Representación de 'El Jardín de los Cerezos', de Chéjov
‘El jardín de los cerezos’ o la burguesía rusa deshojada
Vuelve el teatro de Chéjov y su arte de pintar cuadros realistas sobre el escenario
Desde el mes de febrero y hasta mediados de abril los madrileños verán anunciada en las marquesinas una pieza peculiar. El Teatro Fernán Gómez ha apostado por incluir en la programación de este curso una breve obra teatral escrita por un autor ruso del S. XIX.
Cátedra (2006). 384 páginas
El jardín de los cerezos
Antón P. Chéjov (1860-1904) recogió más éxitos como escritor de relatos que como dramaturgo y los que recibió en vida fueron tardíos y no por El jardín de los cerezos, pues esta obra llegó a la zaga de la buena acogida de La gaviota (1896), el más reconocido de sus escritos dramáticos. Es más, el estreno de la pieza que comentamos apenas lo conoció el autor, pues tuvo lugar el mismo año de su muerte, en 1904. No así su esposa, la actriz Olga Knipper, que interpretó uno de los papeles principales.
El modo de hacer teatro de Chéjov se aleja de los convencionalismos. Stanislavski, el gran director y creador de todo un método de interpretación teatral, sí supo rescatar los diamantes chejovianos para el público de la época. Es a él, precisamente, a quien debemos la existencia de esta, la última de sus obras. Confiando en la capacidad del dramaturgo, le pidió una pieza más para las tablas de la Rusia que despertaba al nuevo siglo. Este postrero legado es particular. Se trata de una obra dramática que muy bien podría haber sido escrita solo para ser leída, que presenta a su vez notas líricas y es para muchos la «epopeya final de la burguesía rusa».
El argumento no muestra, aparentemente, gran complicación. Una familia de la aristocracia rusa ha desarrollado felizmente su vida en una casa rodeada por unas parcelas de cerezos. Lubova, la propietaria, es derrochadora y no ha sabido cuidar prudentemente de sus posesiones. El tiempo ha ido pasando y las pérdidas abocan a una inevitable decisión acerca del destino del jardín. Añorar los goces pretéritos no soluciona una situación trágica ante la que quienes en otro tiempo ejercieron su autoridad parecen paralizados y abandonados al vaivén de las circunstancias, que terminarán decidiendo por ellos. Es este el vivo retrato de la aristocracia rusa en el ocaso decimonónico.
Ya lo apuntaba Sainz de Robles, escritor y crítico literario, cuando afirmaba que «pocos escritores rusos han sabido copiar con tanta fuerza, con tanta humanidad y con tan sugestivo colorido los tipos, las costumbres y los paisajes de su patria». Para semejante hazaña, le bastaron a Chéjov cuatro actos y un jardín de cerezos.
Su estilo es realista y directo, aunque solo en parte, pues no gusta de definir con precisión las personalidades ni las problemáticas, sino que las deja brotar, muy poco a poco, sibilinamente. Nada ha de dar por supuesto un espectador al que se le espera atento y sensible a los pequeños detalles. ¿Se debe esto a la complejidad de los diálogos o a la profundidad de las reflexiones en escena? En absoluto. Si por algo destacan las intervenciones es por su brevedad y los largos monólogos existenciales son inexistentes. Pero no por ello falta tensión dramática. Como un segundo telón de fondo un velo de intriga se superpone al paisaje de cerezos: la sensación de que las escenas avanzan y lo verdaderamente crucial se nos escapa.
Muchos podrán sorprenderse del número de personajes que intervienen en una obra tan escueta. El espectador quedará desconcertado cuando, el avanzar de la trama no termine de presentar al principal; todos y ninguno al mismo tiempo, hasta que el menos esperado se arma de protagonismo poco antes de que se cierre definitivamente el telón. Pero ¿no será acaso el jardín, siempre presente y solo apreciado una vez falta, el verdadero héroe de la historia?
Cuando los personajes (y el público) quieren darse cuenta, los cerezos están siendo derribados, sin que sus propietarios, títeres en manos de los nuevos ricos, puedan explicar cómo han llegado a permitirlo.
Un drama inagotable, como inagotables fueron sus representaciones y versiones traducidas. En España, esta comedia de tonos trágicos ha reaparecido en varias ocasiones y con diversos formatos desde la primera versión castellana realizada en el Teatro María Guerrero en 1960. Este año, la obra aterriza una vez más en nuestra ciudad, siempre con la seguridad de que Chéjov no dejará de sorprender.