fueron los grandes aliados de la revolución –los marinos de Kronstadt– quienes se rebelaron amotinándose en esta ciudad fortificada enclavada en la isla de Kotlin; una península de poco más de 12 kilómetros de largo y 1,5 de ancho en el Óblast de Leningrado, frente a San Petersburgo, en la que todavía pervive esta fortaleza que es la principal base naval rusa del Báltico.

El resultado fue una masacre que dejó miles de muertos bajo el rodillo leninista y que Mijaíl Kuráyev (Leningrado, 1939), considerado uno de los grandes escritores de la Rusia contemporánea, dejó plasmado en su primera novela, El Capitán Dikshtein (publicada en español en Automática Editorial). El motín de Kronstadt «no fue causado por factores externos y hostiles a la revolución de octubre, fueron los rojos quienes se levantaron contra los rojos» y por eso los bolcheviques se afanaron en ocultar este oscuro episodio que dejaba entrever la deriva que tomaría el régimen en el futuro.

Los acorazados encallados en el hielo en la fortaleza de Kronstadt

El acorazado Sebastopol, cuya tripulación participó en el motín de la fortaleza de KronstadtImágenes tomadas por el cineasta soviético Dziga Vértov

«La mención del motín nunca estuvo totalmente prohibida, pero se hacía de forma tangencial o tendenciosa como a un evento contrarrevolucionario impulsado por 'una conspiración de los servicios de inteligencia extranjeros y de la clandestinidad contrarrevolucionaria', eso dijo Trotski», cuenta Kuráyev.

El manifiesto de Kronstadt

A finales de febrero de 1921 el descontento se hacía hueco por las calles nevadas de Gátchina, por donde también caminaba sobre la nieve Igor Ivánovich, el Capitán Dikshtein de Kuráyev, con varias botellas de aceite vacías en una bolsa de malla. La flor y la nata de la revolución, los marinos de la base de Kronstadt no estaban contentos con la deriva del poder soviético y estaban dispuestos a pelear por un cambio.

Para Lenin, esta rebelión «era la más peligrosa para el poder bolchevique que todas las fuerzas contrarrevolucionarias». El levantamiento fue un levantamiento soviético bajo el lema 'Por unos Sóviets sin bolcheviques', «se trataba de una respuesta a la paradoja que entrañaba una revolución proletaria en un país campesino».

En una lista de quince puntos conocida como la declaración de Petropavlovsk, exigían, entre otras cosas, elecciones inmediatas a los Sóviet, libertad de expresión, eliminar la política de las Fuerzas Armadas, permisos para que los campesinos tuviesen el control de sus tierras o igualdad en los racionamientos salvo contadas excepciones. El motivo de aquel alto nivel de conciencia de los marinos se debía a que «el servicio en la flota exigía cierto nivel de educación».

«De ahí que los marinos tuvieran conciencia de sus derechos y participaran de un sentimiento de superioridad frente a la masa de soldados compuesta en su mayoría por campesinos semianalfabetos», explica Kuráyev que, al mismo tiempo deja claro que quienes encabezaron la revuelta no fueron los más avispados. «El líder, el escribano del acorazado Petropavlovsk, e incluso el general Kozlovski, que mandaba la artillería en Kronstadt, y el comandante del acorazado Sebastopol, el barón Vilken, no daban la talla, por así decirlo, ante la magnitud de la rebelión. Eran incapaces de calcular sus propias fuerzas o las de sus adversarios».

Soldados forman durante el motín de Kronstadt

Soldados forman durante el motín de KronstadtImágenes tomadas por el cineasta soviético Dziga Vértov

Una masacre sobre el hielo

El 5 de marzo, cuatro días después de la declaración de Petropavlovsk, los bolcheviques respondieron con un mensaje tan claro como el paisaje que rodeaba a la isla de Kotlin a aquellas alturas del año. «Ordeno a todos los que se han alzado contra la patria socialista que depongan las armas de inmediato (...) Solo aquellos que se rindan incondicionalmente podrán contar con la clemencia de la República Soviética. Al mismo tiempo, doy órdenes de que todo esté listo para aplastar el motín y a los amotinados por la fuerza armada (...) Esta advertencia es definitiva». Pero la bandera blanca seguía sin ondear entre los amotinados.

Una gran masa de hielo rodeaba Kronstatd. El golfo de Finlandia, frente a Petrogrado, se había convertido en un páramo con los acorazados Petropavlov y Sebastopol, donde permanecían los amotinados, encallados entre grandes placas heladas. Nada ni nadie encontraría refugio bajo el fuego en aquel infierno que se extendía en kilómetros de hielo plano. Un campo de muerte abierto.

Los marinos, con sus baterías de artillería y sus fortines exteriores, tenían superioridad defensiva, pero ante el terror del Ejército Rojo y el aislamiento de la fortaleza, su huida era imposible. Así que, a pesar de que las condiciones climáticas extremas y la posición beneficiaban a los marinos, los soldados enviados por el Gobierno los superaban en número. Sin posibilidad de recibir refuerzos y suministros, la rebelión tenía los días contados.

El propio Lenin, en una entrevista para The New York Herald, dudaba del sentido común de los instigadores. «Apoderarse de una isla helada, con escasos alimentos y totalmente dependiente de Rusia para su abastecimiento, fue una insensatez». «Detrás de todos ellos, lo sé, se encuentra la mente colectiva, astuta y profundamente hostil de todo el mundo capitalista, que preferiría ver diez millones de muertos en Rusia antes de que el único Estado socialista del mundo pase a su siguiente etapa», fanfarroneaba el líder comunista.

El golfo de Finlandia, helado, sobre el que transitan los soldados del Ejército Rojo

El golfo de Finlandia, helado, sobre el que transitan los soldados del Ejército RojoImágenes tomadas por el cineasta soviético Dziga Vértov

La gran mentira de Trotski

Un día después de las declaraciones de Lenin, su correligionario Leon Trotski –creador del Ejército Rojo– aseguraba en Pravda que detrás de los organizadores declarados del motín se encontraban «generales contrarrevolucionarios con conexiones que se extienden por Finlandia y Estonia hasta los centros del imperialismo».

Los líderes comunistas intentaban ocultar también la magnitud de la masacre y las dificultades para sofocarla. Se amparaban en la necesidad de evitar bajas innecesarias y de proteger a la población civil y a la propia guarnición sublevada. Sin embargo, Kuráyev apunta a que, de la misma forma que los marinos se equivocaron a la hora de calcular sus propias fuerzas, los que sofocaron la rebelión lo hicieron «sin reparar en las víctimas».

«Los organizadores del primer y fallido asalto a Kronstadt –Trotski, Zinóviev y Dibenko– y los que dirigieron el segundo, exitoso –Tujachevski, Voroshílov, Kaménev y Sedyakin– eran personas dispuestas a resolver los problemas políticos a cualquier precio. Y ese precio se contaba en vidas humanas». En el motín de Kronstadt perecieron entre 1.000 y 2.000 marinos, muchos ejecutados y otros enviados a los gulag. Unos pocos lograron huir a Finlandia.

Con el paso del tiempo el relato fue cambiando hasta derivar en interpretaciones más originales, como apunta Kuráyev. «El Breve curso de la historia del Partido Comunista (bolchevique) presentaba los acontecimientos como 'una acción de sabotaje de trostkistas y zinovievistas'. Así, según esta versión, los mismos que reprimieron el motín –Trotski y Zinóviev– habrían sido quienes lo provocaron».

«Después de 1937, hablar o analizar los acontecimientos de 1921 sin mencionar a los que los reprimieron, resultaba casi imposible. Ahí se dio una nueva paradoja: los insurrectos eran 'malos', pero los que se encargaron de su represión —Trotski, Zinóviev, Tujachevski, Dibenko y otros— fueron declarados 'enemigos del pueblo' apenas ocho años después».

La vuelta de tuerca al relato generó situaciones tan inverosímiles como la vivida en 1994 bajo la presidencia de Boris Yeltsin, cuando este decidió «promulgar un decreto para rehabilitar a los participantes del levantamiento sin saber que ya habían sido rehabilitados por el Comité Ejecutivo Central de toda Rusia en septiembre de 1921».

Sin embargo, rebelión interna o complot contrarrevolucionario, Kronstadt fue una llamada de atención a la dictadura comunista respecto a la realidad social, la gente no estaba contenta y pasaba hambre y la insurrección podría volver a repetirse en cualquier momento. Así, el motín fue un factor crucial que aceleró la decisión de los bolcheviques a la hora de implantar la Nueva Política Económica (NEP) y salvar el régimen.

«Hace tiempo, ya que Kronstadt es más que el recuerdo del motín de 1921. Es también la memoria de la primera victoria de Pedro el Grande sobre la flota sueca, la de las primeras escuelas navales que formaron oficiales, la de la primera estación de Rusia, la cuna de la flota de rompehielos y el recuerdo del legendario sacerdote ortodoxo San Juan de Kronstadt», celebra el escritor ruso, destacando especialmente la defensa de la fortaleza durante el asedio nazi de Leningrado que duró 900 días, «una de las páginas heroicas de la Gran Guerra Patria».

«Hoy la isla de Kotlin forma parte del sistema de protección de San Petersburgo contra las inundaciones (...) y no ha disminuido el papel de Kronstadt como principal base naval del Báltico, donde se forman los cuadros de la marina rusa. En todo caso, Kronstadt conserva también la memoria de los trágicos días de la primavera de 1921».

El Capitán Dikshtein, Mijaíl Kuráyev

El Capitán Dikshtein

Mijail Kuráyev

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