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Miguel Delibes contempla unos periódicos

Miguel Delibes contempla unos periódicosFundación Miguel Delibes

`Las ratas' y la dignidad del campo

Una novela incómoda contra el progreso sin alma

Como tantas personas difíciles de encasillar, Miguel Delibes fue una figura incómoda en su relación con el poder. Fue conservador y católico, y alejado de cualquier movimiento progresista y, sin embargo, no se plegó ante lo que consideraba una injusticia. No lo hizo desde la clandestinidad, sino a cara descubierta, que es menos emocionante. Desde la dirección de El Norte de Castilla arremetió contra las políticas del campo español, pues consideraba que estaban acabando con el tesoro del mundo rural castellano. Su enfrentamiento con el entonces ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga, llegó al extremo de dimitir como director del periódico y orientó su labor en un territorio que le permitía mayor libertad: la novela. Así es como pergeñó ese libro-denuncia que tituló Las ratas.

Cubierta de 'Las ratas'

Planeta (2020). 192 páginas

Las ratas

Miguel Delibes

Para ello dibujó la realidad de un pequeño pueblo que representa a todos los pueblos de una de las regiones más olvidadas del norte de España: la Tierra de Campos. En ese pueblo que son todos los pueblos cuenta la historia de Nini, un niño con sabiduría de adulto, y su padre, el Ratero. Describe su lucha por salvar su hogar, una cueva, así como su profesión de caza de ratas de agua: dos aspectos que representaban para el desarrollismo de la época el símbolo de la España retrasada.

Delibes no es condescendiente ni ingenuo. Describe el campo español con toda la rudeza y el primitivismo que conoció en sus cuantiosas caminatas de paseo o de cazaFrancisco Umbral dijo que «desnoventaiochizó» Castilla–, pero lo hizo guiado por su intención de mantener los valores tradicionales que el progreso intentaba arrebatar para dejar un mundo sin alma, al servicio de la producción y los beneficios económicos. El tiempo no ha hecho más que darle la razón, y los augurios que anunció se han hecho realidad en una España que no ha dejado de despoblarse.

Aún más mérito tiene que trabajara su denuncia con la conciencia de que debía estar supeditada a la calidad literaria. Si el libro hubiera sido un arrebato político no lo reseñaríamos en esta sección, pero trascendió lo puramente local y temporal para escribir una obra que con los años solo ha mejorado con la permanencia de la obra bien hecha. Ya no la leemos como una crítica a unas disposiciones políticas de hace sesenta años, sino como la lucha eterna del hombre contra el medio, como la descripción de las pasiones y necesidades más esenciales: la vivienda («la cueva es mía») y el sustento («las ratas son mías»), frases que repite el Ratero con pétrea insistencia.

El Nini es –junto con Daniel, el Mochuelo, y Azarías– la encarnación de su reacción ante el progreso descontrolado. Delibes, a través de sus personajes, no comparte los méritos de la educación cuando provoca el olvido de la sabiduría ancestral, la pérdida de las raíces, él que fue profesor universitario. La sabiduría del Nini, un niño que parece adivinar el futuro y comunicarse con los animales, no proviene de la ciencia infusa, sino de su sentido de la observación y de los conocimientos a los que tiene acceso: la experiencia del tío Rufo, el Centenario y los dichos populares.

Nunca ha estado el campo español tan de moda, y nunca ha sido objeto de tantas leyes y normativas. En Las ratas vemos que las grandes decisiones, tomadas desde la distancia y el desconocimiento del terreno, nunca mejor dicho, derivan en tragedia. Los clásicos son libros que «no terminan de decir lo que quieren decir», y aquí tenemos un muy buen ejemplo de ello.

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