Jornada de caza de Miguel Delibes con uno de sus nietos
‘Viejas historias de Castilla la Vieja’: Delibes y la memoria de una tierra que resiste
Libro breve y casi secreto que condensa, con sobriedad ejemplar, una reflexión sobre el progreso, el desarraigo y la fidelidad a una forma de vida casi desaparecida
Miguel Delibes dijo que Viejas historias de Castilla la Vieja era su obra preferida, y aunque luego matizó aquella aseveración tan contundente, algo tendrá que tener este libro breve y austero, que ha pasado además desapercibido entre las grandes obras del maestro vallisoletano. Como tantas veces, su origen se debió más a la casualidad que a la intención. El grabador catalán Jaume Pla había realizado casi dos decenas de grabados en el campo de Tordesillas, atentos al paisaje humano y a los ritmos lentos del campo. Se los mostró a Delibes y le preguntó si podría escribir unos textos sobrios y esenciales con que acompañarlos.
Destino (2021). 128 páginas
Viejas historias de Castilla la Vieja
El novelista escribió más adelante: «Los trabajos eran una maravilla. Me cautivaron por su finura y expresividad, y desde este pedestal levanté una bonita serie de historias en mi mejor castellano». Dicho y hecho: en el poco espacio que le permitía un formato hecho para la venta en galerías condensó la historia de un emigrante que regresa al pueblo cuarenta y ocho años después de abandonar Castilla, tras un hipotético progreso en Panamá y Argentina, con la mirada cansada y una identidad erosionada por el tiempo. El resultado, como en tantas otras novelas de Delibes, es el de la deshumanización que supone el hipotético progreso. El inmigrante, que de joven porfiaba por que se le quitara esa «cara de pueblo» que le humillaba, descubre que es en su tierra donde está la vida real, la única que reconoce como propia. Su afán de progreso no le ha dado nada, ni de casarse tuvo tiempo. Y al regresar, al cabo de una vida, encuentra el pueblo similar a como lo había dejado, en ese eterno ciclo que es la vida y la tradición.
La condensación formal y la desnudez conceptual de estos cuadros sutiles y casi independientes tienen un correlato, tanto en unos grabados hoy inencontrables, como en la propia tierra en que están localizados, áspera y repetida. Cuatro años después (1964), la editorial Lumen publicó los textos delibenianos junto con fotografías hechas a propósito por el fotógrafo Ramón Masats, llegando a la curiosa situación de unos textos escritos para acompañar unos grabados pero que terminan siendo ellos los inspiradores de unas fotografías, en un diálogo silencioso entre palabra e imagen. Un año antes Delibes había tenido una experiencia similar, pues en la misma colección publicó La caza de la perdiz roja junto con fotografías de Oriol Maspons, que acompañó al novelista en una jornada de caza con su amigo Juan Gualberto, El Barbas.
La edición que manejamos incluye ambas obras, aunque sin fotografías. Los dos libros, que pueden leerse como dos relatos largos, tienen en común esa esencialidad y ese tono reflexivo y contenido del estilizamiento de la llanura castellana. El segundo libro, La caza de la perdiz roja, introduce uno de los temas más importantes en Delibes. En sus pocas páginas nos describe una jornada cinegética de domingo, pero lo importante no es la cacería en sí, sino la conversación entre ambos hombres. Se podría decir que es un diálogo socrático donde el Cazador (trasunto de Delibes) se maravilla de la sabiduría natural y del sentido común de El Barbas. Han pasado más de sesenta años desde que se escribieron estas páginas y los temas de los que hablan –la despoblación del campo, la llegada desproporcionada de turistas, la desaparición de especies locales o la reforestación sin criterio– son un triste augurio de lo que se ha producido en un interior de España que no ha mejorado, pero al menos antes tenía gente que lo habitara, una comunidad viva y reconocible.
Leídas hoy, Viejas historias de Castilla la Vieja y La caza de la perdiz roja confirman la vigencia de un Delibes atento a lo mínimo y a lo esencial. En su aparente modestia formal late una crítica profunda al mito del progreso y una defensa sin estridencias de la dignidad del mundo rural, un legado literario que sigue interpelando al presente.