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El bebedor de absenta. Viktor Oliva (1901)Wikimedia Commons

'Las adicciones en la literatura'. Una peligrosa tradición entre muchos grandes escritores

Este libro nos abre una ventana didáctica para conocer mejor el proceso de drogadicción de un buen ramillete de escritores que trataron de superar su vacío existencial siguiendo caminos de difícil retorno

El hombre viene buscando sustancias y rituales en su búsqueda de lo extraordinario desde la noche de los tiempos. Está en nuestros orígenes –y se diría que también en nuestro ADN– fabricar una vía de escape de la rutina, salir a la caza de algo especial –a la larga no necesariamente bueno– que nos conecte con lo divino o con lo prohibido.

Aludiendo a la vulnerabilidad del ser humano ante las drogas, Jean Cocteau, artista total por excelencia, escribió: «Ciertos organismos nacen para convertirse en presa de las drogas… el mundo es un fantasma hasta que una sustancia le da cuerpo».

Tirant Humanidades (2025). 338 páginas

Las adicciones en la literatura

Luis Fernando Alguacil y Antonio Piñas (Eds.)

Y esa sustancia que da cuerpo a tantos fantasmas, sea en forma de marihuana, alcohol, cocaína, heroína, mescalina, opio, etcétera, es el tema central del libro que hoy nos ocupa, Las adicciones en la literatura (Tirant Humanidades, colección Plural, 2025), en el que más de una veintena de autores procedentes del mundo universitario, capitaneados por los coordinadores Luis Fernando Alguacil y Antonio Piñas, abordan esta peligrosa tendencia de muchos insignes escritores.

Fernando Ariza, en su artículo dedicado a El extraño caso de Dr Jekyll y Mr Hyde, de Robert L. Stevenson, nos explica que hoy día las adicciones se clasifican en dos grandes grupos: las adicciones con sustancia y las comportamentales. Las primeras se refieren al consumo de sustancias químicas que alteran el estado físico y mental de una persona (cocaína, heroína, alcohol, tabaco…), mientras que las segundas no implican sustancias químicas, lo cual no es óbice para que sean igualmente dañinas: trastornos alimenticios, adicción al sexo, compras compulsivas, adicción al trabajo… Las adicciones en la literatura, con prólogo de Eduardo Moreno Alarcón, se centra en las adicciones con sustancias, compañeras de viaje de no pocos escritores de primer nivel, como demuestran las numerosas obras que dejaron para la posterioridad, a veces escritas bajo su influjo.

Los autores estudiados en estos dieciocho breves ensayos son, en la mayoría de los casos, muy famosos (Hubert Selby Jr, Irvine Welsh, William S. Burroughs, Aldous Huxley, el citado Jean Cocteau, Thomas de Quincey, Stevenson, Baudelaire, Joseph Roth…), pero también hay alguno desconocido, al menos para mí, como el italiano Daniele Mencarelli, autor de La casa de las miradas, novela con tintes autobiográficos en la que narra su descenso a los infiernos empujado por su dependencia del alcohol y su lucha por desintoxicarse mientras trabaja en el servicio de limpieza de un hospital de Roma.

Podría pensarse que el mejor ámbito desde el que explicar las adicciones a las drogas es el médico-científico. Sin embargo, al ciudadano de a pie le resulta menos frío y más amigable cuando la divulgación de la drogodependencia no procede de entornos científico-académicos, sino narrados en primera persona –aun cuando la voz sea omnisciente– por escritores que cayeron en esa trampa, a veces mortal, siempre alienante.

Son tantos los ensayistas que colaboran en este libro, y tantos los autores y obras comentados, que no resulta fácil resumir en pocas palabras su contenido. Bastará decir, a modo de pincelada, que estas 338 páginas constituyen un análisis multidisciplinar sobre la cercana asociación entre los escritores y las drogas. Tan cercana que, así lo leemos en el artículo de Mar Velasco González sobre el relato «El nadador», de John Cheever, cinco premios Nobel estadounidenses del pasado siglo fueron alcohólicos: Sinclair Lewis, Eugene O´Neill, William Faulkner, Ernest Hemingway y John Steinbeck. Es Susan Cheever, hija del talentoso John Cheever (ambos alcohólicos, padre e hija), quien se encarga de recordárnoslo. Y añade esta autora que «la presencia de la enfermedad en muchos de nuestros escritores notables seguramente hace que parezca que el alcoholismo es la enfermedad del escritor estadounidense».

En Las adicciones en la literatura se citan algunas de las causas que podrían explicar –aunque no justificar– la drogodependencia, y se citan, con mayor o menor profundidad, elementos asociados a esta, como el síndrome de abstinencia, el suicidio, la esquizofrenia, la alienación, la tolerancia, la soledad, el miedo a la muerte, etc.

Sean abordados desde un punto de vista cinematográfico, psiquiátrico (Gabriel Rubio Valladolid), femenino (Carmen González Martín) o cristiano (Héctor Barca Lesteiro), terapéutico (Javier Jiménez Martínez y María del Pilar Martínez Agut), desde la culpa y la redención (M.ª Ángeles Almacellas), sean acerca de drogas duras (la mayoría de los estudios) o presuntamente blandas (Isabel Carretero Abellán y Gema Pérez Rojo se centran en el tabaco, que en realidad es una de las principales causas de muerte en todo el mundo), los estudios críticos que conforman Las adicciones en la literatura nos abren una ventana didáctica para conocer mejor el proceso de drogadicción –y en algunos casos de desintoxicación– de un buen ramillete de escritores que trataron de superar su fragilidad y su vacío existencial siguiendo caminos de difícil retorno.

Es este un tema complejo y de gran calado que no conviene trivializar ni tampoco idealizar, como ha ocurrido tantas veces, dando por hecho un matrimonio (mal avenido) entre escritores y drogas. No es misión irrenunciable de los ensayistas aquí reunidos prevenir al lector contra «la efímera y artificial felicidad del adicto» (Antonio Piñas Mesa), pero mucho menos compartir la visión positiva que algunos literatos trataron de transmitir. Debemos entender Las adicciones en la literatura como un buen repaso intelectual y humano a la temática de las drogas que, seguramente de forma errónea, durante mucho tiempo se ha considerado un catalizador de la creación literaria y que, precisamente por culpa de este engaño, tanto sufrimiento han causado.