Cubierta de 'Punto de araña'
'Punto de araña': realismo y LSD
Nerea Pallares traza un viaje entre el costumbrismo y la bruma espesa de las leyendas. Un tránsito sutil y envolvente, guiado por un hilo invisible y persistente: las palabras
Leer siempre ha sido mi terapia. No sería quien soy sin los libros. Y como lector nunca he discriminado: he leído buenos, malos, regulares, horribles y sublimes. Todos tienen algo por lo que luchar. Excepto los que no. A esos les doy cincuenta páginas, como me enseñó mi madre, y si no me gusta paso al siguiente.
Libros del Asteroide (2026). 175 páginas
Punto de araña
Confieso, además, una cierta manía: la mayoría de lo que he leído lo han escrito autores muertos. Por eso me resultaba especialmente atractivo el reto de escribir sobre libros de gente viva. Y más aún si, antes de que el libro cayese en mis manos, ni siquiera conocía a su autora.
Con esa idea fui a mi librería de confianza. Pedí a la librera novedades recientes que hubiesen tenido cierto recorrido. Así llegué a Punto de araña, de Nerea Pallares, su primera novela, reconocida con el premio García Barros 2025.
Les voy a ser sincero, ya que se trata de un libro gallego: es un libro que me ha gustado y no me ha gustado.
La trama nos sitúa en Camariñas, un laberíntico pueblo pesquero de la Costa da Morte, en Galicia. Allí, las sacrificadas palilleiras, mujeres que tejen incansablemente las palabras del mundo que las rodea, viven relegadas a un segundo plano por unos hombres toscos, egoístas y borrachos. Cansadas del injusto lugar que ocupan en su pequeña sociedad, y tras un hecho traumático, toman una decisión drástica que lo cambiará todo.
Es una mezcla de realismo y cuento de viejas pasado por ácido lisérgico dietilamida. Y eso que, aunque no los practico, no tengo nada en contra de ese tipo de viajes. En el camino de Jack Kerouac es una de mis novelas favoritas. Pero aquí la autora entremezcla demasiado y hace muy largo un texto que podría resumirse sin perder calidad en la mitad del espacio que ocupa la novela.
Se nota que Pallares es una autora profundamente enamorada del lenguaje. Todo el libro funciona como una gran metáfora sobre ese conocimiento profundo, donde las mujeres actúan como guardianas de la palabra. Y eso tiene mucho valor. El problema es que, en ocasiones, la acumulación de imágenes termina por saturar.
Ahora bien, cuando acierta, lo hace de verdad. Hay momentos de gran potencia expresiva. Me gusta pensar que la autora es una gran soñadora, porque solo así se explica una frase tan daliniana como: «su presencia era mercurial, líquida, pesada, y si apuntabas a sus pupilas circulantes, te llevaban con ellas, te arrastraban como un sumidero hacia el núcleo». Mercurial: una palabra precisa y brillante que me guardo.
Otro de los grandes aciertos del libro es su capacidad para construir atmósfera. El costumbrismo del pueblo gallego está retratado con detalle y sensibilidad. Es un mundo reconocible, pero observado con atención, sin caer en la caricatura. Todos conocemos a mujeres como Cruz, Catuxa, Xela y, sobre todo, Lita. El dolor atraviesa el tiempo.
Por lo demás, el trasfondo feminista de la novela no incomoda al lector masculino. El universo que propone la autora resulta cercano: todos sabemos que, durante demasiado tiempo, madres, hermanas y abuelas han quedado relegadas a un espacio ínfimo en la historia. Es justo que reivindiquen su trabajo.
En el plano formal, la narración continua, con párrafos excesivamente largos, lastra en ocasiones el ritmo de la narración. Todo discurre seguido, sin apenas pausas, lo que puede dificultar la lectura en determinados pasajes. Es una elección estilística, sin duda, pero no siempre juega a favor de la claridad.
Me ocurre algo parecido que con cierta poesía moderna: entiendo la propuesta, pero echo en falta la musicalidad y el orden que proporciona la métrica. Es una cuestión de gusto, claro, pero también de ritmo.
En definitiva, Punto de araña es, en el fondo, un buen relato que quizá habría ganado fuerza con mayor concisión. Aun así, es una novela con sensibilidad, con ambición y con un evidente amor por las palabras. Quienes disfruten de las leyendas y de ese mundo a medio camino entre lo real y lo vaporoso, encontrarán aquí motivos más que suficientes para dejarse llevar.