Iósif Stalin en 1949
'La guerra de Stalin': cuando el vencedor fue el verdadero arquitecto del conflicto
Una mirada revisionista que invierte la narrativa: ¿fue realmente Hitler quien desató la guerra o Stalin quien la diseñó para conquistar Eurasia?
Este texto presenta la tesis central del libro La guerra de Stalin del historiador Sean McMeekin, una obra revisionista que desafía la narrativa predominante sobre la Segunda Guerra Mundial, negando que fuera la lucha heroica contra Alemania el impulsor del conflicto. El beneficiario principal fue Josef Stalin. La Segunda Guerra Mundial no fue la guerra de Hitler, sino la guerra de Stalin.
CIudadela (2022) 815 páginas
La guerra de Stalin. Una nueva historia de la Segunda Guerra Mundial
Basándose en nuevas y ambiciosas investigaciones en archivos soviéticos, europeos y estadounidenses, la lectura de La guerra de Stalin revoluciona nuestra comprensión de este conflicto mundial, trasladando el foco hacia el Este. Como muestra McMeekin, la guerra que estalló en septiembre de 1939 no fue lo que quería Hitler, sino Stalin, quien resultó el gran agraciado del conflicto, añadiendo población, territorio y recursos al poder soviético.
Desde esta perspectiva, el conflicto del Pacífico (1941-1945) cumplió con el objetivo de Stalin de desatar una guerra devastadora de desgaste entre Japón y las potencias capitalistas anglosajonas. McMeekin revela hasta qué punto el comunismo soviético fue rescatado por los movimientos autodestructivos de Estados Unidos y el Reino Unido, que aceptaron ciegamente todas las demandas soviéticas.
La máquina de guerra de Stalin, nos muestra McMeekin, dependía sustancialmente del material americano: desde aviones de combate, tanques, camiones, motocicletas, combustible, munición y explosivos, hasta medios tecnológicos y productos alimentarios que sustentaban al Ejército Rojo –sus botas, su mantequilla e incluso sus municiones–. Esta generosidad americana no correspondida permitió a los ejércitos de Stalin conquistar para el comunismo la mayor parte de Eurasia, desde Berlín hasta Pekín.
La obra de McMeekin se enmarca en la escuela revisionista de la historia, que busca reinterpretar narrativas establecidas utilizando nuevas evidencias –en este caso, los archivos soviéticos– o nuevos enfoques.
Sean McMeekin (1974) es un historiador estadounidense especializado en la historia europea del siglo XX, especialmente en el papel de Rusia y el Imperio Otomano. Es doctor en Historia por la Universidad de Berkeley, donde fue profesor, así como en las universidades de Nueva York, Bilkent (Ankara) y en la Facultad de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad de Koç (Estambul). Actualmente ejerce como catedrático de Historia y Cultura Europea en Bard College, en el norte del estado de Nueva York. Es autor de varios libros y numerosos artículos. Su anterior título publicado en castellano es Nueva historia de la Revolución Rusa.
En este libro traslada el centro de gravedad del conflicto de Europa Occidental al Este, argumentando que la Unión Soviética de Stalin fue el actor principal y el mayor beneficiario de la guerra. Sostiene que el conflicto que estalló en septiembre de 1939 era precisamente lo que Stalin deseaba, mientras que los planes de Hitler se vieron alterados.
Presenta a Stalin no como un aliado reacio de los Aliados, sino como un expansionista cuyo objetivo final era extender el comunismo por Eurasia, y cuya jugada en Asia fue maestra. Argumenta que la guerra entre Japón y las potencias anglosajonas (Estados Unidos y Reino Unido) cumplió con el objetivo estratégico de Stalin de desgastar a sus rivales capitalistas.
La obra destaca, con cifras contundentes, la dependencia soviética del material estadounidense para sostener su máquina de guerra y, posteriormente, para llevar a cabo sus conquistas. Critica el «rescate» occidental del comunismo, concluyendo que las concesiones autodestructivas de Franklin D. Roosevelt (FDR) y Churchill –especialmente en conferencias como Teherán y Yalta– permitieron al Ejército Rojo consolidar su control sobre media Europa y parte de Asia, salvando y expandiendo el proyecto comunista.
McMeekin critica las complejas decisiones de los líderes occidentales durante la guerra, presentándolas como una «ceguera» ante las intenciones soviéticas. Su texto no pretende ser un resumen imparcial de la Segunda Guerra Mundial, sino una tesis provocadora. La guerra de Stalin busca redefinir nuestra comprensión del conflicto, presentando a la Unión Soviética no solo como un vencedor más, sino como la potencia que, de manera más deliberada y triunfante, moldeó el resultado de la guerra para cumplir sus propios objetivos imperiales, con la crucial ayuda de sus aliados capitalistas.
La obra es, por lo tanto, un intento de explicar los orígenes de la Guerra Fría y el orden mundial de la posguerra a través de las ambiciones y acciones de Josef Stalin.
La relación entre Roosevelt y Stalin fue uno de los ejes más controvertidos de la Segunda Guerra Mundial, y McMeekin la interpreta de forma muy crítica. Demuestra que Roosevelt (junto con Churchill, aunque con énfasis en el presidente estadounidense) proporcionó un apoyo crucial e incondicional a Stalin, un apoyo ciego a las intenciones del dictador soviético. Roosevelt confió erróneamente en Stalin y subestimó sus ambiciones expansionistas, aceptando «ciegamente todas las demandas soviéticas», cuya maquinaria de guerra dependía «sustancialmente del material americano».
Sin los camiones, la comida, el combustible y los explosivos estadounidenses, la capacidad del Ejército Rojo para contraatacar y avanzar hasta Berlín habría sido imposible. Esta generosidad americana no correspondida no solo ayudó a derrotar a Hitler, sino que permitió a Stalin conquistar la mayor parte de Eurasia para el comunismo. La ayuda occidental financió y posibilitó la creación del Bloque del Este.
Roosevelt imaginaba un mundo de posguerra gobernado por «Los Cuatro Policías» (EE. UU., Reino Unido, URSS y China).
Es en las grandes conferencias aliadas donde McMeekin ve la «ceguera» occidental en acción: Roosevelt y Churchill accedieron tácita o explícitamente a que la URSS dominara Europa del Este (como Polonia) y tuviera influencia en Asia, a cambio de su continuo esfuerzo bélico y de su entrada en la guerra contra Japón a última hora.
Roosevelt no fue un aliado estratégico que usara a la URSS para derrotar a Alemania, sino un facilitador inconsciente del proyecto imperialista de Stalin. Su apoyo –militar, económico y diplomático– fue tan generoso y acrítico que, en la práctica, rescató al comunismo soviético de una posible derrota o de un agotamiento extremo, y le entregó las llaves para dominar media Europa.
La relación entre Josef Stalin y Harry S. Truman representa un giro decisivo en la historia del siglo XX, marcando la transición de la alianza de la Segunda Guerra Mundial al inicio de la Guerra Fría.
Si la tesis de McMeekin presenta a Roosevelt como el aliado ingenuo, a Truman lo describe como el antagonista necesario, que –quizá sin proponérselo– se convirtió en el contrapeso frente al expansionismo de Stalin.
En abril de 1945, Truman asumió la presidencia. Stalin creía poder manejar al nuevo e inexperto presidente de la misma manera que había manejado a Roosevelt. Se equivocó. Truman, a diferencia de su predecesor, no creía en apaciguar a Stalin: su estilo era directo, firme y menos paciente con las tácticas soviéticas. Bajo su mandato, la ayuda a la URSS fue cortada abruptamente tras la rendición de Japón, un acto que Stalin interpretó como hostil.
La Conferencia de Potsdam (julio-agosto de 1945) fue la única cumbre donde se reunieron los «Tres Grandes» con Truman en lugar de Roosevelt. El ambiente fue muy distinto. Truman se mostró mucho más firme que su antecesor frente a las exigencias de Stalin sobre las reparaciones de Alemania y el futuro de Europa del Este. La conferencia dejó claro que la cooperación de guerra había terminado.
Nacimiento de la Doctrina de Contención. El diplomático George F. Kennan envió su famoso telegrama desde Moscú, en el que argumentaba que la URSS era expansionista por naturaleza y solo podría ser contenida mediante una firme oposición. En respuesta a la presión soviética sobre Grecia y Turquía, Truman declaró que Estados Unidos apoyaría a «los pueblos libres que resisten los intentos de subyugación por minorías armadas o por presiones externas». McMeekin vería esto como el reconocimiento tardío de la verdadera naturaleza de la guerra de Stalin.
Truman se opuso activamente al proyecto imperialista de Stalin. La reacción agresiva del líder soviético al Plan Marshall y el bloqueo de Berlín demostrarían que su objetivo final siempre fue la dominación de Europa, confirmando que la Segunda Guerra Mundial había sido, en efecto, «su guerra» para lograrlo.