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Tomando conciencia del hogar
Una invitación atrevida, pero oportuna, para repensar el espacio doméstico
Hablar del hogar no está de moda. En un mundo que avanza vertiginosamente, detenerse a pensar, y pensar sobre el hogar, es un ejercicio de riesgo. Dia Boyle no teme asumirlo. Madre, esposa y ama de su casa, reflexiona y sacude las conciencias de cuantos vivimos, o mal vivimos, empujados por la inercia.
Eunsa (2025), 268 páginas
El hogar consciente
Desde las primeras páginas, el tono cercano y directo de la autora nos permite entablar con ella una relación de complicidad. Lejos de juzgar o denunciar prácticas incorrectas en el espacio doméstico, Boyle propone un itinerario pausado y acompañado. El detenimiento con el que plantea sus reflexiones puede resultar repetitivo o pesado al inicio, pero queda perfectamente justificado como cimiento del «hogar consciente» que va edificando a medida que pasan las páginas. Así pues, antes de precipitarse y caer en comparaciones y búsquedas desnortadas del ideal, esta ama de casa se plantea seriamente cómo definir el hogar, los rasgos que le son propios, las necesidades que en él quedan satisfechas.
Como custodia de ellas, presenta la figura de la «homemaker». La palabra castellana con la que normalmente traducimos este término («ama de casa») no llega en realidad a recoger plenamente todo lo que ella encarna. En este punto, el traductor Rafael Hurtado, aclara que ha preferido optar por «ama del hogar», pues esta expresión «subraya la autoridad, la dignidad y la tarea creativa de quien edifica un verdadero hogar». Y es que, sin duda, es erróneo y reductivo definirla desde la lista de tareas que se supone debe asumir. Estas tareas, unidas a las necesidades específicas de cada casa, deben entenderse y considerarse de modo consciente. Un «hogar consciente» precisa de un ejercicio de racionalidad minucioso que sea capaz de comprender las prácticas, espacios y tantos otros elementos materiales de modo que estén orientados hacia la comunión familiar y busquen un sentido trascendente.
Eficiencia, independencia, ansiedad e incertidumbre son algunos de los imperativos modernos que nos obligan a justificar y definir dinámicas domésticas que antes eran incuestionables, por lo evidentes y naturalmente arraigadas. En este sentido, el ama del hogar asume en nuestro siglo una misión heroica. Detalles tan esenciales y perdidos como la cena familiar, la presencia emocional, el espacio compartido o las interacciones familiares han de ser hoy reconquistados en muchos núcleos que aun siendo casas, han dejado de ser hogares. Detalles nimios que se disponen, no obstante, como un necesario sustrato de disposiciones materiales que no reclaman un valor en sí mismos sino en la medida en que trascienden a objetivos más elevados y profundos.
En este sentido, Boyle no presenta una «checklist» de pasos a seguir con vistas a un hogar ideal. No se cansa de insistir en que cada núcleo familiar es diferente, y diferentes son también sus necesidades, determinadas por sus miembros y por las relaciones entre ellos. Asimismo, previene a las amas de casa de caer en el activismo que promueve la realización de tareas sin límite ni conciencia. Esta actitud propicia el desaliento así como el descuido de la presencia emocional y reflexiva, alma de cualquier hogar.
La «homemaker» es hoy subestimada, incluso juzgada o criticada, aun cuando su influencia e impacto podrían superar, con mucho, a tantos influencers que no siempre inspiran propuestas serias o cambios hondos en nuestras sociedades. Tomando la palabra en nombre de tantas mujeres que asumen esta valiosa misión, tan poco reconocida, Dia Boyle alega: «nosotras, las amas del hogar, poseemos la capacidad de convertir a este en un centro de florecimiento humano, en medio de un mundo que se percibe como más deshumanizante». Los grandes asuntos sociales del futuro podrán afrontarse si se custodian las pequeñas vivencias domésticas, verdaderas escuelas de humanidad.
Integrar lo sagrado en la vida doméstica; esta es la última de las cuestiones tratadas por la autora. Hasta el último capítulo, prescinde de la cosmovisión cristiana de la casa y solo al final, a modo de culmen, apunta a una conexión doméstica con lo eterno. «Lo religioso» no se presenta como un ingrediente imprescindible para formar hogares conscientes. Dios, presente en toda realidad humana, lo está también en el más humano de los espacios, pero, no como un elemento más, sino como «su origen y su cúspide». Él cuenta con un lugar en cada hogar, de su presencia consciente depende la integración de lo sagrado en la vida doméstica.
Reflexivo a la par que práctico, aunque sin caer en la autoayuda, el libro de Dia Boyle no deja indiferente y mueve a la acción. No plantea ideales universales ni critica la mediocridad, pero suscita en los lectores el deseo de repensar la vida doméstica. En nuestro mundo moderno urge dotar a los hogares de una conciencia que haga florecer la humanidad en cada casa.