Benjamin Franklin
España y la independencia de EE. UU.
Cuando Benjamin Franklin pidió ayuda a España para ganar la independencia de Estados Unidos
El primer contacto diplomático entre los enviados estadounidenses y las autoridades españolas se dio el domingo 29 de diciembre de 1776
Cuando los Estados Unidos de América proclamaron solemnemente su independencia de Gran Bretaña el 4 de julio de 1776, una de sus primeras preocupaciones fue encontrar apoyos diplomáticos frente a la amenaza británica. Por eso, los delegados de las Trece Colonias reunidos en el llamado Congreso Continental establecieron el Comité de Correspondencia Secreta, cuya misión era recabar ayuda de otras Potencias y conseguir el reconocimiento de la nueva nación y apoyo militar para sostener la guerra contra las tropas del rey Jorge III.
El primer enviado fue Silas Deane, un abogado de Connecticut, que viajó en secreto a Francia para intentar conseguir apoyo de la Corte de Luis XVI. Poco después, en diciembre de 1776, llegó a París Benjamin Franklin, nombrado por el Congreso jefe de la representación estadounidense ante la Corte francesa. Franklin era ya por entonces una figura conocida en Europa por sus escritos, su trabajo como editor y sus investigaciones científicas. A ellos se uniría también Arthur Lee, un abogado virginiano que había vivido en Londres y ejercido como espía para los rebeldes.
Sitio de Kolberg (1761)
Francia había sido el primer destino de los agentes americanos por su conocida enemistad con Gran Bretaña. Aún estaba reciente la Guerra de los Siete Años, en la que los británicos habían asestado un golpe mortal a las ambiciones coloniales francesas, arrebatándoles Canadá y expulsándolos de Norteamérica. El ministro de Estado francés, el conde de Vergennes, se mostró muy abierto a colaborar con la causa estadounidense, pero para poder enfrentarse con garantías a Gran Bretaña, les indicó que lo más conveniente sería atraer también a España a la alianza.
La monarquía española de Carlos III también había sufrido la derrota de la Guerra de los Siete Años, pero a diferencia de Francia mantenía intacto su enorme imperio americano y resultaba un aliado esencial para poder desafiar al poderío británico.
El embajador español en París era a la sazón el don Pedro Pablo Abarca de Bolea, conde de Aranda. Este aristócrata y militar, una de las principales figuras de la Corte de Carlos III, había llegado a París en 1773, justo cuando comenzaba a fraguarse la insurrección en Estados Unidos, y seguía con interés las noticias provenientes de América. De hecho, Aranda había hecho ya gestiones en favor de los rebeldes y, con permiso de Madrid, había permitido que se enviasen para puertos españoles en América pertrechos, armas y dinero destinados al ejército de Washington.
El primer contacto diplomático entre los enviados estadounidenses y las autoridades españolas se dio el domingo 29 de diciembre de 1776. A las siete de la tarde, según lo acordado, Franklin y sus compañeros se entrevistaron en la lujosa embajada española en París. La reunión se celebró al anochecer para evitar sospechas y miradas indiscretas, pues España era todavía un país oficialmente neutral.
Aranda, que no hablaba inglés, se sorprendió del pobre dominio del francés que tenían los comisionados estadounidenses. Pese a ello, consiguieron transmitirle el interés del nuevo gobierno de los Estados Unidos por mantener lazos de amistad con España. La reunión fue un tanteo, pues Franklin no pidió abiertamente ayuda a Aranda y el conde, por su parte, intentó sondear la verdadera fuerza e intenciones del gobierno insurgente.
Retrato de Pedro Pablo Abarca de Bolea, conde de Aranda. Obra de Francisco Jover y Casanova
El embajador español era famoso por su carácter directo y enérgico. Había acogido con entusiasmo la idea de apoyar a los rebeldes para poder así asestar un golpe mortal al enemigo natural de España, que era Inglaterra. Franklin, curiosamente, se mostró más cauto hasta el punto de frustrar al conde, que consideró vagas las palabras de los representantes americanos. Finalmente, tras volver a reunirse en enero, los americanos presentaron por escrito una serie de propuestas en las que se incluía el deseo de firmar un tratado con Francia y España, lo que supondría el reconocimiento de la nueva nación, y, por tanto, la guerra con Gran Bretaña.
Tras estos primeros contactos, Aranda escribió a Madrid recomendando que sin perder tiempo España firmase el tratado y entrase en la guerra. De este modo, en sus palabras, se podría «destruir a Inglaterra para siempre, lo cual supondría un seguro frente a futuros peligros». En Madrid, sin embargo, Carlos III refrenó a su enérgico embajador. Aunque España se abrió a colaborar en secreto generosamente, no sería hasta dos años más tarde cuando la Corte decidió finalmente entrar abiertamente en la guerra.